5 reflexiones tras el fin de semana en la Premier League
Un Mourinho contra Guardiola en 2020, dirigiendo respectivamente a Tottenham y Manchester City, demostró ser una cosa complicada y también disparatada. Aunque en lo de disparatado, Watford y Everton y sobre todo West Ham y Brighton, se llevaron la palma por mucho VAR que hubiese en el norte de Londres. Y por su parte, en la costa sur, puede que se haya recuperado el máximo ausente de los últimos meses en la Premier League.
Nathan Aké decidió el partido para el Bournemouth

1. Mourinho contra Guardiola ahora

Complicado. Complicado es lo que fue el partido del Tottenham contra el Manchester City. Conceptualmente tan áspero, dos entrenadores parte de una de las más épicas rivalidades de la historia del fútbol, aquí volviendo a encontrarse de forma tan parecida a ocasiones anteriores. Pero nada era como antes, a pesar de que pudiese parecerlo. Ambos envueltos en sendas crisis existenciales. Por un lado, el Manchester City apretó el acelerador, pero la velocidad no cambiaba. Debía cambiar, pero no lo hacía. Todo mientras el Tottenham trataba de agarrarse al borde; para no caer. Porque su partido contra el Liverpool, el último, el que perdió por un gol, fue mucho mejor que este contra el Manchester City. Su nivel de competitividad, de crear separación física con los once jugadores rivales, fue superior. Pero las fichas cayeron aquí de otra manera. Donde por supuesto tuvieron que resistir también, y lo hicieron, pero la caída parecía aún más inevitable. Sin embargo, el Manchester City no es el Manchester City. Una ilusión que nadie entiende, que todos creen parecen haber descifrado en todos sus matices, pero que es un fenómeno extraño, el de un equipo que arrasa, aplasta, domina como los mejores equipos de la historia. Y que, sin embargo, no sirve de nada que lo haga.

Porque ya no tiene ningún efecto. O al menos no el efecto que tenía hasta hace muy, muy poco. Este equipo era para la amplia, amplia mayoría el favorito indiscutible para ganar la Premier League. Si alguien iba a hacer lo que está haciendo el Liverpool, iba a ser el Manchester City. Así de simple. Pero casi nada en la vida lo es. Por eso el Tottenham ganó. En un partido de extrañas secuencias, donde el VAR alcanzó por su parte uno de sus más altos niveles de comedia y diversión. Fueron infinitos los minúsculos factores que entraron en juego por activa o por pasiva. Donde todo se acelera de repente y el Manchester City está corriendo sin control hacia atrás, siendo destapado con sangrante facilidad su inhabilidad posicional defensiva. El pobre Zinchenko acabó expulsado; la sonrisa en cara de Mourinho haciendo acto de presencia. Había sangre en el agua. Habían resistido de manera casi imposible, pero ahora era imposible que no se abalanzasen con ferocidad a por el triunfo. Y cayó el balón en Steven Bergwijn, que marcó; y cayó también en Son, que también marcó. Para ganar el Tottenham, para pasar al siguiente día a pesar de todos sus problemas de juego. Como de efectividad, como de frialdad psicológica para el Manchester City. Que pagó por todo. Acabarán segundos; los Spurs quizás cuartos. Esto, sin embargo, no fue la más reconfortante prueba de nada.

2. ¿Kepasará?

Lo sé, lo siento, no podía resistirme. Más allá, la jauría de las expectativas ha venido a por Kepa. A veces, no puedes parar los balones y, cuando quieres darte cuenta, lo que tienes que parar es una bola de demolición. No es fácil vivir como el portero más caro de la historia del fútbol. Aunque tampoco lo es para alguien que nunca recibe la oportunidad. El Chelsea salió más o menos indemne de su visita a Leicester. Podrían haber salidos escaldados, no sólo por la inercia, el ímpetu de los chicos de Brendan Rodgers, si no por el hecho del cambio de portero. No jugó Kepa pero sí un portero claramente peor que él como es Willy Caballero en 2020. La complejidad de la posición de portero parece que tendrá siempre una pequeña vertiente indescifrable, pero cambiar de protagonista en medio de una temporada no suele ser algo bueno. Porque si lo estás cambiando, en casi todos los casos ya es por un problemón previo que tienes, pues en fútbol a pocas decisiones se les tiene más pavor que a cambiar de portero. Porque no se termina de entender muchas de las complejidades de la posición y por qué ocurren las consecuencias que ocurren. Caballero presentó la misma deficiente seguridad que Kepa pero con una reducción de habilidades físicas. De nuevo, por el momento en el que estamos: Kepa con 25 años, Caballero con 38. No fue un problema en el primer gol, pero también se notó algo extraño, algo fuera de lugar en las prestaciones visuales del argentino.

