El mejor equipo de la historia de la Premier League
En sus primeros 25 años, la Premier League ha visto nacer a varios grandes equipos. Conjuntos que han quedado para la historia, sea por su solidez defensiva, su imaginación ofensiva o su capacidad para superar las adversidades.

3. Chelsea 2004-05

En su primera temporada en Inglaterra, José Mourinho formó un equipo fabuloso que rompió todos los récords de la Premier League: más victorias fuera de casa (15), más partidos con la portería a cero (25), menos goles encajados fuera de casa (9), más victorias (29), más victorias fuera de casa consecutivas (9), menos goles encajados (15) y más puntos (95).

En su segunda temporada como dueño del Chelsea, Roman Abramovich puso a disposición de Mourinho un presupuesto para fichajes desconocido para la época. Financiados por el magnate ruso, en el verano de 2004 llegaron a Stamford Bridge jugadores del nivel de Petr Cech, Arjen Robben, Didier Drogba o Ricardo Carvalho, que se sumaron a los fichajes del primer verano de Abramovich en el club, como Claude Makelelé, Hernán Crespo, Joe Cole, Juan Sebastián Verón o Adrian Mutu.

Petr Cech en portería y el eje de la retaguardia formado por Ricardo Carvalho y John Terry constituyó los cimientos de un equipo sólido como una roca. La presencia del incansable Claude Makelelé por delante de ellos hizo infranqueable la meta del Chelsea, que solo recibió 15 goles en toda la liga. La faceta ofensiva recayó en gran medida en los goles del centrocampista Frank Lampard, máximo anotador del equipo en liga con 13 tantos. Además del inglés, solo Eidur Gudjohnsen (12) y Didier Drogba (10) alcanzaron la decena de goles en Premier League.

El Chelsea solo perdería un partido de liga en toda la temporada, en casa del Manchester City en octubre. El City y el Arsenal fueron los dos únicos equipos a los que no pudo derrotar esa temporada (empató en casa ante el City y los dos partidos ante el Arsenal también acabaron en igualada). Le ganó los dos partidos a Manchester United (1-3 en Old Trafford y 1-0 en el Bridge) y a Liverpool (ambos por 1-0). El primer Chelsea de Mourinho quizás no fue entretenidamente caótico como el Manchester United de Ferguson ni preciosista como el Arsenal de Arsène Wenger pero fue, sin duda, el más sólido y fiable de todos ellos.

Aquella temporada contribuiría a sellar la enemistad manifiesta entre Rafa Benítez y José Mourinho. En febrero, Liverpool y Chelsea se enfrentaron en la final de la Copa de la Liga en el Millenium Stadium de Cardiff, que acabó con empate a uno tras el tiempo reglamentario. En la prórroga, Drogba y Kezman hicieron inútil el tanto de Antonio Núñez para el Liverpool. Los Reds se tomarían cumplida venganza dos meses después cuando derrotaron a los Blues en las semifinales de la Champions League gracias a un gol fantasma de Luis García.

El Chelsea conquistaría de nuevo la liga la temporada siguiente, lo cual significaba que ya habían ganado el doble de títulos en el siglo XXI que en todo el siglo anterior. La llegada de Mourinho a Londres, su primer gran equipo y ese doble éxito en liga serían determinantes para situar al Chelsea definitivamente entre los grandes.

Frank Lampard y John Terry celebran el triunfo por 0-2 ante el Bolton y la consiguiente consecución del título de liga (PAUL BARKER/AFP/Getty Images).

2. Manchester United 1998-99

A lo largo de sus 26 años en Old Trafford, Sir Alex Ferguson construyó varios equipos memorables: su primer equipo campeón en 1993, eminentemente británico, con Peter Schmeichel, Gary Pallister, Steve Bruce, Dennis Irwin y Paul Parker en defensa, Paul Ince, Lee Sharpe, Ryan Giggs y Brian McClair en medio, y Eric Cantona y Mark Hughes en punta; el equipo que logró el doblete de liga y Champions en 2007-08 con el joven Cristiano Ronaldo en banda y la letal dupla formada por Carlos Tévez y Wayne Rooney en punta; pero ninguno de ellos alcanzó las dosis de épica y estética de la versión de 1998-99.

