10 reflexiones tras el fin de semana en la Premier League
El Tottenham de José Mourinho debutó con victoria ante un West Ham cada vez más corroído. Las sensaciones y las prestaciones no pudieron ser más dispares entre unos y otros. En cambio, ambos dando buenas y malas, Sheffield United y Manchester United se sumergieron en un caos de proporciones casi bíblicas para acabar repartiendo el botín de la noche. Entre medias, el Burnley arrolló al Watford y el Southampton en cuanto a juego hizo lo propio con el Arsenal. Y Liverpool, Leicester y Manchester City demostraron por qué ocupan los tres primeros puestos.
José Mourinho debutó y ganó con el Tottenham

1. BOOM

Así, una explosión dentro de la Premier League, acentuada, exclamada más todavía por el triunfo, del Tottenham en el debut de José Mourinho, después de no haber ganado un partido fuera de casa desde el paleolítico. No sólo es Mourinho el nuevo entrenador del equipo, es también conductor de victorias. Desde el primer instante, con un equipo vitalmente desencajado. Perderán a varias piezas en enero o verano. Pero hasta entonces el bueno de José va a exprimir de ellos triunfos, esfuerzo. Con un enfoque distinto al de Pochettino, que será a la larga más agotador, pero que aquí, ahora y contra el West Ham encima funciona como la nata montada en las fresas. Desde el paleolítico no ganaban fuera de casa en liga los Spurs y es en esa era de la humanidad en la cual uno probablemente encontraría un portero más efectivo que Roberto Jiménez, uno de los más desastrosos guardametas que ha pisado la Premier League en tiempos recientes. Además, para continuar con la explosión, si bien una humillación en contra del Tottenham hubiese supuesto un estruendo mayor, la defensa del West Ham quiso colaborar. Porque su portero es un desastre, pero ahora mismo también su defensa, su centro del campo… ah, y sí, también su ataque. Para sacarles las castañas del fuego tuvieron que recurrir a Michail Antonio. Con eso se dice mucho.

Pero quizás nadie dijo más que los propios Spurs. Reenergizados, con ligereza en sus brincos, como hacía tiempo que no se apreciaba. Al final, resulta inevitable que hubiese un efecto. Simplemente por la novedad de quién está detras del discurso. Uno de los grandes maestros de la persuasión aplicada al fútbol de toda la historia. Al menos en sus dos primeros años de estancia. Los cuales siguen y seguirán siendo un misterio para este equipo, que pudo llevar la iniciativa y descoser al West Ham, en momentos a placer, ante una defensa fantasmal. Con un destello de técnica de un Dele Alli tirado en el suelo, propiciando el primer gol. Y llegaría el segundo con una transición que pillaría a contrapié a los locales. Que es al final el estado en el viven, del cual se aprovecharon los Spurs para marcar ese primero Heung-min Son, el segundo Lucas Moura y el último Harry Kane. De nuevo los Spurs del ímpetu y la garra. Hubo quien se atrevió a asegurar que tras un solo partido esto ya parecía un equipo de Mourinho. Pero habiendo estado tan sólo cuatro días en el club, si lo pareció es porque su encaje con las características es más óptimo de lo sospechado. Porque su estilo, en sus mejores días, es más similar al de Pochettino de lo pensado.

