10 reflexiones tras el fin de semana en la Premier League
En una nueva jornada de la Premier League sucedieron infinidad de cosas, empezando, o terminado, por cómo el público y la sociedad inglesa fueron sacudidos por un nuevo incidente de discriminación racista en el Tottenham-Chelsea. Pero no fue lo único, pues en el apartado de sucesos positivos el Liverpool se llevó Mundial de Clubes; así como el Manchester City regresó por sus fueros para demostrar al Leicester quién manda aquí; mientras que en el Bournemouth-Burnley lo que mandó fue la sangrante falta de ocasiones.
El Bournemouth sólo encajó un disparo a puerta contra el Burnley, pero perdió por él

1. Lo que fue y no fue el Tottenham-Chelsea (I)

Hay demasiado que analizar en el derbi de Londres que enfrentó a dos amargos enemigos en Tottenham y Chelsea. Un partido con todos sus personajes e intrincadas narrativas, con factores futbolísticos casi interminables… Y luego, también, lo que sucedió alrededor del partido y que terminó salpicando hacia dentro. Un incidente de carácter racista en el que Antonio Rüdiger fue el foco, el receptor de tan desgraciado suceso. Un acto vil, cometido por alguien sin nada mejor que hacer que compartir y proyectar en otros sus propios problemas, ya sean simplemente de conducta cívica o más graves. Pero a nadie ha dejado indiferente un incidente del que nadie quería ser testigo. Menos todavía cuando hace dos meras semanas estábamos con otro de enorme parecido. Sucesos que han enviado a todo el mundo, a los opinadores públicos en particular, a un frenesí de desquicio que tampoco llevará seguramente a nada positivo. Pero un mundo de tantas injusticias, tantas de ellas tan innecesarias además, es superior al poder de muchos. Puede que con razón. Algunos supieron mantener la calma en sus respuestas. Porque es lo que se necesita. No una falta de reacción sino una reacción producente, mesurada, directa y prescisa. No por gritar más ayudas más. Pero todo se desenfrenó. Las redes sociales siguen siendo, a esta hora, una cascada encima de una cascada encima de una cascada de ya no sabes muy bien qué. Pero al menos la gente está comprometida, motivada por hacer lo posible ante un problema tan esquivo, inmaterial; que todos entienden de su gravedad pero que nadie tiene una solución clara y directa para ello porque no existe. Porque el racismo no es un ente por sí mismo sino que vive dentro de las personas y por ello no tiene forma de ser erradicado como tal. Sólo se puede combatir.

2. Lo que fue y no fue el Tottenham-Chelsea (II)

Gary Neville, por su parte, con su característica elocuencia tuvo un pequeño pero potente discurso sobre el asunto. Quizás, si un pero se le puede poner, es que fue demasiado amplio, demasiado grandilocuente, reseñando los vastos problemas sociales que están enfermamente entrelazados con el problema del racismo, en este caso en el fútbol. Un “pero” en el sentido de que por mucho queramos analizar a gran escala, aunque sea con razón, los cambios van a llegar abajo a arriba más de lo que lo harán al revés. Pero ni siquiera dicho discurso de Neville puede ser simplemente apreciado por lo que fue, un momento de lucidez filosófica y conceptual para ofrecer una respetable e incluso admirable opinión. Las solapantes cascadas se refieren a cómo el presentador del espacio en Sky Sports, Dave Jones, arruinó (muy probablemente motivado por lo que le estuviese diciendo productor de turno en su oído) a distanciar a la empresa, Sky, de los comentarios de Neville, quien había puesto en tela de juicio la conducta de los dos partidos políticos más grandes de Inglaterra respecto a este grave problema social-discriminatorio. E incluso eso, ese momento tan "cringeworthy", arruinando el discursoa hizo a todos perder los nervios sobre cómo ese preciso fallo en el tacto con respecto a la situación es en sí mismo un reflejo del problema a gran escala. Al final, el partido, fue lo que fue y no fue nada por culpa de estos desesperantes sucesos. Pero para lo que sea que valga, como algo que es de lo que más nos gustaría estar hablando, el Chelsea jugó un muy buen partido para demostrar que no son flor de un día, que Lampard puede competir con los mejores y también ganarles, esta vez a José Mourinho. Un día que debió ser para ellos y fue algo completamente distinto. Cuando nunca debió serlo.

