5 razones para odiarte
Porque la vida es muy corta para ser cortés, este artículo muestra una exquisita selección de todas las cosas que pondrían nervioso a cualquiera con capacidades limitadas de sociabilidad, simpatía y empatía dentro de la esfera del fútbol.

La insistencia en dar a conocer mis aptitudes, y mi facilidad, para aborrecer y despreciar cosas mundanas se ha convertido en el orden del día en la redacción de La Media Inglesa. Mi carácter autodestructivo, ya sea conmigo misma o con los demás, se ha convertido en el elemento más llamativo de mi personalidad y ya no hay vuelta atrás. Por eso os recomiendo que filtréis lo que decís, o bien penséis con la cabeza antes de hablar.

Me propusieron dar rienda suelta a mi odio diario a través de un artículo, y aunque estuve reticente a aceptar la oferta para evitar mostrarme al mundo virtual como un ogro moderno sin ningún tipo de escrúpulos, aquí estamos. Reducir la lista a cinco cosas ha sido una labor más complicada que la de conseguir que el Tottenham llegue a una final, pero espero no decepcionar a nadie. Si consigo reducir mis seguidores significa que he cumplido mi objetivo, así que cuidado porque a partir de ahora llevo la cuenta.

Las mezclas raras

Y no, no estoy hablando de la sospechosa bebida que te pusieron la última vez que pisaste una discoteca, sino de unir cosas que vienen de raíces distintas, por ejemplo, el fútbol y la NFL. Vale que el capital se ha convertido en el nuevo monarca de este deporte, vale que cada vez más clubes venden su alma al patrocinio o a terceros ante la incapacidad de salir adelante y competir frente a sus rivales, vale. Lo entiendo, lo acepto y lo comparto. El fútbol, al igual que muchos otros elementos sociales, ha cambiado. Como dijo un señor griego de hace miles de años, todo fluye y nada permanece (y si la frase está mal dicha, por favor no pierdas tu tiempo mandándome un mensaje para que la corrija, se queda así).  

¿Pero fútbol y NFL en un mismo escenario? Llámame loca, pero eso es perder personalidad a raudales, y te lo digo yo que una vez me puse una camiseta de rejilla para ir a la moda y acabé pareciéndome a una corista de Cher recién salida del DeLorean de Regreso al futuro. Entiendo que los escenarios neutros pueden albergar conciertos, circos, festivales, lo que tú quieras, pero que el futuro estadio de mi club tenga un contrato con un deporte que nada tiene que ver con el que me emociona, me molesta. Hay que amortizar el gasto, es verdad, pero estoy dispuesta a vender perritos calientes todos los días de partido y donar el dinero antes que ver cómo el césped cambia de forma y de reglas por un cheque con cifras astronómicas.

La superioridad moral

¿Por dónde empiezo? No lo sé. Solo diré que los personajes puramente culturales me sacan de mis casillas, algo que tengo que reconocer, no resulta muy difícil. Aquellos que leen a Trotski en la cola del supermercado para evitar escuchar las conversaciones de las que ayer vieron un reality televisivo para así no manchar su más que impecable currículum moral, los que comparan a The Beatles con cualquier músico actual, los que veneran a Quentin Tarantino y no Austin Powers. ¿Pero qué os pasa? Podéis hablar conmigo, eso sí, cobro por minuto. Lo bueno de la cultura es que es tan rica como diversa. Un día puedes ver Mean Girls y al siguiente La naranja mecánica sin sentir que una te ha aportado más que la otra, puedes escuchar el pop más comercial y al grupo más alternativo de la historia sin necesidad de esconder tu predilección por el primero. Ejem.