2. El producto corroído de la ingeniería

Dios mío, el West Ham… ¿Qué hacemos con esta gente? Pagarles un curso de maquillaje profesional, quizás. Porque hay un potencial enorme ahí, en un equipo que hizo el ridículo contra el Newcastle y esta vez contra el Tottenham para acabar haciendo parecer que ambos partidos fueron competitivos, con un marcador de 2-3 en los dos casos. Entre medias, en un lugar más inóspito como Burnley fue directamente una derrota por 3-0. Qué desastre, la verdad, qué desastre. Un equipo que levantó esperanzas en verano, no por el hecho de volver a ignorar a su gelatinosa defensa sino por redoblar la apuesta en su poderío ofensivo. Ahora, ya no pueden resguardarse ni en ese ataque. Porque tampoco tuvieron sitio, oportunidades, para hacer de su envite con los nuevos chicos de Mourinho un intercambio de golpes en el cual pudiesen tener al menos relativos niveles de éxito. Ni muchísimo menos. En cambio, nada de Felipe Anderson, nada de Andriy Yarmolenko, nada de Sebastién Haller. Cuando la solución a todos los demás puestos del once es mucho más complicada, que encima estos fallen ya es razón para empezar a llorar y sólo parar por deshidratación.

Una obra, la del “ingeniero” Pellegrini que parecía entrar en un segundo año de afloración. Donde todo de alguna forma, por una vez, funcionase en el West Ham. Y cuando las primeras semanas sugería que “este año sí”, se lesiona Lukasz Fabianski y todo se erosiona con violenta rapidez. Porque no medimos necesariamente la calidad de los jugadores en función de lo que le necesita su equipo, pero si lo hiciésemos, el internacional polaco sería el mejor portero del mundo con una diferencia de esas que te desconciertan por su magnitud. Porque sí, Alisson, Ederson, tal, no sé qué. Pero el que se lesiona y su ausencia provoca la devastación más absoluta de su equipo es Fabianski. Porque Roberto empezó mal en la misión de sustituirle, luego fue a peor, luego a horrible, y sigue. Porque su estado constante de consternación tuvo que acabar afectando a la confianza general de sus compañeros. Y lo cierto es que es tan horrorífico su presente rendimiento que, aunque sólo sea para parar la sangría, David Martin (quien ha jugado casi toda su carrera en tercera división) debería jugar el siguiente partido. De lo contrario, después de ese quizás no haya otro siguiente partido para Manuel Pellegrini.

3. El orden (re)establecido

La tensión es tangible ya en cada encuentro del Manchester City. Puedes extender tu mano en el aire y extraer un trozo como si de algodón de azúcar se tratase. Ante el Chelsea, se enfrentaban los Cityzens a un equipo molestamente audaz, dispuesto a empujarles de vuelta; con frutos obtenidos y perdidos. Al final, ganó el Manchester City. No antes de encajar y caer cero a uno en contra en el marcador, no antes de tener que remontar, no antes de una segunda parte arrastrada por el barro, en la que el City que recular y asfixiar al riesgo, al partido. Porque el peligro parece que se acerca. No pueden cometer errores, no se pueden escapar más puntos. Teóricamente. La liga parece desvanecida de su alcance. Pero no pueden hacer la herida de perderla todavía más grande. Porque el sentido de su exagerada existencia dentro de este extraño mundo de superclubes radica en ganar constantemente.

Ganar tanto como sea humanamente posible. Y si estás en agujero como este, haz lo que sea por salir. No te quedes quieto, desistas o toda la fachada caerá. Hay que ganar tiempo y terreno hasta que vuelva la Champions League, y lo que es más importante, la fase final de la Champions League. O hasta que el Liverpool, jugando con fuego día sí, día también, caiga. Y los puntos se reduzcan. Para que así cunda el pánico. Es complicado. Y más lo será cuando jueguen los mencionados octavos de final y posiblemente los cuartos, las semifinales y la final. Lo curioso de todo esto, de esta caída en relación al paso del Liverpool, es que el rendimiento es tan superlativo como siempre. Pero la vulnerabilidad siempre se iba a acrecentar con el tiempo. Así como demostró la reducida imbatibilidad de sus pases, de su salida de balón y la construcción de la jugada; así se adelantó el Chelsea. Pero de Bruyne respondió. Y después hasta el suplente Riyad Mahrez. Porque sigue siendo muy bueno. Y al menos con la victoria el orden se ha recuperado por hoy.

