Demasiados fallos como para ganar
El fútbol ha vuelto, la Premier League ha vuelto. Y el Arsenal ha vuelto a perder en Stamford Bridge. Para algo bueno que tuvo el último Arsène Wenger (ganar al Chelsea) y ni siquiera lo han podido mantener. Ocasiones para hacerlo tuvieron, demasiadas incluso. Pero, otra vez, no fue ni el lugar ni el momento. Sí para Eden Hazard, no obstante.

La catástrofe se cierne sobre el Arsenal. Está ocurriendo con una rapidez y una histeria agotadora. La sombra de Arsène Wenger se extiende cuando era imposible que lo hiciese, tras dos semanas de competición, por méritos deportivos. No lo hace por ello, lo hace por la sed de volver a sentirse parte de un gran Arsenal que siente gran parte de la afición. Tal era el visceral deseo de cambio que, como no se tenga algún grado de precaución, arrasará con el intento de construcción de proyecto nuevo que están llevando a cabo en el club. Llevará tiempo, la sola presencia de Wenger y sus dificultades con la cremallera de su abrigo no eran la causa de todos los males. Aunque un bien que había logrado el técnico de Estrasburgo en sus dos últimos años fue tomarle la medida de forma tan inesperada al Chelsea de Conte. Eso se ha ido con él. O con Conte. O quizás hasta con Koscielny. El caso es que no sólo el Arsenal está arrancando con otro conductor: también el Chelsea. Pero los primeros se ven, tras dos jornadas con cero puntos, mientras que los segundos los hacen con seis. Las comparaciones son odiosas. Las (clamorosas) ocasiones falladas, más todavía.

Porque antes de que el Chelsea sacase a su carta ganadora en Eden Hazard, el Arsenal pudo resolver. Incluso, podrían no haber caído dos goles abajo. Pero eso ya sería mucho pedir. No todos los nuevos comienzos son creados iguales, como en el caso del Chelsea, donde Maurizio Sarri está partiendo de “cero” con el campeón de la Premier League 2017. No está claro que ello fuese la causa directa, pero después de quince minutos el Arsenal pedía a gritos un tiempo muerto. Mala suerte que el fútbol sea uno de los deportes que no los ofrece. Tampoco es lo mismo un nuevo comienzo cuando tu nuevo medio centro proviene del subcampeón de la Serie A (Jorginho) que cuando viene del Lorient de Ligue 2 (Guendouzi). El Chelsea dominaba, no estaba dejando un respiro con sus feroces ataques. A los nueve minutos, en una fina combinación, Jorginho encontró a Marcos Alonso que a su vez hizo lo mismo para que Pedro marcase el primero. “Encontrar” es una forma de hablar también, ya que no es que fuese particularmente difícil, ante una defensa por los suelos casi antes de empezar. A los veinte de juego, César Azpilicueta “encontró” a Álvaro Morata en la línea divisoria. Para no fallar ocasiones está, en parte, Sarri ahí: para que el Chelsea no las falle. Morata las ha fallado y de todos los colores; pero no aquí. Venció con creces en su duelo de medio campo de duración a Shkodran Mustafi y marcó, encarrilando una victoria que parecía inevitable.

Porque para ocasiones falladas, la de Aubameyang un minuto antes del gol de Morata. ¿Cómo no iba a marcar Morata, Morata precisamente, después de semejante fallo? Estaba predestinado. Para no fallar ocasiones se fichó a Aubameyang. Un delantero de primera línea mundial llegando al Arsenal en 2018... ¿Pero qué es esto, ciencia ficción? No, pero bastante más factible era acertar entre los tres palos a la distancia a la que había rematado el delantero gabonés que mandarla por encima. Ni en los delanteros aparentemente buenos se puede confiar ya. Si a una defensa que sigue siendo un desastre de arriba a abajo y a un centro del campo superado con pasmosa regularidad, le sumas este tipo de errores, apaga y vámonos. Al final, en ocasiones, es hasta comprensible la ridícula histeria que se forma alrededor del club. Refrescante fue, sin embargo, que no desistieron para dejarse llevar completamente por la marea en Stamford Bridge. Mkhitaryan sería el siguiente en fallar, una casi tan sangrante como la de su amigo Pierre-Emerick. Pero ahí estaba, Emery, animando tras cada una de las aberraciones. Evocaba ternura.

Finalmente, y afortunadamente para ellos, acabó llegando el gol. Porque, además, las carreras a línea de fondo para el subsiguiente pase atrás se convirtieron de la nada en una masacre. Esta vez sí, Mkhitaryan la mandó para dentro. De repente, resultaba que el Chelsea también tenía problemas. Después de dos años con defensa de tres, pasar a una de cuatro (y mandar a Kanté a la posición de interior derecho), no iba a ser coser y cantar. Toda la cantidad de problemas que se generaron por la banda izquierda local, los visitantes se las devolvieron por esa misma vía, y con creces. Y con el empate. De Alex Iwobi. Por si el partido no había sido ya lo suficientemente frenético y disparatado: Iwobi. Y 2-2 al descanso.

“¡El nuevo Arsenal de Emery, por fin, vamos!,” podría pensar al algún aficionado Gunner tras el inesperado resurgir. Pero en las ocasiones falladas, de las cuales hubo más aunque no tan pronunciadas, radicaría la clave y el principio del fin. Como el descanso en sí, porque pocas cosas hay peores para mantener la adrenalina que en un descanso. Más cuando acabas, justo antes, de crear un atisbo de algo, de algo tan ilusionante como el potencial camino a una victoria. Una victoria que nunca fue tal. Cuatro disparos en los últimos cinco minutos de la primera parte, pero sólo tres en toda la segunda parte para el Arsenal. Un fiel reflejo de lo importante que es construir unos cimientos y de que si no lo haces, la ventisca que has creado acaba pasando como eso que es: una simple tormenta. Previniendo antes de tener que curar, Emery sustituyó a un amonestado Granit Xhaka por Lucas Torreira. Un cambio comprensible, pero que quizás no terminó de trascender tanto como hubiese debido, si asumimos que Xhaka no hubiera visto una segunda cartulina en un partido de semejante frenesí.

Un aspecto del duelo que el Chelsea poco a poco supo paliar, teniendo Sarri efecto en los suyos. No ha pasado de trabajar en un banco a entrenar al Chelsea por casualidad. El Arsenal nunca pudo volver a crear ese viento a favor, ese último impulso; como tampoco aparecieron Mkhitaryan, Özil o Aubameyang para sentenciar a una defensa a la que una de sus genialidades, individuales o colectivas, pudo haber tumbado. Igualados, Sarri sacó a la carta ganadora. Situaciones para ganar se gestaron, para ambos lados, y Eden Hazard sólo tuvo que ser él. Lacazette falló un temerario pase, dejó escapar a Hazard y éste creó la victoria: Marcos Alonso la completó. 3-2. El nuevo Arsenal y su animado nuevo entrenador, cayeron. En traje Emery, pero fue Sarri, todo de azul con chándal y camiseta, quien venció en su estreno local. Esto sigue siendo el principio y no está vacío. Otra vez será.

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