La columna vertebral del equipo estaba formado por los Fergie’s Fledglings: los hermanos Neville en defensa, Nicky Butt y Paul Scholes en medio, y David Beckham y Ryan Giggs en bandas. A ellos se unían algunos de los mejores jugadores británicos de su era, como Andy Cole, Teddy Sheringham o Roy Keane, además de extranjeros como el holandés Jaap Stam, el líder de la defensa, el sueco Jesper Blomqvist o un grupo de jugadores noruegos liderado por Ole Gunnar Solskjaer. Un equipo que aunaba solidez y talento pero, sobre todo, corazón.

El equipo de Ferguson llegó a abril vivo en las tres competiciones pero con un duro calendario por delante: el Arsenal y Chelsea pugnaban con el United por la liga, la Juventus aguardaba en las semifinales de la Champions League y el Arsenal era en las de la Copa. Por el más estrecho de los márgenes, el United salvó todos esos escollos. El miércoles 7 de abril, el equipo de Ferguson empató a uno en Old Trafford ante la Juventus de Zinedine Zidane, Didier Deschamps, Edgard Davids o Pippo Inzaghi en la ida de las semifinales de Champions.

El domingo, el United se enfrentó en Villa Park al Arsenal en semifinales de Copa pero no pudo romper el empate a cero. Eso obligó a un replay tres días más tarde en el mismo escenario. David Beckham adelantó a los Red Devils pero Dennis Bergkamp igualó a falta de veinte minutos. Instantes después, el partido basculó dramáticamente en favor de los Gunners por la expulsión de Roy Keane tras ver la segunda tarjeta amarilla por una falta sobre Marc Overmars. En el tiempo de descuento, los sueños de triplete del United parecieron desvanecerse cuando Phil Neville derribó a Ray Parlour dentro del área. Bergkamp colocó el balón en el punto de penalti para colocar a su equipo en la final de Wembley, lanzó a la izquierda de Peter Schmeichel pero el portero danés adivinó la intención del holandés y llevó el partido a la prórroga. El Arsenal se lanzó a tumba abierta por el gol de la victoria, sabedor de su superioridad numérica. El United resistió como pudo hasta que, en la segunda parte de la prórroga, Ryan Giggs interceptó un pase de Patrick Vieira todavía en campo del United. Tras casi dos horas de esfuerzo, el galés emprendió una galopada imparable. Cruzó la línea medular, dejó atrás a un agotado Vieira, danzó entre Lee Dixon y Martin Keown, e hizo inútil el desesperado intento de Tony Adams de bloquear su imparable disparo con la zurda a la escuadra derecha de un impotente David Seaman.

El miércoles siguiente, el United visitó el Stadio delle Alpi con la obligación de marcar al menos un gol en casa de la Juve para soñar con la final del Camp Nou. De nuevo, las cosas no pudieron comenzar peor para el United. Un doblete de Pippo Inzaghi en diez minutos situó al United al borde de la eliminación europea. El equipo de Ferguson no esperó ni al descenso para anotar los dos goles que necesitaba para darle la vuelta al partido. Roy Keane y Dwight York colocaron el empate a dos que situaba a los ingleses en la final. Con los italianos volcados en busca de la victoria, Andy Cole sentenció con el 2-3 a falta de cinco minutos que le daba a su equipo el billete para la final del Camp Nou ante el Bayern de Múnich. Roy Keane fue el nombre propio del partido. El rudo capitán del equipo vio una amarilla a los once minutos que le impediría disputar la final. Aun así, anotó el crucial 1-2 y disputó uno de los partidos más memorables de su carrera.

La derrota del Arsenal ante el Leeds en la penúltima jornada de liga situó la Premier League al alcance del United. Con cuatro puntos en sus últimos dos partidos, en Blackburn ante los Rovers y en casa ante el Tottenham, el equipo de Ferguson se proclamaría campeón. Tras empatar sin goles en Blackburn, el United llegó a la última fecha con la obligación de ganar al Tottenham. Como fue costumbre en el final de temporada más apoteósico de todos los tiempos, el United comenzó perdiendo por culpa de un gol de Les Ferdinand para los Spurs. Sin embargo, David Beckham y Andy Cole a ambos lados del descanso, dieron la victoria y la liga al United en Old Trafford.