3. El día y la noche, el Manchester United ganando y perdiendo

Los niveles a los que está rindiendo, de forma tan acentuadamente contrapuesta, frente a grandes y pequeños, son completamente inquietantes. Cuando parecía que estaban encontrando su estilo, su forma, sus vías para ganar y ganar sostenidamente en el tiempo, van a Watford y pierden. Con severidad considerando las expectativas. Nuevamente un partido correcto. No cayeron a ninguna cuenta en lo que a rendimiento global se refiere. Pero un quebrantador fallo de David de Gea, alejado y quizás para siempre de su yo pre-Mundial 2018, y un penalti más tarde, les hundieron cuando no debieron hacerlo. Cuando las victorias contra Tottenham, Manchester City y de al menos no perder en un partido en el que fueron ampliamente mejores contra el Everton, nuevamente se perdieron entre la multitud, en la rutina de cada día, en un partido contra uno de los equipos de abajo. Un matagigantes únicamente matagigantes y, ah, sí, que se supone que es un gigante él también. Pero en tantas y tantas facetas ya no. En todas las facetas que importaron, lo de Watford fue una derrota. Un Watford que compitió como realmente nunca ha parado de hacerlo este año, nunca hundido a pesar de la mala forma, de los malos resultados. Pero esta vez el buen trabajo pudo significar algo, pues marcaron los goles, necesarios para ganar.

Vale, no siempre es necesario que los marques tú, también es cierto: el Burnley este fin de semana lo hizo con un solo disparo a puerta, pero hace menos de un año ganó un partido con dos goles en su casillero que se marcó el Fulham en propia puerta. Aquí, siendo justos con los hechos y la realidad, tuvo que interceder la mencionada catástrofe permitida por de Gea. También la falta de acierto del United, y una mejoría pero tardía con Paul Pogba ya sobre el césped, insuficiente dos goles abajo, el Watford asentado en su territorio y, finalmente, completamente inexpugnable. Para demostrar que el United, en los planes de las grandes ocasiones, de los grandes días, está a la altura de las más altas alturas, valga la redundancia. Pero falible en retos teóricamente más simples; allá donde hay una defensa férrea y desquiciante, también hay una falta de refinamiento en las capacidades ofensivas del United. Donde Solskjaer no ha sabido, aún, completar a unos jugadores que necesitan serlo.

4. Campeones del mundo

El Liverpool venció al Flamengo. Así como vences cuando está en juego la idea del prestigio mundial. Con fealdad, con falta de tantas cosas, pero no del gol definitorio, decisivo. Como lo que son tantas finales de Mundial de selecciones nacionales. La "cumbre" del fútbol y que rara vez es tal. Porque la presión por no perder atenaza al deseo de ganar. Aquí, también, influyó el hecho de venir un equipo sudamericano, con la lección tan bien aprendida, con las técnicas interiorizadas. Encima con un entrenador de renombre mundial como Jorge Jesús. Que nunca llevó al Benfica a un título europeo, pero la gloria continental alcanzada en Flamengo algunos atribuyen la imposibilidad de hacer lo mismo en Benfica, jocosamente, a Bela Guttman.

En Qatar, en el místico desierto, en las puertas del invierno, donde finalizará el próximo mundial de naciones, lo que impidió al Flamengo ganar fue, con no poca ironía, un gol de Roberto Firmino. Un brasileño privando a sus compatriotas de ganar, o de simplemente dejar que estos les arrastrasen hasta los penaltis, infernales. Y no es un decir, con Diego Alves, uno de los parapenaltis más notorios de la historia de la liga española presente en la portería flamenguista. Un antídoto perfecto al que quizás sea el mejor portero brasileño del mundo, Alisson. Quizás uno de los tres mejores porteros del mundo. El Mundial de Clubes en juego y no todos mirando, pero sí los suficientes. Una batalla de desgaste, donde el último golpe no pudo llegar para Flamengo. Donde sí llegó para un Liverpool imprimiendo de tan ansiado prestigio a su era dorada. La suya y la de sus jugadores. Todos en su plenitud. Todos campeones del mundo de clubes.

