5 reflexiones tras el fin de semana en la Premier League
En las reflexiones de esta semana, la escabrosa situación de Mesut Özil, el Arsenal y China; lo que nos enseñó el derbi entre Crystal Palace y Brighton sobre la evolución de unos y cómo fue una batalla más que una guerra; también, el resurgir del Bournemouth cuando más lo necesitaba y el mal día del Leicester que le supuso ser frenado a un empate contra el Norwich; y las inciertas derivas, y potenciales apuestas, de Everton y Arsenal.
Mesut Özil

1. Ya hemos perdido al jugador, a la estrella mundial, pero esto es interesante e importante

“El Arsenal quizás no sea bueno aparcando el autobús, pero lo es tirando debajo de uno a Mesut Özil”. Así abría Sean Ingle, de The Guardian, su más reciente artículo, sobre la delicada, complicada situación en la que Özil decidió adentrarse, porque creía que era lo correcto. No sólo él lo cree así. En el espacio-tiempo preliminar al partido de este pasado domingo, como club, al Arsenal empezaron a entrarle sudores fríos. No ya es que Özil les esté costando lo que les está costando, es que encima quiere poner en riesgo los potencialmente interminables ingresos chinos (porque uno sabe por dónde entra a ver cómo de profundo son los lazos de negocio de clubes deportivos europeos en China y luego, cuando ve que el Arsenal tiene allí restaurantes temáticos, ya no sabe ni dónde está ni cómo salir). En resumen, sobre Özil, “¡Qué sinvergüenza!”. Pero lo cierto es que aquí hizo lo correcto. Así como sus relaciones con Recep Tayyip Erdogan son igualmente complicadas, así como ciertamente desconcertantes, Özil aquí, Instagram en mano, quiso denunciar públicamente un suceso que está siendo considerado como una de las mayores atrocidades humanitarias en el mundo en tiempos recientes, que es la reportada persecución, detención y tortura de millones miembros de la comunidad musulmana Uighur por autoridades chinas, en lo que está siendo descrito como la mayor encarcelación de un grupo étnico exclusivo desde el Holocausto. Un tema profundamente oscuro, muy probablemente infra-reportado y sobre el que Özil decidió que tenía que pronunciarse.

Sin embargo, así como el Arsenal decidió no comentar en absoluto respecto al apoyo de Héctor Bellerín al partido Laborista esta semana, con un tema mucho menos arbitrario, menos debatible como es el apoyo de Özil a los Uighurs, el Arsenal vio la necesidad de aclarar que ellos, como club, “no se meten en política”. Alguien debería presentarles la idea de que, quizás, diciendo esto es tan precisamente metiéndose en política. Porque claro, ellos no se meten en político así como cuando tampoco lo hacen al aceptar millones del gobierno de Rwanda para promocionar el turismo del país; nación que es considerada culpable de “detención arbitraria, maltrato y tortura” por parte de Human Rights Watch, como bien reseñaba Sean Ingle en la publicación antes mencionada. En esta ocasión, en este caso, después de cómo los Houston Rockets de la NBA pasaron de ser el equipo favorito de millones de ciudadanos chinos a ser el más odiado del país en cuestión de horas, el Arsenal quiso salir a salvar su propia cara como buenamente podía. Quiso, o no le importó, dejarse evidencia ante el resto con tal de proteger presentes y potenciales ingresos en un país, China, donde no hay medias tintas. Más que solamente ellos, pero a los clubes deportivos se les ha dejado claro que sea un jugador o un directivo quien se pronuncie, lo haga a título personal (como demuestra el hecho de que fuese cancelado la emisión del Arsenal-Manchester City del domingo en China)… o estás con ellos o estás contra ellos.

