Al Tottenham le robaron
El Tottenham se cuela en la final de Champions League al imponerse por 2-3 al Ajax en la vuelta de semifinales. Con este resultado, los muchachos de Mauricio Pochettino son historia Spur.

Al Tottenham le robaron. El Ajax le tomó la identidad hasta confundir a los Spurs. El equipo joven, con un fútbol atractivo y alternativo, con el objetivo de competir por objetivos ambiciosos sin saberse favorito. Pero que, aun así, han ido avanzando ronda a ronda durante esta Champions League. Al Tottenham le corrompieron la esencia. Erik ten Hag ha resucitado al Ajax de Amsterdam del cementerio de elefantes, ha confiado en los chavales que no hace tanto jugaban en el parque y ahora lo hacen en el Santiago Bernabéu o el Juventus Stadium. A los que tratan de descubrir las sensaciones de las primeras veces. Los millenials les robaron hasta la alegría en el juego. Y, aun así, Lucas Moura liberó al Tottenham, como el hermano mayor que le roba un caramelo al pequeño.

 

 

Al Tottenham le robaron. Los de Mauricio Pochettino sufrieron una crisis de identidad. Justo en el término medio, lejos de ser jóvenes soñadores y aún pronto para sentirse futbolistas experimentados. El Tottenham se sintió como Elliot Ness en Los Intocables, perdiendo figuras para elevar el nivel de dificultad hasta un punto que se convirtió en imposible. La hoja de ruta londinense no tenía prevista una final de Copa de Europa, pero tampoco contaba con las bajas de sus estrellas durante largos tramos de la temporada. Los Spurs vieron al Ajax reencarnado en un Al Pacino que no temía en apretar el gatillo. Pero el desenlace fue idéntico al de Chicago.

Matthijs De Ligt marcó el camino rápidamente. ¿Qué se puede hacer ante un adolescente al que no se le eriza la piel al escuchar el himno de la Champions League? Sin vértigo, mandando adelantar constantemente la línea defensiva, jerarquizando al equipo desde el inicio de los ataques y con la sobriedad con la que enfoca los emparejamientos individuales. Un tiro al palo de Heung-Min Son, casi sin querer, fue la única duda que surgió en André Onana durante la primera mitad. Las posesiones largas pero verticales del Ajax confundieron al Tottenham. Pese al riesgo que asumía Frenkie De Jong, conduciendo hasta el infinito, sorteando defensores desde su propia área, sin miedo a la pérdida. Sin esperar la respuesta inglesa, el Ajax no preguntó a la hora de marcar el segundo gol. Donny Van De Beek asaltó el castillo londinense por las alcantarillas, indetectable, para ofrecer un espacio preciadísimo a Dusan Tadic, que asistió a Hakim Ziyech para el segundo gol.

Al Tottenham le robaron. Y se sintió impotente. El Ajax es ese niño que se escapa de casa para salir de fiesta, el que se bebe la primera cerveza y nota un sabor extraño, el que sale a la calle con una sonrisa pícara cuando estrena unas deportivas o un nuevo corte de pelo. El que tacha el término medio de cobarde y arriesga hasta el final, como quien mira hacia delante sin mirar atrás. El Tottenham, en cambio, fue un equipo más de convicciones que de emociones. Rechazó soñar para después anhelarlo, en el momento en el que se preguntó cuándo se había hecho mayor, en qué momento había envejecido. Le arrebataron sus ideales, pero llegó a tiempo.

“De algo hay que morir”, pensó Pochettino al descanso. Y si el Ajax había erosionado el castillo, el argentino plantó una torre. Entró Fernando Llorente para acercar al Tottenham al gol. Con el riesgo arrebatado al Ajax, Lucas Moura corrió más que nadie para adelantarse a Dele Alli, marcar el primer gol y desbloquear emocionalmente al Tottenham. Y para que los jóvenes holandeses visionasen el abismo por primera vez, el brasileño volvió a implosionar el área británica y logró el empate. Si en estadios con banderas de led fue Son quien activó la opción de soñar, esta vez fue Moura. Al Ajax le despertaron nuevas sensaciones. Terminó agazapado en su área, defendiendo con más temor que alegría. Y el miedo terminó apoderándose de aquellos adolescentes.

 “Cause’ every little thing gonna be all right”, canta Bob Marley, que siempre suena en el Johan Cruyff Arena. Y llegó la primera gran decepción. Como cuando te deja tu primer gran amor. Moura decidió en la crueldad, porque todo lo bonito tiene un final y el del Ajax ya llegó. Que el “todo irá bien”, a veces, solo sirve para apaciguar sentimientos.

Al Tottenham le robaron. Pero no se rindió y corrió tras el ladrón. Despertó en la segunda parte, con una escopeta cargada de Moura preparada para apuntar a Al Pacino. Con el dramatismo de los grandes finales. Como el de Anfield. Empezaron las semifinales con el Never Give Up de Mohammed Salah y terminaron con Moura promoviendo el mensaje. Porque el Tottenham de Pochettino y el Liverpool de Jürgen Klopp merecen un gran título. Con la certeza de que habrá un desenlace fatal y memorable a partes iguales. Para cerrar la mejor Champions League de la historia, para volver a enamorarnos del fútbol -si alguna vez dejamos de estarlo- y con la seguridad de que esta vez será infinito.

 

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