5. El recordatorio de los niveles

Y todo volvió a la normalidad. Las transiciones ataque-defensa siguen siendo un agujero negro para el City, donde hasta las más inocuas ocasiones acaban envueltas en alambre de espino - ya no te digo si encima es Jamie Vardy quién las está envolviendo - y el City, sangrando, un gol abajo. Pero aquí los balones que debieron entrar, entraron también en el otro lado. En el lado en el que transcurren la mayor parte de los partidos de los Cityzens. A esta guerra no iban a venir gratis desde Leicester los chicos de Brendan Rodgers. Era el momento en el que algo cediese: el City por "enésima" vez, o la racha, tan inmaculada, del Leicester. Con el "peor" conjunto de jugadores, como era de esperar, cedió lo segundo. Porque Guardiola sigue guiando a un equipo absurdamente bueno, a un equipo ridículamente abrumador. No tanto como sus más depuradas y excelentes versiones, pero es que el listón está tocando el lado oscuro de la luna. Porque aquí el guion, sus intricados giros, llevaron a lo que es tantas veces la mejor avenida para los intereses "azul celeste": un gol tempranero en contra, una motivación desenfrenada acto seguido y una resistencia difícilmente lograble.

A un jugador como Kevin de Bruyne lo peor que puedes hacer es enfadarle. Porque antes quería ganarte y ahora quiere ganarte. Sea por sus propios, irrefrenables medios, o simplemente surtiendo de balones para que Riyad Mahrez desbordase a la defensa rival. Y otra vez. Y otra vez. A Sterling el Leicester se centró en neutralizarle. Pero enfocando esfuerzos a uno, cuando sigues siendo once contra once, hace que la balanza se desequilibre. Y confíes en que Chilwell pueda parar al MVP de la Premier League 2016. Y, relativamente, pudo muchas veces. Pero no las suficientes. Llegó el empate, y luego la aparición de Sterling, para extraer un penalti y convertirlo Gundogan. El peligro, ese contraataque nunca se fue. Pero fue abandonado en el océano para que se ahogase. Como el partido en sí, que sentenciado sería. El Manchester City es, como mínimo, el segundo mejor equipo de la liga. Por fin pudo demostrarlo sin condicionantes.

6. Empatar pero perder

Luego llegaremos al peor partido del fin de semana. Pero no hay nada (siendo el primer partido de la jornada) como coronarte antes que ninguno, que es lo que hicieron Everton y Arsenal, que trajeron toda su incompetencia institucional al terreno de juego para ofrecer un espectáculo dantesco. De proporciones bíblicamente malas. Donde la absurdez, lo insalubre, se desbordó a la grada, a cánticos como "Dad de comer a esos Scousers" por parte de un sector del Arsenal, en desenfrenadamente despectiva alusión a una percepción de pobreza, al menos histórica, respecto a la zona, a la ciudad de Liverpoool. Lo mejor probablemente hubiese sido que todos se quedasen en casa. Un premio a jugador del partido a Calum Chambers no es justificación suficiente. Su pequeño día de gloria no puede eclipsar a la salud mental de todos aquellos expuestos a este partido. Ya que estaban, que Arteta y Ancelotti se hubiesen jugado los tres puntos a un partido de Backgammon, sentados en dos taburetes en el centro del campo, o quizás directamente en el bar. Porque no son sólo dos equipos con vastas taras, sino que encima, en este partido, las lesiones, las ausencias, eran abundantes y consecuentes.

Y nadie pudo sobreponerse, ni dar la sensación de estar acercándose al objetivo. Todo era como una primera lección de aprendizaje de patinaje sobre hielo; no era bonito de ver y estaban más cerca de caerse que de poder soltarse del instructor. Ello lo observaba con atención Carlo Ancelotti, así como Mike Arteta, desde el palco. En lo que fue una congregación surrealista en casi todos los sentidos. Dos giros de timón que ninguno de los dos clubes quería dar pero al que ambos se vieron obligados. Aunque poco realista la posibilidad, pudieron haber acabado con el entrenador opuesto, en el sitio opuesto. Pero ahora tendrán, uno tan experimentado, otro tan novato, combinar las teclas precisas en sus respectivos nuevos equipos. Para que los espectáculos ofrecidos de aquí en adelante no sean tan grotescos como el de este sábado al mediodía. Donde dos especies de extrañas, micro-eras transitorias terminaban. El Arsenal sin apreciar ninguna mejoría respecto a Emery; el Everton al menos resistiendo sin algo a lo que llamar centro del campo o con Jordan Pickford jugando con gorra. Todo fue extraño, no precisamente bello. Veremos si mañana, si en Boxing Day cambia.

