Allardyce, un estúpido chivo expiatorio
Se avecina una tormenta de mierda en el fútbol inglés. Y aquí no habrá escondrijos para todos. El primero que ha resultado salpicado es Sam Allardyce, que ha dejado su cargo de seleccionador inglés tras solo 67 días.


“Sesenta y siete días de reinado”. “Pleno de victorias”. “Adam Lallana es el autor de todos los goles de la era Allardyce”. Este es un caso en el que resulta tentador dejarse seducir por algunos datos superficiales. Pero eso impediría que viéramos lo que realmente esconde el despido de Sam Allardyce como seleccionador inglés: un personaje avaricioso y estúpido, una prensa supuestamente seria coqueteando peligrosamente con el sensacionalismo y, sobre todo, mucha suciedad.

Comencemos por los hechos. Durante diez meses, unos periodistas del Daily Telegraph se hicieron pasar por representantes de un fondo de inversión asiático interesado en generar ingresos a través de la compraventa de jugadores. Desde 2008, la federación inglesa prohibió el TPO (“third-party ownership”, es decir, que personas físicas o jurídicas que no sean clubes dispongan de la propiedad de un jugador), considerando que era una práctica que rozaba la esclavitud. En 2015, la FIFA extendió esa prohibición a todo el mundo, aunque en algunos países siga siendo común.

Estos periodistas se reunieron con Sam Allardyce en dos ocasiones, una en Londres y otra en Mánchester. En nombre de la empresa falsa a la que representaban, le ofrecieron un contrato de 400.000 libras por viajar varias veces al año a Asia y asesorar a esa empresa. Hasta aquí los hechos.

A tenor de las grabaciones publicadas por el Telegraph, Allardyce no comete ilegalidad alguna e incluso repite en varias ocasiones que deberá someter ese contrato a la aprobación de la federación inglesa. En otro momento de la conversación, incluso, Allardyce reprende a su amigo, el agente Scott McGarvey, por comentar que es posible sobornar a entrenadores para cerrar fichajes: “Oh, no, haré como que no he oído eso, idiota. ¿De qué hablas? Idiota. Mantén esa conversación cuando me haya ido”. Un rato después, insiste: “Has metido la pata esta noche, no hables más de eso. No puedes pagar a un jugador, no puedes pagar a un entrenador, no puedes pagar a un presidente. Pasaba hace veinte o treinta años pero ya no se puede hacer. Ni se te ocurra mencionarlo”. Su postura en contra de esos sobornos es más que evidente.

Pero si Allardyce no es culpable de intentar vulnerar las normas o dejarse sobornar, sí es culpable al menos de dos pecados. El primero, la avaricia. Un tipo que gana tres millones de dólares al año, ¿para qué demonios necesita 400.000 más? Quizás la respuesta sea, como él mismo ha sugerido, que quería hacerle un favor a McGarvey para permitir a su amigo ganar dinero. En segundo lugar, Allardyce ha olvidado con demasiada rapidez que su reputación no estaba virgen. Debería haber dedicado un cuidado extra a protegerla.

En 2006, el programa Panorama de la BBC grabó de forma encubierta a dos agentes por separado que afirmaron que Allardyce había recibido dinero de su parte a través de su hijo y agente Craig por fichar a determinados jugadores. La práctica está tan extendida que casi ha acabado por convertirse en un mal necesario: algunos entrenadores fichan jugadores de sus agentes más cercanos y luego se reparten el dinero de la comisión del club entre ambos. Por supuesto, Harry Redknapp, tan proclive a fichar una y otra vez a los mismos jugadores (y, más importante, con los mismos agentes) fue otro de los nombres mencionados en aquella investigación.

El expresidente de la federación, Greg Dyke, afirmó tras el despido de Allardyce que el seleccionador inglés “debe ser más blanco que el blanco” o, como diríamos en español, no basta con que esté limpio sino que debe parecerlo. La imagen de Allardyce ha sufrido un duro golpe y sus indiscreciones en la conversación sobre la innecesaria reconstrucción de Wembley o sus burlas sobre su antecesor en el cargo (al que se refiere como “Woy”, en alusión a la incapacidad de Roy Hodgson para pronunciar las erres) le colocaron en una posición insostenible.

Lo cual es un regalo disfrazado para la federación. En lugar de centrarse en las gravísimas revelaciones que el Telegraph amenaza con exponer durante las próximas semanas (distribuidas estratégicamente en el tiempo, que aquí se trata de vender periódicos), ahora los medios se lanzarán como buitres sobre el cadáver de Allardyce, mientras afilan sus cuchillos para abalanzarse sobre el próximo técnico, sea Gareth Southgate, Steve Bruce o el Pato Donald.

Nadie sale indemne de este escándalo. Ni siquiera el supuesto héroe de la historia, el Telegraph. El artículo en el que destapó las conversaciones con Allardyce que le acabaron costando su despido, dedicó casi 2.000 palabras a los detalles escabrosos (incluidos comentarios de Allardyce sobre el príncipe Harry), mientras que su afirmación de que tendría que someter el acuerdo a la federación quedaba enterrada en lo más hondo del artículo. Se avecina una tormenta de mierda en el fútbol inglés y no habrá escondrijos para todos.

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