El hombre que amó al Arsenal
Tras veintiún años en el banquillo de los Gunners, Arsène Wenger abandona el Arsenal. Es el final de una era en el fútbol inglés y también en las vidas de los que presenciamos su viaje durante todos estos años.
Por Ilie Oleart | 20/04/2018 Arsenal Arsene Wenger

La primera vez que pisé Londres fue en el verano de 1989. Aquel año, el Arsenal ganó su primer título de liga en 18 años. Entre ambos títulos, el equipo finalizó 7º en tres ocasiones, 8º en una y 10º en otras dos. La media tabla era el hábitat natural de un club apodado como “el banco de Inglaterra” por su conservadurismo y su aversión a todo lo que oliera a nuevo y más todavía si procedía de la Europa continental, esos bárbaros.

La fortuna del Arsenal cambió con George Graham. A pesar de su fútbol anodino y aburrido (“1-0 to the Arsenal” se convirtió en la banda sonora de los partidos del equipo junto con el apodo de “boring Arsenal”), Graham logró dos títulos de liga en 1989 y 1991, además de la Recopa de Europa de 1994. Pero fue despedido del club y posteriormente inhabilitado por la federación tras descubrirse que había aceptado casi medio millón de libras del agente noruego Rune Hauge por fichar a dos de sus representados para el Arsenal, John Jensen y Pål Lydersen. Todo muy propio del Arsenal de aquella época: cuando finalmente logra alcanzar el éxito, resulta que el héroe de la hazaña era un corrupto al que le importaba más su bolsillo que el club.

En 1998, una vez finalizados mis estudios universitarios y cumplidas mis obligaciones castrenses para con la patria, me fui a vivir a París. Cuando uno es joven, solo dos motivos le pueden empujar a vivir en el extranjero: los estudios o el amor. Y yo nunca fui mucho de estudiar. Recuerdo como si fuera ayer la victoria del Arsenal en Old Trafford que dejó aquella Premier League prácticamente sentenciada. Mis mejores amigos eran tres jóvenes profesionales franceses que compartían una casa de varios pisos en Neuilly-sur-Seine, una localidad pija pegada a la capital francesa. Siendo fanáticos del fútbol y chauvinistas como solo pueden serlo los franceses, el Arsenal se convirtió en su equipo de cabecera, así que las reuniones en su casa para ver a los Gunners de Arsène Wenger se convirtieron en una costumbre.

Aquel Arsenal campeón del 98 tenía el sello de Wenger grabado a fuego. El francés retomó la defensa británica que había heredado, le quitó el alcohol, mejoró sus prácticas alimentarias y algún que otro hábito poco profesional y la convirtió en la mejor del país. David Seaman, Lee Dixon, Nigel Winterburn, Steve Bould (paulatinamente sustituido por Martin Keown) y Tony Adams formaron una línea de cuatro inexpugnable a la que Wenger añadió la coraza de Patrick Vieira, Ray Parlour y Emmanuel Petit en la medular, y la creatividad de Dennis Bergkamp y Marc Overmars, más la definición letal de Ian Wright y la velocidad de Nicolas Anelka, otro hallazgo personal de Wenger.

Wenger no solo revolucionó el fútbol inglés introduciendo prácticas nutricionales aprendidas en su etapa en Japón (“no existe la obesidad en Japón”, solía repetir para convencer a sus jugadores de que el pescado crudo les podía ayudar a mejorar su rendimiento) o prohibiendo las famosas barritas de chocolate Mars cuyos envoltorios cubrían el suelo del vestuario después de los partidos. Wenger enseñó al reaccionario fútbol inglés que se podía ganar jugando al ataque.

Sus invencibles de 2003-04 me sorprendieron en México. Hasta allí se maravillaron con la hazaña de Wenger. Para entonces, la Premier League ya estaba camino de convertirse en la liga del mundo y la televisión permitía llevar sus hazañas en directo a todos los rincones del planeta. En una apuesta incomprendida en la época, Wenger apostó por un tradicional 4-4-2 que tenía poco de tradicional. Los laterales eran dos tipos muy veloces que se sentían más cómodos atacando que defendiendo como Ashley Cole y Lauren. De hecho, el segundo era un extremo reconvertido, una innovación en la época que se ha convertido en norma hoy en día. Los dos laterales actuales del Manchester United eran extremos años atrás.

Patrick Vieira y Gilberto Silva eran los encargados de evitar que los andamios se hundieran por el peso de Robert Pirès y Freddy Ljungberg en las bandas, y Dennis Bergkamp y Thierry Henry en punta. Aquel equipo que finalizó la liga sin una sola derrota ha trascendido el terreno del recuerdo para alcanzar el de la leyenda.

El punto de inflexión en los 21 años de Wenger se produjo en 2006, casi a mitad de su mandato. La derrota en la final de la Champions League de París encumbró al Barcelona y hundió al Arsenal. La historia podría haber sido diferente pero no lo fue. A partir de entonces, el Arsenal emprendió un declive prácticamente imperceptible en los primeros años pero catastrófico en estos últimos. Unos años, todo hay que decirlo, de recorte de gastos por la construcción del Emirates Stadium, quizás el principal legado que deja Wenger y una muestra más de su visión de futuro. Después de la construcción del Emirates, el West Ham se mudó al Estadio Olímpico, el Liverpool amplió su Main Stand, el Tottenham construyó un nuevo estadio y el Chelsea está en el proceso de hacerlo.

Hoy tengo 43 años. Durante prácticamente la mitad de ellos, Wenger ha sido entrenador del Arsenal. En muchos de mis recuerdos más imborrables asociados con el fútbol aparece él. La batalla de Old Trafford con los jugadores del Arsenal rodeando a Ruud van Nistelrooy; la pelea de Patrick Vieira y Roy Keane en el túnel de vestuarios de Highbury; la victoria por 0-1 en Old Trafford en 2002 para sellar el título de liga con aquel gol de Sylvain Wiltord; sus siete títulos de Copa; aquel gol de Berkgamp en Newcastle o el de Henry a la media vuelta desde fuera del área contra el Manchester United. No acabaría nunca.

Wenger se marcha y deja su recuerdo. El de un hombre inteligente, innovador y visionario. El de la figura más importante de la historia del club, por encima de Herbert Chapman. El del líder que condujo a sus hombres a tantas y tantas victorias. El del hombre que marcó la época de mayor crecimiento y expansión internacional del fútbol inglés gracias al fútbol que practicaron sus equipos. Pero, sobre todo, el de un hombre que amó el club en el que trabajó y del que cuidó como si fuera suyo.

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