2. Vacantes para entrenadores

Everton y Arsenal, en lo deportivo, no son dos clubes con muchas cosas claras. Viven en una especie de gruesa y permanente niebla. Cuando las derrotas llegan con cada vez más asiduidad, cuando la afición se tensa, todo se vuelve todavía peor. Es casi como que ya tienen suficiente con lo suyo: por favor, no les presionéis más. El próximo fin de semana se enfrentan y todo, o mucho, parece indicar que lo harán con nuevos entrenadores. Dos entrenadores posiblemente sin el ADN del club como ese que tienen Duncan Ferguson y Fredrik Ljungberg (aunque Arteta esto también lo cumpliría, claro), respectivamente. Algo que a todo el mundo le gusta promocionar, que le gusta presumir, pero algo de lo que todos, en el fondo, saben que desconfían. Porque es una tontería como un templo de grande. Porque dentro de la falsedad conceptual de la idea, sí, hay cosas como la familiaridad con el club, con cómo funcionan según qué cosas, con saber qué a partes de la afición del mismo, pero que a la larga no te va a hacer tener éxito, a ganar partidos de fútbol. Mientras que el bueno de Freddie ha parecido tan fuera de lugar, tan impotente o más que Unai Emery ante este destrozo de equipo, Duncan tuvo un sensacional debut contra el Chelsea y una embarazosa segunda muestra de aptitudes, en Old Trafford, cuando el Everton iba camino de una derrota de la que prácticamente le salvó el reloj, pero más pertinentemente, decidió dar entrada a Moise Kean con poco más que 20 minutos por jugar y decidir quitarle en el minuto 88.

Un movimiento sangrantemente anticlimático, que enterró a Duncan Ferguson en dudas sobre su habilidad como entrenador de primer nivel. Y por eso, entre otras cosas, Carlo Ancelotti parece a punto de convertirse en nuevo en el nuevo entrenador del Everton. Quien todavía era entrenador de otro equipo cuando Marco Silva fue despedido y quien se ha convertido en candidato número uno para el equipo azul de Liverpool. No es escaso el escepticismo con alguien que ha sido uno de los mejores gestores, continuadores, perfeccionadores de grandes equipos pero que, simultaneamente, no tiene el mismo demostrado bagaje haciendo a equipos remontar desde el suelo. Como tampoco tiene esa (ni ninguna otra) demostrada experiencia Mikel Arteta. Un exjugador del Everton, como también del Arsenal y destinado, todos parecen decir, a ser nuevo director técnico Gunner. Dos apuestas inciertas como pocas, sobre el que habrá expectativas, exigencia notable y tangible. Dos vacantes, ninguna todavía oficialmente cubierta, pero que esperan poder florecer de nuevo y de alguna manera.

3. Dos caminos distintos, dos puntos repartidos

El Brighton tomó una decisión en verano que aquí, un lunes por la noche, en un derbi contra el Crystal Palace, no marcó la diferencia porque no ganó. Sin embargo, este partido lo repites varias veces y el Brighton ganaría la mayoría. Perdieron (o empataron en este caso) la batalla, pero la guerra tiene mejor pinta que nunca para ellos. Porque este encuentro podría haber sido el arquetipo derbi entre estos dos equipos de mitad de tabla, muy apretado, muy físico, muy de choque mutuo y sin embargo gracias al cambio antes mencionado, el Brighton se ha elevado a un nivel completamente nuevo. Uno en el que cual dominaron sin piedad al Palace, siendo la única (e involuntaria) piedad la que tuvieron de cara a puerta, para no sentenciar en un partido en el que pudieron haber dejado con una nariz sangrando y posado sobre una de sus rodillas, hincada en el suelo, al Crystal Palace. Pero la brillantez, la facilidad para desplegar calidad, fue visual y repetida por parte de los chicos dirigidos por Graham Potter. Los cuales están, por lo menos, tan inspirados como en cualquiera de sus épocas con Chris Hughton. Y que ahora, como equipo, están experimentado una evolución en la que tantos y tantos equipos sueñan y que casi nadie logra materializar. El Brighton lo está haciendo.

Así como el Palace, en cambio, ha logrado crearse su propia realidad alterna sobre los hombros de Wilfried Zaha y que tendrá que salvar el día que él se vaya. Estos jugadores le necesitan para poder encender la calefacción y no pasar frío en el duro invierno. Porque es que incluso con él son superados con la soltura y solvencia ya ilustrada del Brighton. Con Aaron Mooy causando rupturas, fricción constante, en conjunción con Pascal Gross y Leandro Trossard, el peligro se hizo paso de tres cuartos a la zona final más veces de las que le hubiese gustado al bueno de Hogdson. Pero de alguna forma resistieron; encajaron un gol, pero sólo uno. Y con el desgaste generado en el Brighton, un solo tanto que poder demostrar dentro de tal esfuerzo, el Crystal Palace encontró la forma. Las pequeñas oportunidades y a Wilfried Zaha, que, quién si no, marcó el gol del empate. Para la algarabía absoluta. Para poner de manifiesto, una vez más, su importancia, las diferencias que marca un jugador de su clase y calidad. También para no perder este derbi, esta batalla. Pero debajo de lo obvio del empate, el Brighton está sufriendo una evolución deslumbrante mientras que el Crystal Palace necesitará descifrar la forma de hacer lo propio. Con o sin Zaha.