4. La promesa

Existía la posibilidad de que la anarquía completa y absoluta reinase en el Etihad con la visita del Chelsea, que debería estar fracasando sin haber podido fichar y no por delante del Manchester City en Noviembre antes de enfrentarse entre ellos. La derrota fue al final inevitable. Pero salieron a la guerra, en el sitio que nadie recuerda como la antigua casa del bueno de Lamps. Fue una prueba para entender si el Chelsea era de verdad, genuinamente un equipo de los que están arriba, ganan y compiten. Lo son, para el asombro de tantos y tantos. Porque carece de sentido que lo sean. Su entusiasmo, guiado, eficaz. Es algo deslumbrante. Poder ser contenido, pero no arrollado. Porque el City tuvo que reenfocar sus planes para revertir el marcador en su favor y viendo que el Chelsea se les podía llevar por delante en cualquier descuido o semi-descuido. Con Kanté demostrando lo buen futbolista que es y llegando hasta las profundidades del área para marcar. Con Kovacic totalmente redescubierto por Lampard. Resulta que sí había buen jugador ahí dentro, un jugador que merecía la pena para el Chelsea y no simplemente viviendo de rentas del Real Madrid.

Presentando dificultades a los actuales campeones. Frenándoles, confundiéndoles. Sobreponiéndose los Blues a sus propios defectos, a los momentos en los que la puerta se abrió a través de errores y como el viento, el City pudo haber entrado para helarles y humillarles. Mostraron entereza, como la gran revelación de la temporada que son, de verdad. Más incluso que el Leicester. Porque muchas cosas estaban el aire, pudiendo caer a cualquier lado y de cualquier forma. Todo está siendo trabajado hasta que el resultado sea bueno para ellos. Mientras Arsenal y Manchester United se hunden, ven sus castillos de naipes caer, el equipo que tenía que hundirse con ellos, con el entrenador que perfectamente podría haber sido un timo, una ilusión jamás real. Frank Lampard, y todos los canteranos que han agarrado por los brazos a la eternamente esquiva oportunidad, está cumpliendo su promesa y ha convertido al Chelsea en un resistente competidor, en uno de los cuatro mejores equipos de la liga.

5. Lo que unos tienen

El último equipo de Sean Dyche antes de convertirse en entrenador del Burnley fue el Watford. Desde entonces, el equipo ha tenido como entrenador a Gianfranco Zola, Giuseppe Sannino, Billy McKinlay, Óscar García, Slavisa Jokanovic, Quique Sánchez Flores, Walter Mazzarri, Marco Silva, Javi Gracia y Quique Sánchez Flores otra vez. El Burnley ha tenido a… Sean Dyche. Y ya. Y enfrentándose Watford contra el Burnley este pasado sábado, una especie de recompensa filosófica fue otorgada al Burnley por la confianza depositada en alguien. En alquien que entrenó a su rival, precisamente. El rival en un partido igualado porque, a no ser que se trate del West Ham, lo probable es que el Burnley no te arrolle con juego y ocasiones. Pero lo puede hacer igualmente. Lo hizo la temporada pasada contra el Bournemouth ganando 4-0 en una de las goleadas más surrealistas que jamás he visto. Aquí fue un intercambio de golpes, donde los de Burnley fueron mejores, más certeros.

En volumen ganó el Watford, pero fue lo único. El equipo que se conoce a sí mismo como pocos prevaleció. Como decimos, el juego no fue la paliza del marcador y, sin embargo, veías al Watford, con nervios, llamativamente inquietados siempre que el Burnley sacaba un córner o alguna de esas cosas que ellos hacen. Nerviosos, pero también tiesos como pan de ayer, notándose en ellos una incapacidad para replicar la calidad en ataque y en defensa de sus oponentes. Ahora, Quique Sánchez Flores suena para ser destituido como lo fue una primera vez, como entrenador ya lo ha sido esta misma temporada en el Watford. Mientras, para el Burnley marcan Chris Wood, Ashley Barnes y James Tarkowski. Porque no podrían ser más Burnley ni aunque lo intentasen. Porque siete años después de ser nombrado entrenador, Sean Dyche tiene al equipo séptimo en la clasificación y por delante de Arsenal, Manchester United o Tottenham en noviembre. A diferencia de cuando le despidieron, el Watford está también en la Premier League. Pero en puestos de descenso y cada vez más cerca de materializarlo.

