Dios a medias
Aunque tardía, la unión de Ibrahimović y la Premier League ha deparado una etapa en la que el sueco se ha hecho notar a pesar de las limitaciones personales y colectivas que le rodeaban. Quiso ser un dios en Mánchester, pero se ha vestido de rojo en tiempos azules. Su nombre, eso sí, será siempre pronunciado con respeto en Old Trafford.

Nada más llegar a Mánchester, Zlatan Ibrahimović se topó con un mensaje público de alguien que ya había compaginado antes con éxito la pose de sobrado y el talento en Old Trafford. Eric Cantona advirtió al sueco de que allí aspiraría a ser un príncipe y no un rey, porque ese título ya le correspondía a él en la realeza mancuniana. "No seré el rey; seré el dios de Mánchester", respondió Ibra.

Digamos que existe una licencia no escrita en el mundo del fútbol para Ibrahimović y sus frases grandilocuentes: por un lado, su palmarés le da permiso para tener los delirios de grandeza que le apetezcan; por otro, todos deseamos escuchar una vez más al sueco para comprobar si su siguiente cita célebre es aún más desternillante que la anterior. El delantero ha ganado la liga allí donde ha ido desde que abandonó el Malmö: dos con el Ajax, otro par en la Juventus —aunque ambos títulos fueron arrebatados al club tras el escándalo del Calciopoli—, tres con el Inter, una en Barcelona, otra con el Milan y cuatro con el PSG. De la temporada 2001-2002 a la 2015-2016, última en París antes de fichar por los Red Devils, sólo perdió dos veces el campeonato nacional. Acostumbrado a caminar con paso triunfal, era incluso comprensible que aterrizara en Inglaterra con aires ganadores. Pero la situación que le esperaba en la Premier League era un rompecabezas más complejo.

Para alzar la liga inglesa se necesitan 38 jornadas de absoluta claridad. Puedes tener las cosas claras sólo en los años impares, como parece ser el caso del Chelsea. Puedes no haber sido certero en tu vida y experimentar el curso de milagrosa lucidez del Leicester. O puedes aclararte con los millones y el 80 % de posesión del Manchester City. En Inglaterra o comes o te comen, y sin clarividencia no queda más que sobras para llevarse a la boca. Nada que ver con el PSG, que gana en Francia por la inercia de su insultante superioridad, tenga o no sus ideas despejadas. Ibrahimović, destinado a jugar en la Premier League alguna vez en su carrera, se ha vestido de rojo en tiempos azules. El Manchester United había visto todo claro durante más de dos décadas con Sir Alex Ferguson, pero a él le ha tocado una época de borrones y cuentas nuevas.

No se puede decir que el sueco haya fracasado en Old Trafford. Ha disputado 53 partidos entre todas las competiciones, ha marcado 29 goles y ha repartido diez asistencias. Y se marcha con una Europa League y una Copa de la Liga. Pero ha quedado durante su breve paso por Inglaterra siempre demasiado lejos de los objetivos que les presuponen a un jugador como él y a una institución de la talla de los Red Devils, como refleja el sexto puesto en liga en la temporada 2016-2017. Aunque Ibrahimović fue un experimentado líder en un equipo en busca de una nueva identidad con José Mourinho, el United no fue suficiente para Zlatan como tampoco lo fue él para el club: colectivamente sólo se cumplió el mínimo exigible —clasificarse para la Champions League— y en lo personal ambas partes sabían que era una aventura de corta duración mientras la entidad encontraba un delantero sobre el que edificar, que acabó siendo Romelu Lukaku.

Quizás la rotura de ligamentos que sufrió en abril del año pasado nos haya privado de un Ibrahimović más determinante y duradero. Puede también que Zlatan quisiera demasiado pretendiendo ser un dios con un cuerpo de 34 años y un equipo en proceso de reconstrucción. La realidad es que durante el tiempo que ha estado recuperando su físico el delantero y el club han dejado de necesitarse: él ya tiene 36 veranos y el United ha seguido adelante sin su aportación. Ahora Ibra puede exprimir las gotas de fútbol que le queden en Los Ángeles mientras los Red Devils han reconquistado al menos su estatus como equipo del 'top-four' inglés.

Dicen que más vale tarde que nunca, y es que, aunque queda la espina clavada de no haber visto a Ibrahimović en la Premier en su etapa de verdadero esplendor, nadie puede decir que no haya valido la pena esta experiencia tardía. Se despide sin ganar la liga a pesar de la costumbre, pero en un periodo tan breve ha conseguido dejar goles, gestos y recuerdos de su grandeza. Y en Old Trafford presumen orgullosos de que un gigante como él fuera su líder mientras completaban su travesía por el desierto. Bendito oasis de fútbol, entonces.

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