Albert Johanneson, el hombre que cerró la puerta al racismo
Este mes de septiembre de cumplirán 22 años de la muerte de Albert Johanneson en su piso de Leeds. En 1965 se convirtió en el primer jugador de color en disputar una final de FA Cup y abrió la puerta a toda una generación de futbolistas.

Primero de mayo de 1965. Wembley. El antiguo, el de verdad. Unas 100.000 personas abarrotan las gradas para presenciar la final de la FA Cup entre dos gigantes comandados por dos entrenadores legendarios. Por un lado, el Liverpool de Bill Shankly, campeón de liga la temporada anterior por primera vez en diecisiete años. Del otro, el Leeds United de Don Revie, subcampeón de liga esa misma temporada empatado a puntos con el Manchester United a pesar de ser un recién ascendido a la primera división.

Sobre el terreno de juego, jugadores que marcaron época en sus clubes y en el fútbol inglés. En el Liverpool, los temibles Roger Hunt e Ian St John o el incombustible Ian Callaghan. Por el Leeds, el fiero Billy Bremner con su inconfundible melena pelirroja y su inseparable compañero en la medular Johnny Giles, un escocés y un irlandés. O los rudos defensas Jack Charlton, el hermano de Bobby, y Norman “bites yer legs” Hunter, un jugador inglés que alcanzó una excelencia en el noble arte de la entrada solo comparable a la de su compatriota Bobby Moore.

Y, sin embargo, aquella 84ª final de la FA Cup no será recordada por ninguno de ellos sino por la presencia de Albert Johanneson, el extremo izquierdo del Leeds United. Llegado a Inglaterra cuatro años antes desde su Sudáfrica natal, Johanneson fue crucial en el ascenso de los Whites la temporada anterior. Pero si su figura es recordada hoy no es por sus proezas futbolísticas sino por un factor ajeno a su voluntad. Fue el primer futbolista de color en pisar el sagrado césped de Wembley para disputar una final de Copa.

En estos días de tolerancia (a pesar de los alaridos en las redes sociales, los movimientos de protesta ciudadana o los brotes anti-inmigración de algunos partidarios del Brexit, basta echar la vista atrás para comprobar el largo camino recorrido en estos últimos cincuenta años), resulta difícil imaginar cómo era la vida para una persona de color entonces. En las puertas de muchas pensiones londinenses colgaban carteles que rezaban “No queremos irlandeses, negros o perros”.

A mediados de los años 60, casi un siglo después de la creación de la liga de fútbol en 1888, los jugadores de color seguían siendo una rareza en el fútbol inglés. Uno de ellos era el sudafricano Gerry Francis, un zapatero sudafricano que emigró a Inglaterra y acabó fichando por el Leeds en 1959, convirtiéndose en el primer jugador de color que vestía la camiseta de los Whites. Su presencia en el equipo fue decisiva para la llegada de su compatriota Johanneson al año siguiente.

Francis no tardó en abandonar el club para incorporarse al York City pero Johanneson se convirtió en un fijo en el equipo de Don Revie. “Estaba convencido de que llegaría a ser una estrella, tenía buen control, velocidad, equilibrio, podía deshacerse de los rivales en la zona de finalización y tenía una buena definición”, recordaba en 2015 su excompañero Johnny Giles en The Independent. Johanneson fue una de las piezas más determinantes en el ascenso del Leeds en 1964. Aunque su pasado en la Sudáfrica del apartheid dejó una huella indeleble que marcó su carrera como futbolista.

Albert carecía de confianza en sí mismo”, recuerda Billy Bremner. “Era un buen jugador pero era como si no se creyera que todo eso le estaba pasando a él, como si un negro no tuviera derecho a ser famoso”. Los focos de la primera división inglesa resultaron demasiado potentes para la maltrecha autoconfianza de Johanneson, que procedía de un país donde los negros eran considerados seres de segunda categoría y jamás podrían haber soñado con el tipo de atención mediática que recibía Johanneson.

Por supuesto, el racismo imperante todavía en aquella época en la sociedad inglesa y expresado con vehemencia en los estadios de fútbol de todo el país cada fin de semana, no ayudaron a Johanneson. Estamos hablando de una época en que los escasos futbolistas de color que corrían por los céspedes patrios eran señalados por el público en cada intervención y debían soportar constantes insultos de la grada. Y peores humillaciones.

En los años 70, el West Brom de Ron Atkinson se convirtió en una de las sensaciones del país de la mano (o de las botas, en este caso) de un trío de jugadores de color, Laurie Cunningham, Brendon Batson y Cyrille Regis, apodados como "The Three Degrees" en honor a un trío de cantantes estadounidenses de soul. Cuando llegaban a cada campo visitante, partidarios del partido racista National Front les estaban esperando para recibirles. “En aquellos días, no teníamos seguridad, así que teníamos que correr hasta la entrada”, recuerda Batson. “Al llegar, mi chaqueta o la camiseta de Cyrille estaban llenas de escupitajos”. Cada día, toneladas de correo llegaban a las oficinas del West Brom, desde cartas de aficionados rivales exigiendo a Atkinson que no seleccionara “monos” para su siguiente partido hasta misivas dirigidas a otros jugadores del equipo como Bryan Robson, preguntando cómo era posible que aceptaran jugar en el mismo equipo que un negro.

En muchas  ocasiones, los jugadores de color se tenían que enfrentar también a la indiferencia de sus propios compañeros o entrenadores. Durante un partido del Leeds, Johanneson se acercó al banquillo y le dijo a Revie que un rival le había llamado “negro bastardo”. La respuesta de su propio entrenador fue: “’¡Pues llámale blanco bastardo, entonces!”.

Johanneson no disputó su mejor partido aquel primer día de mayo de 1965. Los nervios se adueñaron de él y el estómago se le revolvía como una lavadora en las horas previas al pitido inicial. Su equipo perdió aunque el Liverpool necesitó la prórroga para imponerse finalmente por 2-1. Aquella final supuso el punto de inflexión en la carrera del sudafricano. Las lesiones, la presión y, en última instancia, la irrupción de Eddie Gray en 1966 acabaron por relegarle al banquillo. Finalmente abandonó el club en 1970 para fichar por el York City, el mismo club al que se había marchado su compatriota Francis casi una década antes. Allí permanecería un par de años, antes de colgar las botas a los 32 años.

Sin el fútbol, la vida de Johanneson entró en una espiral de autodestrucción. A mediados de los años 70, se divorció de su esposa Norma Comrie, una farmacéutica originaria de Jamaica con la que tuvo dos hijas. Entonces, el alcohol ocupó el vacío dejado por el fútbol y la familia. En 1995, falleció en su piso de Leeds pero su cuerpo tardó una semana en ser descubierto a causa de la soledad que había invadido su vida. “Albert era un hombre valiente, había que serlo simplemente para saltar a un terreno de juego siendo negro”, dijo George Best. Ese es su legado. Y es muy valioso. Ver a Johanneson disputar una final de Copa, el partido más distinguido del calendario futbolístico inglés, sobre el césped del santuario deportivo por antonomasia, abrió la vía a toda una generación de jugadores de color. Y fue la presencia masiva de esos jugadores la que acabó por extinguir el racismo de las gradas. Pero eso jamás habría sucedido si un jugador de color no hubiera abierto la puerta del fútbol profesional y, sobre todo, hubiera demostrado a todos los demás que podía abrirse.

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