Y como tengo que unir mis quejas con el fútbol, diría que se puede apreciar la labor tanto del Manchester City como del EuroBurnley sin necesidad de destacar a uno por encima del otro. Son diferentes, juegan a cosas completamente opuestas, van dirigidos a un público diverso, y por la misma regla de tres, tienen objetivos diferentes, por lo que compararlos es una actividad un tanto inútil. Lo mismo ocurre con cualquier aspecto de la vida en el que la crítica se aposenta cual mosca en tu hombro en pleno verano, resulta improductivo comparar.

La gente que habla durante los partidos de fútbol

Me acuerdo de aquella vez que a mi padre y a mí se nos ocurrió bajar al bar a ver un partido de fútbol. Ahora, no era cualquier partido, era la final del Mundial de 2010 entre España y Holanda. Entre cantos, vítores y escasos conocimientos sobre las reglas del balompié, mi padre y yo decidimos ver la segunda parte en casa ante la excitante propuesta de tranquilidad y aire acondicionado en pleno julio. Fue en ese momento cuando me di cuenta de que la gente que habla mientras estás viendo el fútbol debería estar prohibida, sobre todo si sus aportaciones son de un nivel intelectual un tanto cuestionable. Ahora me diréis, si la escasez de habilidades sociales te ha hecho así, ¿no deberías ser tú la que se quede en casa? Y, ¿sabes qué?  Que tienes razón. Una cosa es hacer algún comentario y otra es convertirte en narrador del encuentro, y creo que, en este aspecto, estaréis todos de acuerdo conmigo.  

El tuitero galáctico

Twitter se ha convertido en una especie de olimpo de los dioses en el cual reinan unos pocos a costa de unos cuantos otros. Y en esta acrópolis de gente sin vida social existen unos personajes que evidencian su falta de carisma y de personalidad al escribir obviedades como una catedral de estilo gótico. Los Zeus de la red social son aquellos que convierten frases obvias en declaraciones plagadas de controversia, algo digno de los mejores magos.

Un ejemplo muy básico sería decir que te gustan las croquetas, algo con lo que mucha gente se puede sentir identificada y que te convierte automáticamente en el Stephen Hawking de los 140 caracteres. No hay nada mejor que decir cosas compartidas por todos y todas para creerse una eminencia hipster de Twitter. “Qué bueno es Messi” se convierte en el tuit del siglo, pero cuando yo digo que Tony Adams mueve mejor las caderas que Shakira pierdo seguidores. ¿En serio no sabéis apreciar el arte del tuitero que arriesga su reputación para ser diferente? La única moraleja de todo este panorama es que tenéis mal gusto, y punto.

La falta de humildad

No está mal mirarse a uno mismo en el espejo de vez en cuando y admitir que no se sabe todo en esta vida. Un baño de humildad es lo que necesitan muchos de los tuiteros galácticos que he mencionado previamente. Mira, sabemos que no conocías a aquel jugador senegalés de trece años que, según tú, fichaste en el FIFA16 y que se convirtió en el delantero más prolífico de tu club ficticio. No hace falta que te subas al carro de Mohamed Salah si no has visto ni un solo partido del Liverpool. No pasa nada si no conocías al Accrington Stanley o a Billy Kee, pues yo tampoco hace un par de meses. Ahora sí, no vengas de enterado porque no se me pasa ni una. Si mis dotes de vidente moderna me han aportado algo, es la capacidad de saber cuándo alguien se las da de algo que no es. Es imposible que estés viendo la Ligue 1, la Premier League, la Serie A y la Bundesliga, mientras cocinas, haces tus necesidades básicas y mantienes una vida social relativamente estable, por lo que te recomiendo que dejes de alimentar tu propio ego y te dediques a recapacitar sobre tu futuro.

Hasta aquí mi columna de odio que espero no os de una idea errónea de quién soy y cómo me comporto, porque tengo amigas y gente que me aprecia. Nadie ha sido extorsionado ni chantajeado en la elaboración de este escrito, solo unas cuantas reputaciones dañadas, las de todos aquellos que se hayan sentido identificados con algún párrafo. Mamá, si lees esto, me han obligado.

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