7. Un crimen contra la Navidad

Así es como Ted Knutson, fundador y director de la agencia estadística StatsBomb, definió el Bournemouth-Burnley. Un partido con 5 disparos/remates a puerta en total. Ninguno especialmente peligroso; un gol llegado por razones circunstanciales más que cualquier otra cosa. Una cosa es que el Burnley se dedique a absorber ocasiones y disparos del rival, como si fuese una esponja de interminables proporciones, pero es que aquí el Bournemouth ni siquiera cumplir con esa parte del guion. Y el Burnley ha demostrado poder vivir cómodamente, sin problema alguno, dentro de ese modus operandi. Las "cerezas", tan vivaces, dulces, inocentes, acabaron sumergidas en la guerra, de las pocas ocasiones y del hartazgo futbolístico. Una guerra fría pero de verdad, en el que los objetivos, las porterías no dejaban de ser algo conceptual. Y las bajas tempreaturas, así como una heladora lluvia, presentes también en el Vitality Stadium. Una idea que nos gusta. Algo a lo que nos gustaría acercarnos cuanto más cerca y cuantas más veces, mejor.

Un Bournemouth en problemas, de lesiones quizás sobre cualquier otra cosa, pero en problemas. Una nueva temporada en la que parece desvancerse dar ese siguiente paso, de clasificar en la mitad alta de clasificación. Siempre parece que hay algo. Lesiones o un partido contra el Burnley. Un equipo, tan distinto, tan parecido. Ambos deberían irse a segunda con las teóricas capacidades adquisitivas que tienen. Pero aquí siguen. El Burnley quizás algo más cómodo porque uno antoja más imposible todavía en ellos cruzar esa siguiente barrera. Quizás porque ya lo hicieron hace dos temporadas cuando nadie, ni siquiera ellos, esperaban que quedasen en séptimo lugar. Porque cuando tu valor probabilístico de "goles" totales es de 0.2, como lo fue aquí, ¿cómo vas a ganar tanto? Aquí no debió ganar nadie, pero ganaron los que nunca suelen deber.

8. Por pequeña que acabe siendo, esta es su temporada, su era

Había algo ineludiblemente atractivo en el duelo que medía a uno frente al otro (al Brighton y al Sheffield United), en la idea del enfrentamiento de estos dos. La segunda gran revelación y la gran revelación, la número uno, de esta temporada. Dos entrenadores que se han tenido que abrir a codazos, o que quizás porque no lo hicieron pero salieron adelante desde sitios donde tales medidas parecían indispensables, han llegado a la élite, a la liga más glamurosa del mundo. Graham Potter empezó en las profundidades del fútbol sueco, años después de un puñado de partidos disputados como jugador en la Premier League con el Southampton; Chris Wilder tres cuartos de lo mismo, con entidades que responden a nombres como Alfreton Town. "Ya no estamos en Kansas, Toto", que dirían en el Mago de Oz. Pero para Potter y para Wilder da exactamente igual. Todo proceso de adaptación han convertido en un proceso de adaptación del resto a ellos y no de ellos al resto.

Porque Potter catapultó a un club llamado Ostersunds a los dieciseisavos de la Europa League, porque Wilder ascendió al Oxford United, ascendió al Northampton, ascendió al Sheffield United; uno detrás de otro y sin tropezarse ni una vez. Y aquí, donde los mejores jugadores, donde los matices futbolístico-cosmopolitas yacían en el lado de Potter, el Sheffield United irrumpió en Brighton para ser el mejor de la tarde, de la velada. Del duelo de revelaciones. Porque no son sólo resultados, son también sensaciones, son jugadas depuradas a brillantes niveles. Y aquí un simple pero descomunal pase del portero Dean Henderson al habitual-delantero-suplente Oli McBurnie nos dio el primer gol. Uno que sería suficiente porque el Brighton, de juego de pase, de brío y brillo, fue neutralizado por un Sheffield United que se encuentra un paso por delante. No siempre en el buen sentido, dos aparentes goles siendo revertidos por el VAR, uno por fuera de juego. Pero el Sheffield United es quinto. Repito, quinto. Con todas las credenciales de rendimiento sobre el césped para respaldarlo.