4. Parar la avalancha

No era el momento ideal para el Bournemouth de visitar Stamford Bridge. No era el momento ideal para ellos de jugar ningún tipo de partido. Está lesionado prácticamente hasta el utillero (Callum Wilson, Harry Wilson, Nathan Aké, David Brooks, Adam Smith...). Lo normal es que el hundimiento se prolongase en el tiempo, que Eddie Howe nos empezase a parecer peor entrenador, que los artículos de crítica o examinación del Bournemouth siguiesen con su marcha, en forma de avalancha. Incluso en La Media Inglesa nos habíamos sumado a ella esta semana. Y con toda la razón. Con el reto retorciéndose, exigiéndoles como se suponía que haría el inexorablemente simpático Chelsea de Frank Lampard. Para la suerte, así como la desdicha (cuando se trata de ellos mismos) del Bournemouth, la simpatía de un equipo no garantiza victorias. No obstante, el Chelsea pudo hacer llover las ocasiones, si bien el peligro, la inevitabilidad de dichas ocasiones, nunca fuese notable. El Bournemouth tuvo que remar. Y remar. Y remar más todavía.

Desquitarse de las embestidas locales, que como decimos, no dejaron de ser numerosas. También con el hecho presente, el reseñado en los días previos de cómo se reunían los dos delanteros de la academia del Chelsea, Tammy Abraham y Dominic Solanke, y cómo el Bournemouth se llevó incuestionablemente el palo más corto. Pero así como tuvieron que defender, también extrajeron del partido sus oportunidades para atacar; para demostrar que a Lampard le queda un largo camino para ser tan bueno como ha insinuado que puede llegar a ser. Con el drama tan presente, tan de nuestro tiempo, inconfundible del VAR, llegó un gol encantador, de Dan Gosling, de improvisación, juguetonería; inocencia y deseo. Al final confirmado e irrevocable. Una liberación de la tensión acumulada en los jugadores, en Eddie Howe. Porque sigue siendo un excelente entrenador, a pesar de sus defectos y de las fervientes y adversas narrativas. Una victoria necesitada y por ello mismo de las más importante de su carrera en la élite.

5. Un día malo así como todos los buenos

Empatar contra el Norwich no es algo esperado; ni permisible cuando el margen es tan grande como lo es para el Leicester de cubrir respecto a lo más alto de la tabla. No va a ganar la liga, pero tampoco será segundo con estos tropiezos. Pero lo reseñable de ello es que no ya sería un milagro conseguir tal hecho, tal hazaña o proeza. Mucho más agitados, en un partido que les enfrentaba a un equipo que en las profundidades de la Premier League, de su escalofriante racha de derrotas, aprendió a competir para poder salir de ella misma. Así el Norwich tuvo la mayor calidad conjunta de ocasiones contra el elusivo Leicester City. Tantos niveles por encima en la teoría y en la práctica pero no en esta ocasión los Foxes. Donde quizás a los chicos de Brendan Rodgers les faltó algo de poso, les sobró algo de confianza en sus propias habilidades, como en todas esas veces que Çaglar Söyüncü pareció fuera de control, persiguiendo en excesiva desventaja no a Leo Messi, a Teemu Pukki.

Un mal día como todos los buenos que han tenido al fin y al cabo. Que han sido muchos y constantes. Aquí, aparte de lo ya mencionado, quizás tampoco terminó de funcionar el cambio de sistema al rombo en la medula que sí funcionó la semana pasada. Como el Leicester, el Norwich también es un equipo muchas veces sobre-elevado por su propio magnetismo coral, del cual mueve los hilos Daniel Farke. Porque podrían haberse hundido en esta Premier League con su innegable falta de calidad. Pero no lo han hecho ni parece que lo harán. Hasta Pukki pudo recuperar algo del fuego perdido, para crear esa separación con Söyüncü, para disparar y dejar clavado con dramatismo a Kasper Schmeichel. Así como dramático, así como inquietante y extraña la forma en la que llegó el empate, con una acrobacia de Tim Krul, con un pseudo-remate de Vardy. Un reparto de puntos porque, a no ser que seas el Liverpool, no vas a ganar todos los días.

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