El hechizo de la Liga de Campeones
La Copa de Europa representa la mejor competición del mundo del deporte. Aglutina a todos los aficionados europeos en las noches de martes y miércoles y a todos los aficionados sudamericanos a la hora de comer. Las mejores estrellas y los mejores clubes quieren siempre ser protagonistas del mayor espectáculo del mundo del fútbol.

Señoras y señores, damas y caballeros, aficionados de todo equipo, credo, raza y condición, bienvenidos a una nueva edición de la Champions League. Sincronicen relojes porque a la hora de siempre se sucederán ocho inicios de partido en ocho ciudades distintas de todo el continente europeo. Con equipos de distintas nacionalidades. Con jugadores de fama dispar. Con árbitros de diferentes países. El mejor espectáculo del mundo del fútbol vuelve a dar comienzo.

La Copa de Europa tiene una unicidad inconmensurable. Su tradicional horario. Sus patrocinadores oficiales, estables e inmaculados durante largos períodos de tiempo. Sus eslóganes de respeto y no al racismo ya tradicionales y asentados en cualquier televisión del panorama mundial en los anuncios previos a los partidos y durante los descansos. El balón de las estrellas. La lona agitada por jóvenes en la ceremonia prepartido. Y, por supuesto, el acompañante imprescindible. La melodía de la Liga de Campeones.

El himno de la Champions League supone a la competición un valor añadido del mismo calibre que el color rojo a la compañía Coca-Cola según varios análisis realizados al torneo. Es el elemento más diferenciador de la competición. Esos acordes combinados con acierto e ingenio por Tony Britten y con ciertas bases de Zadok the priest (Zadok el sacerdote), un himno compuesto por George Frideric Handel especialmente para la coronación del Rey Jorge II en 1727. Cualquiera que oiga o escuche la sonoridad del tema, sabe lo que simboliza. La grandeza de la Liga de Campeones.

Pero más allá de toda la decorosa y memorable parafernalia de la Copa de Europa, engalanada por totales de los mejores jugadores del mundo en ediciones anteriores, también es algo colosal lo que sucede en los terrenos de juego y en las gradas durante los partidos.

La seducción de la Copa de Europa habilita la posibilidad de enfrentamientos entre los grandes equipos de Europa. El choque cultural y futbolístico. La disputa internacional. La batalla más allá de las fronteras. Los viajes internacionales para los aficionados visitantes. Algo verdaderamente único y especial.


Es muy purista argumentar que pocos son los equipos que pueden ganar la Liga de Campeones. ¿Y cuántos son los que pueden ganar la Premier League? ¿Y la liga española? ¿Y la Bundesliga? Cada equipo tiene su estrato en el fútbol. Y puede subir escalones o bajarlos. La gloria cuesta cara y hay que ganársela.

Y todo ello sería malogrado en caso de producirse una hipotética liga europea. ¿Dónde quedaría el encanto de un doble partido entre el Manchester United y el Real Madrid si se disputara todos los años? ¿Seguiría siendo tan especial el recuerdo de Heysel cada vez que se enfrentan la Juventus de Turín y el Liverpool? Si ya aborrecemos que se repitan los cruces en las fases de grupos o las rondas eliminatorias, una competición liguera continental restaría sensualidad y fascinación a los grandes duelos. Poder visitar Stamford Bridge cinco veces en cinco años no es lo mismo que tener una única opción en un lustro. Es necesario cuidar la ilusión.

Pero más allá de los grandes, la verdadera grandeza de esta competición reside en los pequeños. En esos equipos que superan varias rondas previas para poder soñar con una visita a Wembley para medirse al Tottenham o incluso en una escala menor a San Paolo para medirse al Nápoles o Westfalenstadion para intentar quebrantar la excelsa fiabilidad del Borussia Dortmund en la comarca del norte Westfalia.

Y todo ello sin importar el resultado. Para los aficionados del Ludogorets Razgrad, la experiencia de poder visitar un campo como el Emirates y sentarse en la primera fila para apoyar a su equipo en Londres resultará mucho más enriquecedora que poder competir ante el equipo más dócil del bombo 1, como hubiera sido el CSKA de Moscú. Igual para el Legia de Varsovia visitando el Santiago Bernabéu ya adentrado el otoño o el Rostov poblando las gradas del Allianz Arena en la jornada inaugural. Las experiencias inolvidables junto al equipo al que se apoya son pocas. Y siempre se producen en contextos grandes. La Champions League las hace posibles.

Es muy purista argumentar que pocos son los equipos que pueden ganar la Liga de Campeones. ¿Y cuántos son los que pueden ganar la Premier League? ¿Y la liga española? ¿Y el Calcio? ¿La Bundesliga algún candidato tiene aparte del Bayern Munich? Siendo objetivo, cualquiera puede observar que cada equipo tiene su estrato en el fútbol. Y que puede subir escalones o bajarlos. El Atlético de Madrid se ha metido en dos finales de la Copa de Europa cuando llevaba cuarenta años sin hacer un acto de presencia honroso en la Champions. La Juventus ha sido el único equipo italiano desde el campeonato del Inter en 2010 en ennoblecer el fútbol italiano. La gloria cuesta cara y hay que ganársela.

Vuelve el edén futbolístico. La guerra más feroz del balompié vuelve a dar comienzo. Sólo habrá un ganador en Cardiff cuando vuelva el calor en medio de alergias y pantalones cortos en la primavera. Pero aquello sólo será entonces. De momento nos queda lo mejor. El camino de la Liga de Campeones.

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