El tiempo del Tottenham
Un tardío gol de Lucas Moura inutilizó un gran gol de Dembelé, castigando a un Inter de Milán que se dedicó a especular cuando lo tenía todo para eliminar a los londinenses.

La puntualidad es un requisito indispensable en la sociedad inglesa. Llegar tarde es una falta de respeto. No es un tópico de esos que son más falsos que ciertos. Realmente es así. Si tardas, ofendes. En España hace gracia, incluso, si se pone la excusa adecuada. En Inglaterra no. Y el Tottenham llegó a tiempo, pronto según se mire. Disponía de tiempo suficiente para lograr el mismo resultado que el Inter. Entre ambos equipos andaba la Europa League. Al final, fueron los italianos los que se quedaron sin tiempo.

Tal y como se esperaba el Tottenham salió con todo y el Barça hizo rotaciones. Mauricio Pochettino alineó a su once de gala con la novedad de Kyle Walker-Peters en el lateral diestro por las bajas de Serge Aurier y Kieran Trippier. Por otra parte, sin querer hacer ningún favor a nadie, Ernesto Valverde realizó unos cambios muy suculentos para los intereses de los londinenses. El más tranquilizador: Leo Messi no iba a ser titular. Sí lo serían chavales jóvenes y otros con pocos minutos como Munir, Carles Aleñá, Juan Miranda, Thomas Vermaelen, Arthur Melo o Nelson Semedo. Solamente había cinco teóricos titulares y el mayor peligro de los azulgrana iba a estar en el díscolo Ousmane Dembelé, Ivan Rakitic y Philippe Coutinho. Todo compactado en un 4-3-3 muy vertical e imaginativo que iba a dejar muchos espacios a los talentosos jugadores del Tottenham, a quienes se les presuponía cierto control del encuentro con un 4-2-3-1.

Dembelé puede que se duerma y llegue tarde cada dos por tres. Pero ante la duda del rival siempre llega el primero. El galo madrugó para demostrar en los primeros minutos de juego que si no está Messi se puede confiar en él. Moussa Sissoko echó el pase de seguridad menos seguro posible al jugador más inseguro del Tottenham: el debutante Walker-Peters. El inglés no supo qué hacer cuando se vio con el balón, casi sin apoyos y con Dembelé llegando a toda pastilla. Así que no hizo nada. Solamente mantuvo la distancia con su par, que se echó el autopase y lo dejó atrás. Utilizando los dos pies. Sin dar pistas a los únicos dos defensores del camino que iba a tomar. Harry Winks se lanzó con todo en el área. Pero Dembelé se lo olía y frenó, dejando que el jugador Spur se deslizara sin remedio. Solamente quedaba Hugo Lloris para evitar el gol del Barça; pero después de tanta genialidad por parte del azulgrana era imposible que aquello no acabara subiendo al marcador.

Es muy complicado que el Barça no acabe marcando. El Tottenham sabía que tarde o temprano lo iba a hacer. Así que cuando se vieron por debajo en el marcador los chicos de Pochettino se quitaron un peso de encima. Y empezaron a jugar, a encontrar las debilidades de los azulgrana. Para colmo, el PSV marcaba en Milán, dando el pase virtual a los ingleses. El Tottenham necesitaba marcar, por lo que Heung Min Son aprovechó la poca vigiliancia de la defensa culé, centrada en Harry Kane, para coger las riendas de su equipo. El surcoreano, de hecho, fue quien llevó más peligro y protagonizó la ocasión más clara, a la que Jasper Cillissen respondió perfectamente. Los londinenses no podían relajarse. Su partido se jugaba en Barcelona pero también en Milán. Un gol del Inter los eliminaba de la Champions. Y pese a jugar con fuego iban a medio gas, mostrando apatía por buscar la portería azulgrana. A marchas forzadas también iba el Barça, más entendible, pero sin demasiado esfuerzo Coutinho se deshizo de tres defensas y envió el balón al palo. No podían decir lo mismos los Spurs.

Los jugadores del Tottenham celebran el agónico pase a octavos. (Clive Rose/Getty Images)

La pastosidad del Tottenham se fue diluyendo en la segunda parte. Como en esa boca al rato de salir del dentista. Los Spurs volvieron a sentirse la lengua, ya no sentían esa molestia llamada Dembelé y podían masticar con más fuerza que nunca. Lo hizo Eriksen y luego Son. Los de Pochettino encontraban los espacios con cierta facilidad gracias a los movimientos de ruptura y la versatilidad que siempre da jugar al primer toque. Las líneas barcelonistas cada vez estaban más juntas producto de la presión con balón del Tottenham. El dominio, las ocasiones, la profundidad. Todo pertenecía a los ingleses. Menos los goles. Y el tiempo, que corría cuesta abajo y sin frenos. Los dos únicos elementos que les faltaba para asegurar su pase a octavos sin tener que mirar a Milán. El fútbol, sin embargo, es puñetero. Y si puede ir en tu contra no se lo va a pensar dos veces. Gol del Inter obra de Mauro Icardi. Por lo que el Tottenham tenía a partir de ese momento un cuarto de hora para lograr empatar en el Camp Nou.

Se abrió un nuevo escenario para los ingleses. El menos deseado. Estaban virtualmente eliminados. Las prisas, la gestión de las emociones, la ansiedad de los minutos que pasan. Evitar querer librar la guerra uno mismo. Básico. Lucas Moura pudo igualar el encuentro con un testarazo mordido pero Cillissen salvó el gol justo encima de la línea. El brasileño, ansioso, se la volvió a jugar en la acción siguiente. Y en la siguiente de la siguiente, en la que se pidió penalti. El partido estaba roto. El Tottenham quería atacar pero no quería defender. Mientras, el Barça trataba de frenar el ritmo y encomendarse a la magia de Messi, que entró con media hora de juego por delante, para saltar un entramado defensivo inglés en el que cada vez había menos efectivos. Atacar atacaban todos, defender defendían los que podían. Fernando Llorente saltó al campo para quemar el último cartucho londinense. A la vieja usanza: todos al área y a ver quién es capaz de rematar. Entre todo esto Coutinho volvió a toparse con el poste.

Y volvemos al puñeterismo balompédico. Cuando el fútbol beneficia a alguien siempre tiene que fastidiar a otro. El Inter también jugaba en Barcelona. Los Neroazzurri se veían ya en la siguiente fase pero apareció Lucas Moura, el de la guerra por sí solo. Siete pases. Desde Lloris hasta el gol que clasificaría al Tottenham. Todo el campo sin que ningún jugador del Barça pareciera importarle. Harry Kane, el hombre más vigilado, se internó en el área, arrastró a dos defensores y se la cedió, no sin complicaciones, a un Lucas que estaba solo delante de Cillissen. Una vez sí, pero dos no. El brasileño, al fin, se impuso al guardameta holandés logrando certificar con mucho sufrimiento el pase de los ingleses a los octavos de la Champions League. Justo a tiempo, o pronto según se mire. 

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