El fin de semana siguiente, el United se enfrentó al Newcastle en la final de Copa. Los goles de Teddy Sheringham y Paul Scholes por fin proporcionaron al United una victoria plácida. Cuatro días después, el United se enfrentó al Bayern de Múnich en el Camp Nou. La final de la Champions League fue un perfecto resumen del final de temporada del United. El Bayern de Múnich se adelantó a los seis minutos con un gol de falta de Mario Basler. En la segunda parte, los alemanes fueron incapaces de sentenciar el partido a pesar de sus claras ocasiones. Primero, Mehmet Scholl superó a Schmeichel con una inteligente vaselina pero el balón se estrelló en el poste derecho del portero danés. Minutos después, el remate de media tijera del delantero alemán Carsten Jancker fue repelido por el larguero inglés. Y entonces llegó el descuento y el desenlace más frenético de la historia de la máxima competición europea.

Beckham lanzó un saque de esquina desde la banda izquierda de ataque del United. La cabeza de Schmeichel, que había subido al ataque, casi impactó con el balón, que acabó siendo rechazado a la frontal del área. Allí, Giggs impactó como pudo con su pierna derecha y el balón acabó llegando a los pies de Sheringham, que solo tuvo que acompañar la trayectoria del balón hacia el fondo de las mallas. El fondo inglés saltó de alegría ante la perspectiva de una prórroga que jamás se celebraría. Segundos después, un saque de esquina idéntico fue peinado por Sheringham y rematado al fondo de las mallas por Ole Gunnar Solskjaer. El United había conquistado el triplete tras estar igualado a puntos con el Arsenal a falta de dos jornadas, y de tener que remontar en semifinales de Copa, y en semifinales y final de Champions.

David Beckham tras ganar la semifinal de FA Cup contra el Arsenal en Villa Park (Clive Brunskill /Allsport).

1. Arsenal 2003-04

Si el Manchester United del triplete tenía corazón y el primer Chelsea de Mourinho tenía músculo, el Arsenal de los invencibles lo tenía todo. A causa de las estrecheces financieras que el proyecto de construcción del Emirates comenzaba a provocar en las finanzas del club, Arsène Wenger solo pudo añadir al portero Jens Lehman en verano y al extremo español José Antonio Reyes en invierno. Sin embargo, el técnico alsaciano fue capaz de retener a todas sus estrellas. Esa continuidad fue una de las claves de la temporada impoluta del Arsenal.

Tras un arranque casi impecable de liga (cuatro victorias y un empate), el Arsenal visitó Old Trafford para enfrentarse a su principal rival en liga, el Manchester United. El partido acabó con ocho tarjetas amarillas, una roja, un penalti fallado y una enemistad eterna entre Wenger y Sir Alex Ferguson. Patrick Vieira fue expulsado en el minuto 81 por intentar propinar una patada a Ruud van Nistelrooy, una acción que provocó una tangana multitudinaria sobre el terreno de juego. Para acabar de añadir dramatismo a un partido que posteriormente sería bautizado como “la batalla de Old Trafford”, en el tiempo de descuento, el colegiado Steve Bennett señaló penalti de Martin Keown sobre van Nistelrooy, que fue el encargado de lanzar la pena máxima. El potente disparo del holandés se estrelló en el larguero y permitió al Arsenal mantener su imbatibilidad. Tras el pitido final, varios jugadores del Arsenal persiguieron a Van Nistelrooy, al que consideraban responsable de la expulsión de Vieira y de fingir el penalti. El incidente acabó con una nueva tangana y la federación castigó el incidente con duras sanciones. El Arsenal fue multado por la actitud de sus jugadores con 175.000 libras, la sanción más alta impuesta hasta entonces, mientras que Lauren fue sancionado con cuatro partidos, y Vieira y Parlour con uno.

