El hincha perfecto
La naturaleza del aficionado al fútbol tiene una tendencia congénita a la insatisfacción, una necesidad constante de quejarse y airear las frustraciones. Si no se puede quejar, el hincha no está satisfecho.
Por Ilie Oleart | 10/06/2017 El trilby de Stokoe

El otro día hablaba con un amigo que es aficionado acérrimo del Chelsea. Es un tipo de mi edad que todavía recuerda el descenso del 88, esboza una sonrisa cuando recuerda las gafas tamaño XL que lucía Ken Bates en los 80 y es alguien para quien la etapa de Roman Abramovich representa solo una pequeña parte de su relación con el club, que se extiende durante casi cuatro décadas. A pesar de haber ganado la liga con una autoridad que no se recordaba desde la primera era de José Mourinho en Stamford Bridge, mi amigo estaba indignado. Considera que el club carece de ambición, que Roman Abramovich ha perdido interés en el fútbol, que la construcción del nuevo estadio es una locura y que Marina Granovskaia es una enchufada del jefe.

Si él, cuyo equipo acaba de ganar la liga, se siente así, ¿cómo deberían sentirse los aficionados del Sunderland, cuyo equipo se ha arrastrado por la liga durante nueve meses convertido en un asilo para jugadores del Everton? ¿O los del Middlesbrough, que esta temporada han visto un gol con la misma frecuencia con la que el cometa Halley atraviesa el cielo? En realidad, el aficionado de cualquier club de fútbol se siente legitimado a indignarse. Si se esfuerza lo suficiente, siempre hallará un motivo para quejarse. Real o inventado.

La raíz de la cuestión radica en que todo hincha considera que su club tiene derechos adquiridos sobre el resto. El aficionado del Chelsea espera que su equipo gane la liga cada año mientras compite por la Champions League. El conflicto se produce porque el aficionado al Arsenal piensa lo mismo. Y el del Manchester United. Y el del Manchester City. Como todos ellos no pueden ganar, es evidente que la mayoría se sentirá frustrado. En realidad, ese es el estado natural del aficionado al fútbol.

Por supuesto, este sentimiento está profundamente anclado en la naturaleza humana. La principal diferencia entre el ser humano y los animales es que el primero siente una incurable necesidad de quejarse. Y el fútbol es un motivo de queja mucho más satisfactorio que el retraso del tren, el pésimo servicio de la compañía de telefonía, el aumento del precio de la gasolina o la creciente incomodidad de los vuelos comerciales. Porque, como hinchas del equipo más especial de la Tierra, tenemos unos derechos inalienables que nos pertenecen desde la cuna.

El Liverpool se ha clasificado para la Champions League. ¿Qué más da? ¡Jürgen Klopp no tiene plan contra los equipos pequeños! ¡La gestión del fichaje de Virgil van Dijk es de club de tercera regional! ¡Hay que gastar más en fichajes! ¡No tenemos delantero! El Arsenal se ha quedado fuera de la Champions League por primera vez en veinte años. ¡Wenger Out! ¡Preferimos tener como dueño un mafioso uzbeko si eso significa poder gastar más en fichajes! Y así.

Las redes sociales son un altavoz para esas quejas. Antiguamente, el hincha debía contener su ira durante semanas hasta que acudía a un estadio de fútbol y podía dirigirlas contra los jugadores rivales, los propios, el árbitro, los aficionados rivales, los dueños de su equipo, los políticos presentes en el palco, la prensa o cualquiera que pasara por allí. He visto a aficionados insultar a los agentes de seguridad del estadio o al conductor de la camilla. Ahora, las redes sociales les permiten gritar las 24 horas del día y, en muchas ocasiones, pueden dirigir sus frustraciones directamente y sin intermediario a la persona que las origina. Un aficionado del Arsenal ya no tiene que contentarse con insultar a los jugadores del Tottenham una vez al año. Puede insultar a Harry Kane cada mañana. Eso explicaría que el nivel de agresividad dentro de los estadios haya disminuido. Ya no poseen el monopolio de la pataleta.

Las ocasiones en que los aficionados de un club no tienen razón alguna de queja son raras. La temporada pasada, los aficionados del Leicester tuvieron que contener sus quejas durante meses. Hasta que, por fin, este año las cosas se torcieron y pudieron airear sus frustraciones echando al entrenador que les había conducido al título.

Mi tío, un señor jubilado de educación exquisita que invierte su dinero de forma racional, recicla sus residuos y apadrina menores indios, se toma unas vacaciones una vez al año. Normalmente, elige un lugar caluroso al borde del mar. Unos años es la Riviera Maya, otros Canarias, otros Brasil. Pero, vaya donde vaya, elige meticulosamente su hotel. No porque le importe si la cama es King Size. O si el hotel dispone de varios restaurantes. O si la playa privada es de fina arena blanca. Lo que busca es que el hotel esté ocupado principalmente por otros turistas españoles, preferiblemente de Madrid. Porque él es del Barça y no hay nada que le guste más que pasar sus vacaciones en bañador bebiendo una margarita mientras discute acaloradamente sobre a quién ayudan más los árbitros, quién es el mejor jugador del mundo o si el gobierno central apoya al Real Madrid. El último partido de fútbol que vio debió ser la final de la Copa de Europa de 1992. Dice que el fútbol le aburre. Pero es el hincha perfecto.

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