El héroe discreto
El pasado 12 de septiembre, se inauguró una estatua de Alan Shearer en los aledaños de St. James' Park en reconocimiento a su aportación al club. La obra, valorada en 250.000 libras, ha sido financiada por la familia del expresidente Freddy Shepherd.

El solitario dedo índice de la mano derecha apunta hacia el cielo. Como el de Platón en "La escuela de Atenas" o el del apóstol Santo Tomás en "La última cena". Un gesto que en la iconografía pictórica se ha vinculado históricamente con la autoproclamación: el primero entre iguales.  Una extremidad que se rebela y rasga el aire imitando la parábola del balón en el fondo de la red. Así reposa la estatua de Alan Shearer (Newcastle, 1970) desde hace unas semanas en los aledaños del St. James’ Park, el estadio del Newcastle United.

Año 1988. El técnico del Southampton, Chris Nicholl, echó un vistazo al banquillo. Su equipo sólo había anotado siete goles en las últimas once jornadas ligueras y aquel chaval de 17 años “había estado jugando bien con los reservas y se merecía una oportunidad en el primer equipo”. Los pitidos de Stamford Bridge daban la bienvenida al fútbol de élite a un tal Alan Shearer. Una banda sonora que pronto cambiaría, tornándose en aplausos tras el enésimo remate a gol de aquel joven y desgarbado atacante de cabello ralo.

En aquel encuentro, su impacto en el juego fue discreto. Tan mesurado como la propia heroicidad que Shearer apartó siempre con un deje de humildad que le acompañó durante toda su carrera. Una epopeya que comenzaría a escribir al siguiente encuentro. Nicholl le dio la titularidad ante el Arsenal y Shearer replicó la oportunidad del míster marcando tres goles en la victoria por 4-2 de los saints. Con 17 años y 240 días, se alzaba como el futbolista más joven en anotar un hat-trick en la máxima categoría inglesa. Un récord aún vigente en la actualidad. La perla que había descubierto y modelado el ojeador Jack Hixon comenzaba a brillar. Aquel atacante imbuido de un carisma que ya le elevó a ser el capitán del equipo de su colegio apuntaba alto.

Todo el mundo relaciona la música de su nombre con los colores blanco y negro, pero su mejor versión futbolística y goleadora llegó junto al único título de su carrera, vistiendo la zamarra del Blackburn Rovers. Allí le daría la liga a aquel histórico combinado dirigido por Kenny Dalglish. A lo largo de su carrera, se le relacionó frecuentemente con el Manchester United de Sir Alex Ferguson. Unos rumores que cobraron fuerza en 1992 y 1996. No obstante, aquel año los Red Devils terminarían cerrando el fichaje de un delantero noruego que poco después culminaría una de las remontadas más épicas vividas en una final de la Copa de Europa.

Finalmente, aquel verano del 96, Shearer ficharía por el Newcastle. Por el equipo que una década antes le había rechazado por su escasa proyección y ahora firmaba un cheque de 15 millones de libras por el. El futbolista más caro de la historia en aquellos momentos era británico. Una realidad altamente improbable en la actualidad. Y como tal, rindió en la Eurocopa celebrada aquel año en suelo patrio. Shearer finalizó el torneo como máximo goleador de la competición y el mejor futbolista de los Three Lions, una afirmación que antes servía para engalanar la condición de un jugador.

En sus primeras 31 apariciones con el Newcastle, marcaría 25 goles. Un preludio de los 206 tantos en 405 encuentros como Magpie que pondrían broche a su carrera en St. James’ Park, adonde sólo pudo llevar un subcampeonato de liga y dos finales de FA Cup consecutivas. A pesar de que grandes clubes se bajaron el liguero y le guiñaron el ojo, Shearer apartó la mirada candorosamente y nunca yació en otra cama desde entonces.

Algunos piensan que no fue lealtad al perfume de su única y verdadera amada lo que le mantuvo allí. Las sombras que adornan el retrato al claroscuro de uno de uno de los goleadores más prolíficos de los años 90 son su actitud despótica y autoritaria, y su comparación con el secuestrador de toda una masa social que le permitió mantener su ególatra influencia en el equipo. De hecho, su mala relación con el técnico holandés Ruud Gullit acabó con su despido a pesar de que los resultados no invitaban a ello. Un cargo que Shearer ocuparía tras su retiro en 2006, logrando tan sólo un 12% de victorias entre infames actuaciones. No obstante, se dice que el fútbol no tiene memoria y es un vetusto anciano aquejado de incurable amnesia hundido en un sillón. Pero St. James’ Park sí recuerda. A su héroe discreto. 

Alan Shearer celebra un gol durante un partido de Recopa contra el Partizan en septiembre de 1988 (Clive Brunskill /Allsport).
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