Todo se acentuaría con notoriedad en un peculiar sonido: el de las ondas expansivas de Caballero en su expedición a la “vendimia” y en su falta de ritmo para regresar a tiempo a la portería, así como su también ausente ligereza de pies exigida. Porque además de una portería temblorosa, el Chelsea tiene una “buena” defensa. Sin más, buena. Para ser un equipo de Champions, no obstante, necesitas algo mejor que simplemente “bueno”. Porque tampoco Tammy Abraham, en la otra punta del campo, ha podido mostrar esas capacidades quizás sobrevaloradas pero al mismo tiempo imperiosamente reconfortantes de marcar contra los equipos “buenos”, los de arriba. Eso y la grave falta de respaldo ofensivo del resto de jugadores de ataque. Porque si no llegan por Tammy, parece que los goles llegan en un penalti de Jorginho, o en remates de cabeza de Antonio Rüdiger, y no todo lo que deberían de Callum Hudson-Odoi, Willian, Pedro, el ahora lesionado Christian Pulisic o Mason Mount. Siempre iba a ser complicado pasar esta temporada con nota. Porque lo normal hubiese sido una regresión violenta. Se han mantenido, pero con todos los problemas, más el de Kepa específicamente, las cosas se complican para el Chelsea. “Kepasará” es una incógnita.

3. Un enorme aunque camuflado paso a adelante

Otro empate, otro micro-fracaso, en su mundo de macro-fracaso. El cual esperan poder revertir poco a poco. El Manchester United no es un equipo especialmente competente. Es un panorama de exacerbada competitividad al que se enfrentan y, con el régimen Glazer, no termina de parecer que podrán convertirse sostenidamente en una superpotencia deportiva. Con el tiempo, eso, esa ausencia de éxito, arrastrará al suelo a los ingresos comerciales. Porque siguen viviendo de las victorias pasadas. Cada día más pasadas, cada vez menos replicables. Un entrenador de absoluta élite te lo puede cambiar todo. Mauricio Pochettino el más claro, Max Allegri y Laurent Blanc otras dos poco habladas pero verdaderamente interesantes opciones. Un golpe de efecto, si el entrenador es lo suficientemente bueno en el preciso momento requerido de serlo, puede eclipsar el resto de taras. Aquí son muchas. Pero no todo es una, así como el vicio de creer que sí, se apodera de muchos. El hecho de que Odion Ighalo haya sido fichado no es realmente un problema; el problema es que necesitasen ficharle.

Porque sí, les hacía falta. A la Superliga china se le considera como una especie de ficción, un atentado contra la jerarquía del fútbol; donde hay dinero, pero una calidad exactamente acorde. Por culpa de ello, se desestima la calidad que sí hay todavía más. Como si el mero hecho de estar expuesto al fútbol chino te convirtiese en peor jugador. Pero lo cierto es que Odion Ighalo no es peor delantero en 2020 que, por ejemplo Michy Batshuayi, y también a va a ser completamente suplente. Pero quien no lo va a ser es Bruno Fernandes. Una absoluta estrella en potencia. Que dotó de pinceladas enormemente refrescantes, en un mundo desierto de “progresadores de balones” en Old Trafford: Bruno tenía ese extra de valentía, de confianza en sus (superiores, todo sea dicho) capacidades técnicas. Reseñó Solskjaer cómo echó en falta que el resto de los jugadores de ataque del equipo se activasen a sí mismos y así ofrecer un mayor abanico de posibilidades al nuevo chico del equipo. Alguien que puede hacer llegar esos esféricos a esos lugares complicados, que todavía requerirá de un proceso de aclimatación; para poder cuajar. Pero aunque fuese un proceso desaliñado el de cerrar su fichaje, aunque todavía haya muchos problemas, Bruno Fernandes es un colosal paso a adelante. Literal y figurativamente.

4. Absurda, maravillosa Premier League

No está del claro lo que sucedió en mucho de la pasada jornada de la liga inglesa. Pero menos todavía en Watford y en West Ham. Dos partidos que pasaron de forma ilógica en muchos de los sentidos. Lo hicieron. Con remontadas, con ventajas groseramente desperdiciadas; con muchos jugadores haciendo muchas cosas: muy buenas y muy malas. Para el West Ham se creó la esperanza de que fuese a ser un buen partido. Un encuentro a través del cual calmarse a sí mismos y a la gente que forman su entorno. Un gol de Issa Diop y otro de Robert Snodgrass. Lo tenía todo ese par de goles para ser falsamente transformacional pero también para suponer tres puntos de oro. Por supuesto no cumplieron con el potencial de ese temprano botín. Que vale, tan temprano tampoco había sido, pero para un equipo como el West Ham todo lo que no sea un gol prácticamente después del pitido final del árbitro, lo es. Angelo Ogbonna dio el último toque al balón que recortó distancias.