6. El Black Friday del Leicester

El jueves es Acción de Gracias y el Leicester City es segundo en la Premier League. Es como cambiar al característico pavo por una fuente enorme con tortilla de jamón y queso acompañada por alubias, plato que se tomaba Jamie Vardy cada mañana (junto a sus 3 Red Bulls) durante la temporada en la que ganaron la liga. No te lo esperas, irrumpes con lo establecido. Tus tíos, abuelos, padres (equivalentes al Big-6 en esta metáfora) te preguntan qué demonios estás haciendo ingiriendo eso. Pero al Leicester le da igual, como debería ser. De alguna forma, un equipo siempre reticente a rendir pleitesía a las costumbres y convencionalismos.

El Leicester también puede ser esa persona que, inmersa en la lucha de los grandes centros comerciales por hacerse con las mejores ofertas, guarda una apariencia tímida, inofensiva. A priori, dirías que no se llevaría nada si tiene que pelear por ello. Esa persona que, sin embargo, resulta ser todo lo contrario cuando llega el fragor de la batalla.

De momento, a no ser que alguien les asalte, parecen haberse hecho ya con la televisión de 80’ pulgadas y van camino del cajero. Tal y cómo están yendo las cosas, tal y como se defiende de las miradas, de lo intentos de asalto por los desesperados compradores, no parece que nadie será capaz de quitarles esa pantalla de ese carro de la compra. Que aquí equivale a un puesto entre los cuatro primeros cuando todo haya acabado. Pero el camino al cajero en este caso son todavía 25 jornadas de Premier League. Contra el Brighton, empezaron incluso a cubrir el margen de mejora que hemos mencionado en semanas recientes que tiene todavía. Es decir, lo estaban haciendo de cine y todavía podían estar haciéndolo mejor. Y contra un equipo que bien les podría haber mareado en un abrir y cerrar de ojos, descolocarles por completo, el Leicester venció con el saber hacer de quien se sabe bueno. Con dos goles que pudieron ser más. Por ahora, todo parece indicar que serán capaces de pagar esa televisión, cargarla como puedan en el coche y jugar la próxima edición de la Champions League

7. Una habitación llena de espejos

Desde que se terminó la era de ser el artista callejero y pasó a lograr un estudio privado, vanguardista, el Everton ha perdido el rumbo. Pero no hay vuelta atrás. Porque no hay a dónde volver. Sólo hay un agujero al que caer. Otro privado para Marco Silva. Se marchó David Moyes- Llegó Roberto Martínez, se le despidió. Llegó Ronald Koeman, se le despidió. Llegó Sam Allardyce, se le despidió. Llegó Silva y… creo que ya sabes cómo acaba esta historia. Un milagro es más o menos lo que necesita para sobrevivir, para algún día salir bajo sus propios términos y no empujado por la puerta de salida. Porque después de todo, en cambio, el Norwich no necesitaba un milagro para jugar un buen partido en defensa o para, incluso, dejar su portería a cero. Necesitaba jugar contra este Everton de las mil caras, perdido en una habitación llena de espejos, en la que se ve a sí mismo de mil maneras y ninguna clara. Porque el Everton en casa gana, el Norwich fuera de casa pierde y viceversa. Y ganó, aun así, el Norwich por cero goles a dos.

