Chasquido de dedos
El Barça tenía un hacha clavada en el pecho. El Liverpool la hundía cada vez más. Los azulgrana parecía que iban a ser derrotados. Pero chasquearon los dedos y los de rojo, poco a poco, se fueron deshaciendo en pedazos.

El 25 de abril se puso fin a un ciclo heroico que perdurará en el imaginario colectivo. Todo se cerró en una batalla trepidante. El final de todo por un chasquido de dedos de alguien con un poder extraordinario. La primera parte de la guerra entre el FC Barcelona y el Liverpool FC también iba a tener en el campo de batalla jugadores con una fuerza fuera de lo normal. La grotesca superioridad de Leo Messi se iba a medir a la solvencia inhumana de Virgil van Dijk, recientemente nombrado mejor jugador del año del fútbol inglés. En esta superproducción europea, la final anticipada de la Champions League, también iba a contar con la presencia de otros poderosos como Mo Salah, Saido Mané o Luis Suárez.

 

 

Tanto Jurgen Klopp como Ernesto Valverde quisieron innovar en sus planteamientos para sorprender al rival. Ambos cogieron las predicciones, las partieron por la mitad y las echaron a reciclar. El Txingurri, consciente del terrorífico potencial ofensivo de los Reds, sacrificó el control de Arthur para introducir la brega de Arturo Vidal, escudero de Sergio Busquets en un partido de altas velocidades. Cuanto más caótico; peor para el Barça y el oficio del chileno iba a ser esencial para cazar al Liverpool saltándose el radar.

Por su parte, Klopp también sacudió su planteamiento para dosificar esfuerzos y que todo la eliminatoria se decidiera en Anfield. El técnico teutón, consciente de que en el Camp Nou no se puede jugar a tumba abierta, se cubrió las espaldas dando entrada a Joe Gómez en el lateral derecho para frenar las constantes subidas de Jordi Alba. El celo por protegerse, contraviniendo los principios Reds, aportó músculo a una medular con el eterno James Milner, Fabinho y Naby Keita junto a Georginio Wijnaldum tratando de dar lucidez a un ataque liderado por Mo Salah y Sadio Mané.

No defraudaron los primeros compases de la eliminatoria. El Liverpool, desechando cualquier teoría inicial sobre sus intenciones, saltó a asfixiar la salida azulgrana, que saltaba líneas con facilidad y atacaba los espacios. Y respuesta inglesa inmediata, también sin demasiada dificultad. Incluso pudo haber penalti a favor de los Reds. Pero entre tanto frenetismo las imprecisiones se conviertieron en las protagonistas. Constantes idas y venidas, entradas a destiempo y pases al contrario. Solamente Messi y Salah, los únicos con guanteletes para destruir al contrario con un chasquido, protagonizaron acciones de peligro.

La lesión de Keita, pasado el cuarto de hora de juego, trastocó el plan de los ingleses, que hasta el momento los había hecho dueños del encuentro. Fue entonces cuando el Barça comenzó a ganar en las estadísticas y en el campo. Jordi Alba ganó la espalda a todo el mundo, Jordan Henderson no le apretó las cuerdas y el centro del lateral, justo al corazón del área, lo pescó Luis Suárez tirándose con todo.

El Barça se adelantó en el marcador pero eso no amedrentó a los pupilos de Klopp, que cada vez que veían un espacio, por pequeño que fuera, lo atacaban. Las flechas rojas ya se encargaban de agrandarlos, de atraer a defensores. Una de estas la tuvo Mané, que tras adelantar por la derecha a Gerard Piqué no pudo conectar con precisión delante de Marc-André Ter Stegen.

El cancerbero alemán volvió a brillar tras el paso por los vestuarios. Un auténtico muro azulgrana que el Liverpool, pese a encontrar espacios para armar la pierna, no lograba traspasar. Ter Stegen era el único que se resistía a evaporarse en pedacitos a los chasquidos de Salah. El egipcio hacía un leve movimiento y se quitaba de en medio a uno; otro gesto y el defensor de turno se iba al suelo totalmente humillado. Los Reds pasaban por su mejor momento y lo estaban desaprovechando. Y de paso, agrandando la leyenda de Ter Stegen, que blocaba con seguridad alemana un disparo duro pero centrado de Milner.

Leo Messi marca el 3-0 (Michael Regan/Getty Images).

Las camisetas del Barça se rompían a pares, el tanque se le acaba a los atacantes azulgrana. Mientras Messi iba dando bocanadas para recoger el máximo de oxígeno posible, nadie del Liverpool daba signos de cansancio. Todo lo contrario. Mané cada vez tenía más ritmo, Milner parecía un chaval, Henderson daba espacio a las gacelas y Van Dijk lanzaba pases a 60 metros con la precisión de un quarterback. El Barça estaba atrás como nunca y el Liverpool atacaba como siempre.

Pero esto es fútbol. Y esto es el Barça. En una acción aislada ideada por Messi, Luis Suárez la envió al larguero y el rechace, escupido con poso, le cayó al argentino que no tuvo que hacer nada para marcar el segundo. Demasiado castigo para un Liverpool imperial durante todo el partido. Así, el Barça volvió a ser el Barça a raíz de Messi, que, al fin, chasqueó los dedos.

El argentino es el único digno. Capacitado para esgrimir todas las armas balompédicas. El Liverpool debía pararlo como fuera. Sin embargo, uno no sabe si es dejarlo o hacerle falta. Tremenda disyuntiva que tuvo Fabinho, que acabó derribando al ’10’. Y, claro, el Liverpool lo pagó. Desde Ashgard, a mil años luz escuchando la música de Starlord, Messi hizo el tercero con un magistral tiro por la escuadra. Jugar con Messi no es equilibrio, es la antítesis del guantelete y las gemas.

El marcador era muy abultado; no obstante, un gol de los cisnes rojos podía cambiar por completo el escenario de la eliminatoria. En una secuencia de infortunios dantescos, Salah, con todo de cara, estrelló el balón con violencia en la madera. El Camp Nou estaba viviendo uno de los partidos más trepidantes de la última década.

Ya habían pasado 91 minutos de partido. Un córner mal lanzado acababa con un tres para uno a favor del Barça. Messi dirigía el ataque y aguantaba el esférico a medida que se iba acercando a la meta de Alisson. Por detrás, a toda velocidad, como Sonic en el trailer de la película — y en todos sus videojuegos — llegaba Van Dijk como si nada. Corría el 96 cuando el Barça, tras otro saque de esquina igual de deficiente, volvió a tener un contragolpe claramente favorable. Van Dijk no llegó nunca y Ousmane Dembelé, a las puertas de cerrar la eliminatorio, disparó asombrosamente blando.

En Anfield se vivirá la segunda parte de esta guerra. En este asalto no ha habido momento alguno para dejar de mirar. Dos fuerzas descomunales puestas cara a cara. Sin piedad, una contra la otra, sin hacer prisioneros. Chasqueando los dedos. Ahora habrá que ver si el Liverpool, gran derrotado de la noche, logra reponerse o si el Barça, con todo su poder argentino, consigue volver a una final de la Champions League cuatro años después.

 

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