Entre finales de noviembre y principios de enero, el Arsenal vivió su única mala racha de la temporada, cuando empató cuatro de los siete partidos que disputó, ante rivales menores como Charlton, Fulham, Leicester y, en menor medida, Everton. Pero a partir de ahí, los Gunners encadenaron nueve victorias consecutivas, incluyendo un providencial triunfo por 1-2 en Stamford Bridge ante el Chelsea. El equipo sellaría el título en el mejor escenario posible, el del acérrimo rival. El Arsenal visitó White Hart Lane a falta de cinco jornadas sabiendo que un empate era suficiente para proclamarse campeón. Los goles de Patrick Vieira y Robert Pirès pusieron el título en bandeja. Ni siquiera los goles de Jamie Redknapp y Robbie Keane pudieron impedir que los Gunners celebraran su título sobre el césped del máximo rival ciudadano.

El 4-4-2 de Wenger ha quedado para la historia de la liga. Jens Lehman, llegado en verano del Borussia Dortmund por solo un millón y medio de libras, fue todo un hallazgo. El alemán no tardó en erigirse en una de las voces fuertes del vestuario y en un seguro de vida bajo palos. El centrocampista reconvertido Lauren ofreció profundidad desde el lateral derecho mientras que el canterano Ashley Cole lo hizo desde el izquierdo. En el eje de la zaga, Kolo Touré y Sol Campbell, llegado veranos atrás del eterno rival, formaron una dupla inquebrantable que relegó a Martin Keown al banquillo. En el centro del campo, Gilberto Silva, el menos brasileño de todos los centrocampistas brasileños, compartió parcela con Patrick Vieira, un futbolista que aunaba una elegante zancada con un carácter indómito. Su enfrentamiento con Roy Keane en el túnel de vestuarios de Highbury en 2005 demostró que el francés no era alguien dispuesto a dejarse amedrentar, ni siquiera por el tipo más duro de la liga.

Las bandas y la punta de ataque reunían la mayor parte de la imaginación y creatividad del equipo. Robert Pirès, fichado del Olympique de Marsella en 2000, ocupaba el costado derecho, mientras que el sueco Freddie Ljungberg se desenvolvía por el contrario. Entre ambos colaboraron a la causa con 18 goles y un buen puñado de asistencias para los dos artistas que lideraban el ataque del equipo. Dos futbolistas que el Arsenal atrajo tras sendas malas experiencias en Italia.

Dennis Bergkamp llegó al Emirates tras dos temporadas en el Inter en que apenas marcó once goles, los mismos que anotó en su primer curso con los Gunners, 1995-96. En sus primeras cuatro temporadas en Highbury, el “holandés no volador” (su miedo a los aviones provocaba que se perdiera algunos desplazamientos europeos y que viajara siempre por tierra, en ocasiones por su cuenta) sumó más de cincuenta goles en liga y se convirtió en un ídolo de la afición.

Thierry Henry, por su parte, solo permaneció una temporada en Italia antes de hacer las maletas en dirección a Londres. Un año en la Juventus fue suficiente para convencerle de que aquel no era su lugar. Cuando su compatriota Arsène Wenger le llamó para ofrecerle una salida en el Arsenal, Henry no dudó ni un instante. Fue la mejor decisión de su vida y, posiblemente, también la de Wenger. El ariete francés marcó 174 goles en Premier League en sus ocho temporadas en Londres, incluyendo 30 durante el año de los invencibles. Henry no solo lideró al equipo sino que encapsuló todas sus virtudes: creatividad, ingenio, inteligencia, ambición, velocidad, descaro.

El Arsenal de los invencibles supuso la ruptura definitiva con la herencia histórica del club. El equipo aburrido e imprevisible formado por jugadores británicos y recreado por Nick Hornby en “Fever pitch” había sido sustituido por un combinado cosmopolita, alegre, temerario integrado por algunos de los futbolistas más creativos del mundo. Como escribió Rick Broadbent en febrero de 2004, “es una gozada ver al nuevo Arsenal… son Prozac para aquellos acostumbrados a lo prosaico”.

Thierry Henry bate a Jerzy Dudek en Highbury en abril de 2004 (ODD ANDERSEN/AFP/Getty Images).
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