En un partido al que mirabas y, o no estaba pasando gran cosa o estaba sucediendo un caos inexplicable, desconcertante. Pero también factible. Porque si el Everton no tuviese ya los suficientes problemas de concepción filosófica, ahora tiene lesionados a Jean-Philippe Gbamin, André Gomes y Michael Keane. Nada termina de funcionar nunca. Y cuando empieza a hacerlo, nunca termina por confirmarse. Así, el Norwich se aprovechó de los bandazos, de una frustración tan simple como la que se vislumbraba en Jordan Pickford tratando de sacar rápido el balón a juego y no tener ninguna opción confiable a la que recurrir. La confianza, desvaneciéndose poco a poco en un equipo tácticamente confuso, desvaneciéndose finalmente de golpe con un gol de Todd Cantwell. Porque la clave de la salvación del Norwich quizás radique de este sexto miembro perdido de One Direction. O en un tal Dennis Srbeny que marcó el 0-2. De lo que ya casi no queda duda es de que un futuro exitoso no parece radicar para el Everton en Marco Silva.

8. Eclipsados esta semana, este lustro

El Arsenal está mal, el Arsenal está muy mal. Una semana en la que ya habían sido eclipsados por el Tottenham con todo “lo del Tottenham” no podía acabar de peor manera. Bueno, sí, podrían haber perdido. Aunque esa diferencia hubiese sido mínima, de solo un parde puntos, con las sensaciones todas igual de malas. Porque lo que pasó en el Emirates este sábado fue algo complejo a la par que tremendamente simple: el Southampton pasó por encima del Arsenal. De alguna forma, los Gunners parecían salvar la cara, parecían reponerse del desconcierto vital que puede acarrear encajar un gol de Danny Ings en menos de diez minutos. Pero lo grave es que cuando daban la impresión de recuperar el control de un partido que en ningún fue bueno por su parte, la del Arsenal, el Southampton marcó con menos de media hora restante y el cauce del encuentro giró violentamente a su favor. Porque lejos de obtener una segunda ventaja y retirarse hacia su portería para salir de este encuentro cuanto antes, todo se exageró. Siendo un casi fortuito ataque del Arsenal el que hizo a Alexandre Lacazette arrancar un punto de la nada. De una nada cada vez más pronunciada en todo lo que al Arsenal de Emery concierne. Que de alguna forma se ha convertido en su propia enredada versión del desastre made in the Emirates.

Porque Wenger se fue y, tras un primer lapos con algunos sinsabores pero de firmes esperanzas, se las han ingeniado de alguna forma para degenerar en esto. En lo que muchos jugadores ya no tienen confianza; algo de lo que muchos futbolistas de la plantilla reniegan por activa o por pasiva. Algo que no debería haber pasado. Porque con el mismo Emery deberían haber funcionado. Pero todo hace indicar que no habrá un retorno a aguas más tranquilas juntos. Porque ya no parece que este entrenador pueda tomarle el pulso a un equipo que revela problemas estructurales. Ya no vale escudarse en que Bellerín y Tierney estén lesionados, que Özil no juega o alguna otra circunstancia. La situación no debería haber degenerado hasta este punto. De la misma manera que el Tottenham no debería haberles superado en el último lustro. El Arsenal tenía la sartén por el mango hasta que un día ya no lo tenía. Quizás otro entrenador, quizás Emery, les haga salir de la sombra, de este extraño eclipse que han sufrido y que Mourinho parece dispuesto a mantener.

9. Una deslumbrante oscuridad

El partido del domingo por la tarde fue uno curioso en la Premier League. Fue el mejor de la jornada. Fue un 3-3 entre el United de Sheffield y el de Manchester. Un partido que debieron haber ganado los de Sheffield, que debió haber ganado el Manchester United y que al final no ganó ninguno de los dos. Y todo sucedió dentro del mismo encuentro. Un encuentro en el que vimos por qué los locales son la revelación de la temporada, todavía por encima de Leicester o Chelsea; en el que vimos por qué los chicos de Ole Gunnar Solskjaer están como están. Porque no sólo se adelantó con soltura y convicción el equipo al que apodan las “navajas”, sino que ese adelantamiento inicial se multiplicó. La forma en la que se sospechaba que aquí podía haber risas y un alud de caos se cumplió para la desdicha del Manchester United.

