El menguante precio del banquillo inglés
Hubo una época en que el puesto de seleccionar inglés era el trabajo más codiciado en el fútbol inglés. Los nombramientos de Steve McClaren, Stuart Pearce, Roy Hodgson, Sam Allardyce y el interino de Gareth Southgate, sumados a los rechazos de técnicos como Arsène Wenger o Mauricio Pochettino, indican que ese ya no es el caso.

Brian Clough jamás le perdonó a los prebostes de la federación inglesa que eligieran al gris Ron Greenwood como seleccionador inglés en 1977 en su lugar. Más allá de la asombrosa facilidad de los dirigentes de la federación para tomar siempre la decisión equivocada (Greenwood no logró clasificar a la selección para el Mundial de 1978, fue eliminado en la fase de grupos de la Eurocopa de 1980 y cayó en la segunda ronda del Mundial de 1982), la historia denota que los mejores técnicos del país, como sin duda lo era Clough, aspiraban a dirigir a la selección.

Cuando finalmente los dinosaurios de la federación se decidieron a contratar a un técnico extranjero, optaron por el sueco Sven-Goran Eriksson. Aunque su reputación se haya visto dañada recientemente por sus variopintos trabajos, desde Costa de Marfil hasta China pasando con México, era un técnico reconocido internacionalmente cuando tomó las riendas de los Three Lions en 2001, a los que condujo a cuartos de final en los Mundiales de 2002 y 2006. Lo mismo cabe decir de Fabio Capello, seleccionador inglés entre 2008 y 2012. Pero desde el nombramiento del estratega italiano, la federación no ha atinado con sus sucesores. Y lo más grave es que, en parte, eso se debe al propio desinterés de los potenciales candidatos en un puesto que ha sufrido un grave desprestigio en los últimos años.

La era de Graham Taylor, a principios de los años 90, quedó plasmada tragicómicamente en el documento "The impossible job", un título que ha acabado por resumir a la perfección el puesto. Ser seleccionador inglés hoy es un trabajo imposible y no solo por la enorme presión ejercida por aficionados y medios de comunicación sino, sobre todo, por la carencia de materia prima con la que componer un equipo competitivo. Eso explica que los mejores entrenadores del país, como Arsène Wenger o Mauricio Pochettino, hayan declinado cortesmente cualquier aproximación de ese parque jurásico denominado federación inglesa.

Sus últimos nombramientos demuestran ese desinterés de los mejores entrenadores. Steve McClaren, hasta entonces segundo de Eriksson, ocupó el cargo entre los dos únicos seleccionadores extranjeros de la historia. Su periplo será recordado para siempre por la derrota por 2-3 ante Croacia en Wembley que impidió a los ingleses participar en la Eurocopa de 2008. Tras la etapa Capello, la federación optó por Roy Hodgson, un señor camino de los setenta años que había fracasado estrepitosamente en el Liverpool solo un año antes y cuyos méritos recientes se limitaban a una digna temporada con el West Bromwich Albion. Bajo la batuta de Hodgson, la selección fue de más a menos. Tras los cuartos de final de la Eurocopa de 2012, el equipo fracasó estrepitosamente en el Mundial de 2014 (no pasó de la fase de grupos) y en la Eurocopa de este verano (¿Islandia, alguien?).

El sustituto de Hodgson no tenía un currículum mucho mejor, precisamente. Los principales méritos recientes de Sam Allardyce para tomar las riendas de la selección fueron ascender al West Ham a la Premier League y salvar al Sunderland del descenso. Estamos de acuerdo, no está mal. Pero, de nuevo, comparemos esos logros con las ligas de Brian Clough en Derby o Nottingham. Antes de tener tiempo de estrellarse, Allardyce acabó sin empleo a causa de su exceso de verborrea y su dudosa ética profesional.

Y ahora llega Gareth Southgate. Ante la incapacidad de la federación para encontrar un entrenador, ha optado una vez más por el técnico del equipo sub-21. La experiencia de Southgate en el fútbol de clubes se limita a tres temporadas y media con el Middlesbrough. Tras acabar dos temporadas en media tabla (12º y 13º), descendió con el club como penúltimo clasificado y fue despedido a mitad de la temporada siguiente con el club fuera de los puestos de ascenso. Tras aquello, se refugió en las categorías inferiores ingleses, al igual que habían hecho McClaren o Pearce en su momento. Con los sub-21, Southgate no logró pasar de la fase de grupos en la Eurocopa de la categoría del año pasado tras ganar a Suecia pero caer ante Portugual e Italia (Nathan Redmond maquilló en el descuento un humillante 3-0).

Southgate dispondrá de cuatro partidos para demostrar su valía, comenzando con Malta este sábado. Si pasa la prueba, es posible que la federación se quite el problema de encima y le nombre a título permanente. En caso contrario, continuará la búsqueda del siguiente dinosaurio para el parque.

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