Aquellos magníficos hombres en sus máquinas voladoras
En los días anteriores a la final ante la República Federal Alemana de un imberbe Franz Beckenbauer, Alf Ramsey tuvo que afrontar el dilema más difícil de su carrera. ¿Quién debía liderar el ataque inglés? ¿Geoff Hurst o Jimmy Greaves?

“El problema de los asuntos internacionales es que atraen a los extranjeros”. Mientras pronunciaba aquella línea del guión, las carismáticas cejas de Robert Morley se contrajeron en una curvatura imposible como aquel balón andando de puntillas sobre la línea de meta que horas más tarde adelantaría a Inglaterra en el marcador de forma definitiva.

Quizás sin saberlo, el personaje de Morley explicó en humor brit los malos resultados de Inglaterra en los torneos de selecciones. Lo hizo en ‘Those Magnificent Men in their Flying Machines’, una descacharrante comedia británica estrenada tan sólo un año antes en 1965. Mientras la visionaban, los 22 futbolistas seguían el incansable recorrido de las manecillas de un recargado reloj octogonal perteneciente a la corriente artística del art decó. En menos de 24 horas, once de aquellos hombres disputarían ante una audiencia potencial de 400 millones de personas la final de la Copa del Mundo en el viejo estadio de Wembley ante la República Federal Alemana. La escuadra de un veinteañero Franz Beckenbauer todavía imberbe futbolísticamente.

Entre aquellos 22 elegidos, dos futbolistas desconocían su sino como los desafortunados e ingenuos protagonistas de una tragedia griega. Eran Jimmy Greaves y Geoff Hurst, los dos hombres que pugnaban por un puesto en la delantera. Greaves había jugado los tres partidos de la fase de grupos sin marcar. Hurst le sustituyó por lesión ante Argentina y marcó el gol de la victoria, lo que le llevó a repetir en semifinales ante Portugal. Pero con Greaves recuperado, Ramsey tenía ante sí un dilema de difícil solución.

Greaves era el goleador de Inglaterra y del Tottenham Hotspur. Antes, lo fue del Chelsea. Y después, lo sería de West Ham, donde coincidió con Geoff Hurst en el apacible ocaso de su carrera. También fue uno de los primeros futbolistas ingleses que emigraron a Italia, con su corto periplo en el AC Milan: “Milán estaba muy lejos por aquel entonces. Sólo había dos vuelos a la semana que cubrían el viaje. Tenías que reservar previamente una cita con la operadora internacional cuando querías telefonear a casa. Me hubiese gustado un buen pollo frito después del entrenamiento, pero lo primero que me ponían en la mesa era un plato de pasta. Ahora, lo primero que ves si viajas a Milán es un McDonald’s”. Entonces apareció el Tottenham de Bill Nicholson. Su rescate costó 99. 999 libras. Una cantidad acordada de forma unilateral para que Greaves no fuese el primer futbolista inglés que costaba 100. 000 libras y tuviese que acarrear con aquella presión cuando cargaba el área para rematar.

Greaves había pasado la prueba física horas antes. Pero su intuición le decía que Ramsey optaría por el mismo once que ajustició a Portugal en semifinales. A escasos metros estaba Hurst. El seleccionador le había comunicado tras el último entrenamiento que jugaría la final reemplazando a Greaves en la alineación. Años después, el mito hammer recuerda que estuvo a punto de besar a su entrenador, que le amenazó en tono autoritario: “No se lo digas al resto”. El ’10’ de los Three Lions había debutado con la absoluta unos meses antes, en febrero de aquel mismo año.  Los dos martillos condecoraron su pecho durante más de doce temporadas en las que levantó una FA Cup, una Community Shield y la Recopa de Europa con el combinado de la clase obrera. Y como la adiestrada herramienta de un herrero, Hurst percutiría aquel 30 de julio sobre la red defendida por Tilkowski hasta en tres ocasiones, siendo en la actualidad el único futbolista que ha anotado un hat-trick en la final de un Mundial.

Sobre aquella durísima decisión, Ramsey declararía posteriormente: “Jim era el máximo goleador de Inglaterra, era el hombre de las grandes citas y un gran definidor. Pero el equipo había jugado muy bien en su ausencia. Después de pensarlo mucho, decidí no realizar cambios en el once. Me sentí mal por Jim”.

El pronóstico del seleccionador que prometió el Mundial a Inglaterra se cumplió. Un ritual que todo director técnico encargado del combinado nacional inglés sigue llevando a cabo con pésimos resultados de forma mecánica, como el ser humano que parpadea o respira. Aquella Copa del Mundo significó el momento más unificador de la década para el país. The Kinks, The Beatles y The Rolling Stones componían los salvajes acordes de la banda sonora del momento pero aquel seguía siendo un lugar chapado a la antigua. Sobre aquella victoria, Alan Ball confesó su receta para ser campeones del mundo: “Te diré nuestro secreto: teníamos la sensación de que formábamos parte de la gente. Cada calle de Inglaterra tiene un futbolista en su interior. Éramos gente normal, al alcance de cualquiera”. Irónicamente, un futbolista del West Ham donde desde los años 20 se sopla agua y jabón para hacer burbujas, fue el representante de aquellos futbolistas ajenos a la reclusión de la esfera acuosa. De aquellos magníficos hombres en sus máquinas voladoras.

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