9. El gol perseguido

El Newcastle, más que cualquier otro equipo, más incluso que el inevitable Liverpool, es un caso de estudio en esta temporada de la Premier League. Un equipo ultra-defensivo. Mucho más que equipos como Burnley, para que nos hagamos una idea. Un equipo que no presiona en campo rival ni de casualidad. Que tampoco es el Atlético de Madrid de 2014, no es una brillante máquina defensiva. Pero, de alguna manera, con improbable acierto y precisión, está evitando encajar goles y consiguiendo marcarlos. Difícilmente sea sostenible, pero una semana más, después de caer con el Burnley en la anterior, ganaron. Un partido de perros, donde los equipos, sus jugadores, estaban pegados los unos a los otros como si estuviesen hechos de velcro. Las posibilidades de ganar sitio, de lograr la separación suficiente, la fricción precisa para encender una llama, iba a ser cercano a una misión imposible. Pero llegó, el hueco, la oportunidad. Una aparentemente inocua acción ofensiva; un pasaje de juego en el que lograron establecerse en campo rival los locales, las “urracas”, para centrar un balón. Que podría haberse perdido como tantos otros; haber sido repelido por Gary Cahill como si de una patata caliente, o directamente ardiendo, se tratase. Pero no esta vez.

Esta vez todo fue distinto. Porque fue hasta más normal de lo que el Newcastle ha hecho que sean sus goles, en los que de forma ya casi habitual suceden cosas como que uno de los centrales esté centrando desde la banda para que remate otro de sus centrales; o lo que es todavía más increíble, el día que Andy Carroll centró un balón y Jonjo Shelvey lo convirtió en gol, en un milagro que poco envidia al de convertir el agua en vino. Y aquí, desde los cielos, un esférico descendiendo en el espacio, de repente enorme, donde había un solo futbolista, en una soledad fantasmagórica. Ante la posibilidad de fallar por enésima vez, Miguel Almirón. Un futbolista de superlativas cualidades, que aúna calidad como ningún otro integrante del Newcastle, pero que casi un año después de su fichaje, por azares del destino, su contador de goles estaba a cero. Hasta este momento. Hasta un día después de que Louise Taylor publicase en The Guardian una entrevista con él, titulada “Miguel Almirón: ‘Estoy desesperado por el primer gol. No puede esperar a que llegue el momento”. Con alevosía, con una cierta aunque imperceptible melodía, remató el balón y batió a Vicente Guaita y todos los escucharon. Un gol tan perseguido y que por fin era suyo.

10. Quien grite más alto

La supervivencia es complicada. En la vida, incluso cuando tienes, lo que parece desde fuera, "todo". Aplicada al fútbol, tampoco es sencilla. Y se enfrentaron en un duelo por conseguirla, por acercarse un poco más a la orilla, Aston Villa y Southampton. Se lo tiraron todo los unos a los otros, porque saben que de la responsabilidad, del deber con las múltiples promesas que habrán hecho a terceros y a sí mismos, sobre que si no se van a salvar, que al menos lo habrán dejado todo en conseguirlo. El esfuerzo fue expuesto sobre el césped, pero la precisión quirúrgica fue del Southampton. Precisión del Southampton, ojo a lo que estamos diciendo. Que viene de años de zozobra, de vaivenes, de ventiscas de desconcierto y no de un placentero ascenso. Inercia del cual parece agotarse para el Villa. Para el que tres mil millones de fichajes no serán garantía de nada, para el que no han sido garantía nada. Aquí, nunca pudieron tomarle la medida al reto que supuso el encuentro, donde el conjunto de Ralph Hasenhüttl pudo desplegar, todas de una, las buenas sensaciones que han podido generar durante la temporada.

Shane Long fallando ocasiones, pero eso de alguna forma se presupone. Lo que no con tanta certeza se presume es la efectividad de sus jugadores, los mejores que tienen aun así, como Pierre Emile Hojbjerg o Danny Ings. También es arriesgado, audaz, jugar sin medio centro, Oriol Romeu sentado en favor de una mayor cantidad de carne en el asador ofensivo. Para surtir de toda la calidad posible a esa última línea, la de gol, la que tantas veces les cuesta superar. No esta vez; Danny Ings marcó, marcó Jack Stephens, y al comienzo de la segunda parte Ings nuevamente, para confirmar que, en efecto, estaban arrasando al Aston Villa. A un rival directo y en su propia casa. El Southampton que tantas dificultates ha tenido este año. Grealish, como un ángel en el desguace, trató de rescatarlo todo con un gol, golazo, de inmensa belleza pero que sólo pudo contar tanto como cualquier otro pues sólo fue uno contra tres. Aquí, una simple mancha, olvidable en la gran victoria del Southampton, que gritó más alto, con mayor eficacia, que quiere quedarse en la Premier League.

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