A contracorriente de la evolución
El Burnley ha perdido la efectividad en las áreas de forma espeluznante. La situación es tan dramática que hasta Newcastle y Crystal Palace se han aprovechado.

Todo evoluciona. Del mono al hombre. De los rudimentales cuchillos de silex a los precisos estiletes de la teletienda. Del VHS, al DVD y de ahí al Blue-Ray. Es continuo. La naturaleza sigue su curso y se adapta a los nuevos tiempos sin que nadie se pare a pensar cómo has llegado a pagar la última versión de un móvil mientras todavía no has liquidado el pago de la versión anterior. Eso es la evolución – la del teléfono – y la involución – la tuya – en una misma dimensión.

El fútbol no se escapa de este proceso ancestral. El Burnley es uno de los mejores ejemplos. Tras unos años asentando las bases de este humilde proyecto, con un descenso de por medio, la temporada pasada consiguió clasificarse para la Europa League después de 51 años gracias a un gran desempeño defensivo. Cayó contra el Olympiakos en los playoffs y a partir de ese momento todo fue a peor. De la evolución a la involución. Desde que el Burnley se despidiera de Europa ha acumulado solamente dos victorias, nueve derrotas y ocupa la penúltima plaza con nueve miserables puntos.

Este descenso a los infiernos tan drástico forma parte del proceso natural de ‘todo lo que sube tiene que bajar’. Los Clarets comenzaron el curso en una vorágine de derrotas y mal juego a la que Sean Dyche, tras catorce jornadas, no ha sido capaz de poner remedio. El entrenador pelirrojo cada vez está más entredicho al no poder frenar la hemorragia del Burnley, que a cada gol que encaja se desangra más y más.

A las puertas de la jornada quince los Clarets tienen el segundo sistema defensivo menos efectivo de la Premier con 29 goles en contra, solo por encima del Fulham, que es colista. La situación en el mismo punto del curso, pero de la temporada pasada, planteaba el entramado protector como una de las referencias inglesas: la tercera mejor defensa con solamente diez goles encajados. De hecho, el Burnley acabó el curso con solamente 39 goles encajados; una decena de tantos más de los que lleva en menos de media campaña. Algo no cuadra en el Burnley.

La pérdida de identidad de los Clarets es obvia. El equipo de Dyche no está jugando como un equipo de Dyche. El desorden táctico, el poco entendimiento de los jugadores en las marcas y demasiadas facilidades en las jugadas de estrategia sobrevuelan Turf Moor. Los engranajes de la maquinaria se han oxidado demasiado y cualquier parecido con el Burnley que conocimos es pura coincidencia. Como lo de Nathan Drake y Jaime Cantizano.

La bendita clasificación a la Europa League, con todo el mérito que eso conlleva, ha elevado al Burnley a unos altares que, ciertamente, no le corresponden. Los Clarets han salido de la fábrica para pelear a navaja en los bajos fondos de la Premier League. La emocionante y estresante carrera por permanecer en la élite. El objetivo del Burnley es claro: encontrar a tres equipos peores a base de disciplina y efectividad en las áreas. El caso es que no lo está haciendo.

Los partidos contra el Newcastle y el Crystal Palace estaban marcados en rojo. Era obligatorio ganar por lo civil o por lo criminal; pero, sobre todo, realizar buenos encuentros. Dejar sensaciones a las que agarrarse cuando los resultados no acompañan. El Burnley no ganó ninguno de los partidos y contra el Crystal Palace jugó uno de los peores partidos que se le recuerdan. Los chicos de Dyche convirtieron a los Eagles en la nueva Holanda de Ronald Koeman. El equipo más dependiente de un solo jugador cuajó una excepcional actuación colectiva propiciada por la inoperancia global del Burnley. Los chavales de Roy Hodgson salieron en tromba sin que los Clarets ni siquiera pudieran chutar a puerta.

El Crystal Palace evidenció toda la problemática a la que tiene que poner remedio Dyche si no quiere ver su cabeza clavada en una pica. Los Eagles tardaron poco más de un cuarto de hora en abrir la lata con un gol de James McArthur que hubiera servido de pretexto para cambiar a los once jugadores: un centro lateral, más bien bajo, más bien flojo, más bien con un solo rematador y más bien despejable. Nadie tocó el balón y se fue para dentro tal y como salió de las botas del centrador. El segundo, obra espléndida de Andros Townsend, era imparable para cualquier portero; no obstante, el irregular extremo tuvo todo el tiempo y el espacio para armar la pierna tan salvajemente. El resultado final fue de 2-0 pero el Burnley pudo haber perdido incluso de dobles dígitos. Si no lo hizo fue por la poca precisión en los numerosos disparos locales, por la simple acumulación en el área de jugadores Claret y los palos de Wilfried Zaha.

La inercia negativa del Burnley es cada vez más evidente. El calendario que van a tener los Clarets en las próximas semanas es, cuanto menos, para echarse a rezar. Este grotesco vodevil puede tener su continuación contra el Liverpool. Si bien la tripleta ofensiva de los Reds no está al nivel de las expectativas, delante tendrá a uno de los equipos más blandos del panorama europeo. Al menos el preparador pelirrojo podrá contar para este duro tramo de la temporada — en el que el Burnley se verá las caras con el Liverpool, Tottenham, Arsenal y Everton — con el central James Tarkowski, el líder del entramado defensivo de los Clarets.

El fútbol no tiene memoria y los éxitos de Dyche durante los últimos seis años armando un equipo desde cero, pese a ser el ídolo de la pequeña ciudad de Burnley, no le asegurarán el puesto mucho más si el equipo no empieza a sumar de tres en tres. La permanencia pasa por recuperar la disciplina táctica y explotar el poco acierto de los atacantes. Fútbol inglés. Directo y sin florituras. El fútbol de Dyche. Ir en contra de la evolución balompédica continental, la del toque y la vistosidad, para ir hacia adelante. 

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