Cuestión de altura
El Liverpool tuvo una ocasión de oro para dejar encaminada la eliminatoria ante el Bayern en un tramo complicado de la temporada, pero el vértigo -y los fallos de Mané- impidieron una victoria de los de Anfield.

En la Champions League se juega más con el vértigo que en contra suya. Y no es de extrañar que en la mejor competición de clubes del mundo del fútbol se tenga un cierto respeto a las alturas. El problema está en que el Liverpool en esta ida de los octavos de final ha demostrado que, más que saber jugar con el peligro que tiene jugar desde lo más alto, jugar en contra del vértigo es lo peor que se puede hacer cuando tienes enfrente a un experto de esto como es el Bayern de Múnich. Cuando parecía que se iba a romper el estéril empate a cero que ha ocupado el marcador durante todo el partido, a los jugadores Reds se les venía encima toda esa altura. Y así es muy complicado conquistar ese pico tan exigente como es Europa mediante el balón.

Pese al agridulce resultado final, Anfield se empeñó en que para la vuelta en Alemania los suyos fuesen con ventaja. Con el atronador You´ll Never Walk Alone del inicio que no dejó sonar siquiera al himno de la Champions, parecía que el Liverpool había metido el primer gol de la eliminatoria. Pero en una competición como la Copa de Europa los “parece” no valen nada si no se consiguen materializar en goles, esa forma de puntuar que no sé aún si el Liverpool sabe que es. Las ocasiones se sucedían para los locales, pero ya fuese por el acierto de Manuel Neuer o por el desacierto de Sadio Mané, no llegaba el gol. Y visto el desenlace, dudo que hubiesen podido marcar algún gol incluso si el partido se hubiese alargado hasta el día siguiente.

La falta de acierto en lo últimos metros castigó en exceso a los muchachos de Jürgen Klopp, que firmaron un buen partido en líneas generales pese al gran número de bajas con el que llegaban al encuentro. El Bayern, un experto en esto de escalar en Europa, se vio arrinconado todo el partido a excepción de un par de ocasiones que salvó Alisson Becker con nota. Tampoco es que necesitasen mucho más, ya que conociendo los problemas que llevan arrastrando durante toda la temporada, plantearon el partido de cara a la vuelta ante su público. Como reputados escaladores de la Champions League, eran conscientes de la altura a la que estaban, decidiendo jugar con el vértigo, sin mirar al lejano suelo.

Aunque Niko Kovac y su planteamiento defensivo tuvieron parte de culpa de la poca mordiente en ataque de los suyos, no se debe quitarle mérito a la defensa de circunstancias con la que salió el Liverpool. Y de esa parcela formada por el tándem Fabinho Tavares y Joel Matip, el que se merece una mención especial es el brasileño. Volvió al puesto de central porque el equipo lo necesitaba, y volvió a cumplir con creces. Su rol como central sin balón y como pivote cuando los Reds tenían la posesión hicieron que sus virtudes brillasen por encima de las del resto de sus compañeros. El centrocampista -ante el Bayern central y el próximo día quizás sea extremo derecho- no le dejó a Robert Lewandowski estar cómodo, haciendo intervenciones que recordaban al sancionado Virgil Van Dijk.

Esa contundencia y fiabilidad defensiva, por desgracia, no se contagió a la parcela ofensiva, donde solo Roberto Firmino estuvo acertado. Los Reds, a base de las conducciones de un buen Naby Keita, recordaban en el centro de la cancha al equipo que maravilló la temporada pasada. Entonces, el balón lo agarraba Firmino, tremendamente activo para romper el sistema defensivo de Kovac hasta que Jürgen Klopp tomó la inexplicable decisión de sustituirle. El atacante brasileño, apoyado por el guineano, parecía que iba a activar a sus compañeros en el tridente, creando un déjà vu, como si ya se hubiese vivido esto varias veces en la temporada pasada. Y cuando todo parecía de cara, Mané y Mohamed Salah fallaban estrepitosamente. Especialmente preocupante lo del egipcio, que, si no está inspirado de cara a puerta, nadie es capaz de meter goles.

Klopp tras el partido reconoció que no estaba satisfecho con el resultado tras la buena actuación de los suyos, pero que era un buen resultado de cara a la vuelta. Razón no le falta, ya que con un empate con goles o una victoria estarían en la siguiente ronda. Aun así, quedan un par de semanas para intentar resolver sus problemas de cara a puerta y con el vértigo que da mirar hacia atrás cuando ya se ha llegado lejos. Mientras tanto, los Reds se jugarán una parte importante de la Premier League con sus enfrentamientos ante Manchester United y Everton. Esperemos que los Reds encuentren su solución. Y, de paso, que Mané dejé de definir como alguien bajo los efectos del alcohol a altas horas de la madrugada.

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