Pero, sorprendentemente, se repusieron a ese pequeño revés y volvieron a encarrilar su victoria. Por fin, por fin una victoria para esconder sus ofensivas deficiencias como equipo y sobre todo como club. El Bournemouth estaba ganando, pero con su propia victoria, los Hammers no iban a ser empujados al hoyo… sólo que, al final, sí. Porque Arthur Masuaku desencadenó una de las juagadas más grotescas de la historia reciente de la Premier League. En serio, de verdad. Porque el horrible pase de Masuaku fue escupido en la cara y relegado a un segundo plano por la casa de los horrores que armaron en un abrir y cerrar de ojos Diop y Ogbonna. Para hacerles pagar por todo ello, Pascal Gross vino con el signo de exclamación y lo sitúo en medio de la jugada. Precursora ella del empate de un Brighton al que no puedes ignorar.

Y como tampoco puedes ignorar al círculo plano que es el tiempo y que el fútbol a través del propio tiempo. En Watford la locura fue un poco más lineal, directa y normal. Aunque tampoco demasiado. En la pasada jornada de la Premier League, el Everton fue empatado con un 2-0 a favor entrando en el minuto 93. Carlo Ancelotti dijo a sus jugadores que él ha perdido una final de Champions League que iba ganando 3-0. Y, al igual que su AC Milan dos años más tarde en Atenas contra el propio Liverpool, tan sólo una jornada más tarde el Everton encontró una especie de redención… perdiendo dos a cero, pero igualando gracias a un imperial y sorprendentemente efectivo Yerry Mina. Empataron, el Watford se derritió sobre sí mismo, a pesar de una controvertida expulsión por doble amarilla de Fabian Delph, y Theo Walcott ganó el partido. Quizás llamarlo partido sea demasiado generoso con lo que fue otro festival de la locura, tan absurda y maravillosa ella.

5. El comienzo de algo

En trance, el Bournemouth parece al fin despertar. O pasar simplemente al siguiente trance del ciclo. Porque de racha en racha, un ciclo y otro también, es cómo el equipo parece ser capaz de operar. Con pocos términos medios y esta temporada, el agua subiendo más allá del pecho y hasta el cuello. Pero finalmente, finalmente parecían achicar esa agua y su enfrentamiento con el Aston Villa era tan importante. Porque desde su último partido en Premier, otra derrota sufrieron en la Copa a manos del Arsenal. A pesar de que fue por la mínima contra los Arteta Boys, si consideramos las no insignificantes dosis de fortuna que les hizo falta para empezar a jugar bien y sellar la victoria contra el Brighton, para saber qué versión veríamos de ellos recibiendo al Aston Villa era necesrario un viaje en la nave de Iker Jiménez. Del Villa se podía adivinar caos y quizás, aunque cruciales, solamente pequeñas carencias que les privasen de la victoria. Pero no la falta de alguien que les arrastrase a la victoria. En su caso, Jack Grealish. ¿En el del Bournemouth? La respuesta puede que sea “todos”.

Y eso es lo que necesitaron y ellos, todos, aparecieron. Para ganar, para vencer con convicción, con claridad en su juego. Porque quizás hizo falta un rocambolesco balón suelto para abrir las compuertas. Pero el caso es que lo hizo y Phillip Billing no quiso perdonar más veces: quiso marcar su primer gol en Bournemouth y lo hizo. Tras lo cual también lo hizo Nathan Aké. No su primer gol con la camiseta pero sí desde Septiembre. El Bournemouth había vuelto, demostrando que siguen siendo mejores que sus oponentes de esta ocasión. Por jugadores, puede que el Aston Villa esté hasta por encima en cuanto a calidad global. Cuando funcionan coralmente, no obstante, el mejor es el Bournemouth. Y lo fue en este partido. Pero en ese coro también está el chico malo, esa persona a la que le gusta la adrenalina y vivir al filo de lo imposible. Porque probablemente le necesiten al mismo tiempo. Así como también que sea infalible a la hora de medirse con las tarjetas amarillas. Como en más de un tercio de todos sus partidos jugados como profesional (ha visto 85 tarjetas amarillas en 221 partidos), Jefferson Lerma tenía ya una y esta vez, si bien rigurosa, acabó siendo mostrada una segunda. Ante lo cual, sin embargo, reaccionaron, resistieron, incluso a un gol de Mbwana Samatta, y sonó el final. Como sonar, sonó un grito. Colectivo e individual. El Bournemouth puede que haya vuelto.

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