Nos reímos y disfrutamos del partido, de que el Sheffield United se creciese de tal forma, de que arrollase por fases de tal forma, de que Phil Jones, al que luego llegaremos, estuviese siquiera ahí presente. Pero detrás de todo ese espectáculo tan bienvenido, tan DISFRUTÓN, que diría Guillermo Giménez, se ocultaba para el Manchester United más que nadie una desesperación silenciada y reprimida. John Fleck marcaría el primero, asistiría al segundo, y en las imaginaciones de algunos podía surgir la idea de que ahora mismo John Fleck, una especie de pequeña figura de culto de las dos siguientes divisiones inglesas, podría jugar perfectamente de titular con los Red Devils. Así como Andreas Pereira todos sabemos que sería suplente en el Sheffield United. A estos dos goles se respondería con un casi inintencionado gol de Brandon Williams. Por unos minutos el único jugador nacido en el 2001 que había marcado en la Premier. Hasta que lo hizo poco después Mason Greenwood, nacido en 2001 también, pero algo más tarde. En una deslumbrante noche de sorpresas, remontadas, empates heroicos y de profunda oscuridad dentro de todo ese aparente brillo. Más para unos que para otros.

10. Una tarde de gifs de Mauricio Pochettino

Hubo una parte de desesperación y otra directamente de diversión. Porque hay sitio para todo en la compleja existencia humana. Porque todo y nada tuvo sentido con el partido entre Sheffield United y Red Devils. Porque había muchas hipótesis que contemplar, que imaginar, que intentar empujar incluso. Dados los exitosos resultados de Chris Wilder como entrenador ganando y ganando más todavía a través de cada división de la pirámide del fútbol inglés, ¿es mejor entrenador que Solskjaer? Si se intercambiasen los roles ellos dos, ¿mañana cambiaría algo? Preguntas divertidas porque es prácticamente imposible que sean respondidas. En esquemas apreciamos simetría con una y otra línea de tres centrales. La del Sheffield United contenía a los habituales Chris Basham y Jack O’Connell en los flancos, con la atrevida novedad de Phil Jagielka. Una decisión forzada por la ausencia de John Egan, pero canallita aun así. Casi incalificable fue lo de confiar en Phil Jones por 8345978435ª vez. Porque hay errores de los que es difícil aprender. El tiempo, al final, se lleva muchas veces los malos recuerdos. Pero dios mío, con qué estruendo nos recordó Phil Jones el concepto de Phil Jones. Tratando de conseguir una falta de forma sonrojante, en la jugada en que llega el primer gol.

Porque Maguire y Lindelöf bien, pero el intento de replicar las singulares peripecias tácticas de los locales... Eso fue cosa aparte. Porque incluso más que una idea, necesitas ejecución. Como la del Sheffield United. Y también, al final, de una forma u otra, del Manchester United. Que remontó, y viendo repetidos los goles, no entiendes del todo cómo. En el otro lado del campo, con cada uno de los goles del Sheffield United se hizo paso en Twitter un pequeño ejército de gifs de Mauricio Pochettino. Porque nada gusta más en Twitter que esas sugerencias canallitas, jugetonas, que al mismo tiempo tantas posibilidades arrastran de poder convertirse en una realidad. Lo de Poche será un fenómeno recurrente hasta que le contrate otro club o lo haga, ante la avalancha de sutiles y no tan sutiles sugerencias, el propio Manchester United. Ahora sí que va a tener que aferrarse con uñas y dientes Solskjaer si quiere materializar su gran visión futurista, tan basada en “pasadismos”, en el club con el que se le identifica por encima de cualquier otro. Ahora la competencia está ahí en su encarnación argentina, en su encarnación de entrenador contrastado y consolidado en estas cotas tan altas de la Premier League.

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