El metalero que tocaba como Vivaldi
Tomas Rosicky es aficionado al heavy metal, pero la verdad es que su juego se aproximaba más a las "Cuatro estaciones" de Antonio Vivaldi que a cualquier pieza de Iron Maiden.

Enero de 2014. Tercera ronda de FA Cup. Arsenal contra Tottenham. Quedan treinta minutos por jugar y los gunners van un gol por encima en el marcador. El Tottenham, mientras tanto, da un paso adelante y pelea por el tanto del empate. Sin embargo, eso a Tomas Rosicky no le importa y bien es sabido como le gusta un gol en el derbi. Con todo el equipo del Tottenham en el área del Arsenal, el balón le cae a Danny Rose, quien intenta superar al centrocampista del Arsenal. No funciona. Rosicky recupera la posesión pero aún le quedan cincuenta metros hasta llegar al área rival. Kyle Walker baja corriendo como un cohete, pero su esfuerzo es en vano. Solo ante Hugo Lloris, el francés busca minimizar los espacios con su cuerpo. Va al suelo. No importa. El jugador de la República Checa introduce el balón en la portería con delicadeza y el Arsenal asegura la victoria. Se trata de un gol importante, un gol que marca el camino para lo que sería el mayor triunfo para el club desde 2005.

Dos años más tarde, el Arsenal, la FA Cup y Rosicky vuelven a encontrarse. Esta vez es la cuarta ronda. De vuelta en el banquillo una vez más tras volver de una lesión, el centrocampista entra al campo con aún veinte minutos por jugar. Casi al minuto, empieza a notar las sensaciones de lo que sería otra lesión. Después de todas las operaciones, visitas al fisioterapeuta y recuperaciones, recae, aunque tampoco le impide seguir en el campo. Leal servidor del club durante diez años, Rosicky podría haberse convertido en leyenda del Emirates. Con una técnica exquisita y un sentido del trabajo intacto a pesar de las molestias, probablemente sentía que su último partido con la camiseta que tanto amaba había llegado. Probablemente lo sabía él y lo sabían todos los presentes.

Amante del heavy metal, Tomas Rosicky perfectamente podría ser alguien capaz de interpretar una pieza de Antonio Vivaldi. Sin embargo, la suya es una de las muchas carreras llenas de contradicciones; fuerte mentalmente pero físicamente débil. Tenía todo lo que se puede pedir a un jugador: pasión, compromiso y esfuerzo. Pero fue su cuerpo quien le abandonó a traición porque él quería seguir con la música.

Nacido en Praga en 1980, Rosicky vivió los años del telón de acero. En una entrevista para The Independent, el centrocampista rememoró sus años bajo el régimen comunista: “Había días  en que ibas a comprar fruta y hacías cola durante horas. Una manzana o a veces un plátano. Cosas que ahora das por aseguradas no las tuve hasta que llegó la Revolución”.

Aun con la falta de vitaminas, Rosicky fue premiado con toda la genética necesaria para convertirse en un atleta. Su madre, Eva, fue una gran jugadora de ping pong, mientras que su padre, Jiri, fue internacional con Checoslovaquia. Por otra parte, su hermano (quien ahora es su agente), tampoco tuvo una mala carrera. De hecho, era a Jiri a quien pretendía fichar el Sparta de Praga, pero el padre impuso la condición de que solamente se daría el traspaso si se llevaban a sus dos hijos.

Tomas debutó en liga con tan solo 17 años. En la misma temporada, ganó la primera de sus tres ligas con el Sparta de Praga. Con 18 ya había debutado en Champions League y, un año más tarde, fue convocado con la selección nacional. En enero de 2001 fue traspasado al Borussia Dortmund por una cantidad que rompió con los récords de la Bundesliga, pero que perfectamente reflejaba el status de uno de los centrocampistas más prometedores de Europa en aquel tiempo.

Su temporada de debut con los alemanes significó un título de liga y un segundo puesto en la Copa de la UEFA, donde el equipo de Dortmund cayó por 3-2 contra el Feyenoord. Los siguientes años, sin embargo, no fueron tan dulces. El club entró en una etapa de declive y no consiguió clasificarse para la Champions League en 2004. La prensa empezó a atacarle y terminó por describir esos años para The Independent como un “infierno”.

Su fichaje por el Arsenal fue anunciado en mayo de 2006, un mes antes de la Copa del Mundo. Venía de marcar siete goles en doce partidos en la fase de clasificación y empezó el campeonato siguiendo la misma tónica, aunque la selección checa no fue capaz de clasificarse para la ronda final tras perder 2-0 contra Ghana y luego ante Italia. Si los aficionados tenían alguna duda sobre su nueva adquisición, estas rápidamente fueron disipadas. Ya con Pavel Nedved retirado en agosto, Tomas asumió con naturalidad la capitanía del combinado nacional.

Fue un verano movido en las oficinas del Emirates: Arsène Wenger se deshizo de varios integrantes del equipo de los invencibles, y Ashley Cole, Robert Pirés, Sol Campbell, Dennis Bergkamp y José Antonio Reyes dejaron el club. En su lugar llegaron William Gallas, Julio Baptista y el propio Rosicky. De estilos diferentes, el fichaje del checo fue pensado para sustituir a Pirés, quien pidió el transfer request tras ser sustituido en la primera mitad de la final de Champions League.

Cuando los jugadores fichan con Wenger, remarcan el estilo de juego como uno de los atractivos del club. Es ya casi un ritual, aunque a ningún jugador se le ha visto tan sincero como a Rosicky. Sabía que el fútbol tiene música. Creía en el sistema y daba tanta importancia al juego como al resultado. “Pero el Chelsea es aburrido”, llegó a decir una vez.

Había veces en las que estaba en el terreno de juego y parecía jugar un nivel por encima del rival. Ya sea con un regate que deja sentado al defensa o con un cambio de ritmo, Rosicky era el jugador al que siempre acudía Wenger para subir el tempo. Jugador liviano, corría como si no confiara en sus músculos para que le mantuvieran en pie y, aun con su fragilidad, difícilmente saltaba después de una entrada, dejando a hombres más corpulentos en el suelo. No marcó demasiados goles para el Arsenal, pero para los pocos que hizo… ¡Oh Dios mío! Los aficionados del Arsenal tardarán en olvidar aquel tanto contra el Sunderland.

Tristemente, aun con todo su talento, ética de trabajo y amor por el club, Tomas Rosicky no estuvo el suficiente tiempo en el terreno de juego como para dejar un legado duradero. Es una frase dolorosa de escribir, pero en diez temporadas tan solo disputó 247 partidos. De acuerdo con la web Transfer Market, pasó más de 1300 días en la enfermería. Así que, al final, no es más que otro que se suma a la larga lista de “y si…” que lideran Abou Diaby y Eduardo da Silva. Cuando se retiró hace unas semanas, dijo que sentía que su cuerpo ya no era capaz de continuar con las demandas del juego. Aunque, siendo sinceros, la trágica verdad es que nunca pudo.

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