El Wigan hace historia por segunda vez ante el Manchester City
En 2013, el Wigan derrotó al Manchester City en la final de Copa y descendió a segunda división tres días después. El duelo de octavos de final de 2018 se antojaba todavía más desequilibrado. Pero cuando el City está delante, este Wigan no entiende de lógica.

Unos diez metros en campo del Wigan, Ilkay Gundogan y David Perkins pugnan por un balón junto a la línea de banda. El jugador del Wigan acaba en el suelo pero el del City logra evitar la caída. El árbitro Anthony Taylor no señala nada y deja continuar la jugada. El balón sale rebotado en dirección a Kyle Walker, presionado por el sustituto Michael Jacobs. Walker decide entonces tomar una decisión arriesgada y, como el tiempo solo tardará unos segundos en demostrar, equivocada. Y, en última instancia, decisiva.

“El City se hunde entre las llamas”, “El City fuera de la Copa tras la expulsión de Delph”, “Sorpresa gigante, el Wigan acaba con el sueño de Pep”, “El Wigan de League One acaba con el sueño de ganar los cuatro títulos”. Incluso cuando gana, el pequeño no puede escapar a la alargada sombra del gigante. La interpretación de la realidad la dicta siempre el poderoso. El Manchester City dice adiós a la posibilidad de conquistar los cuatro títulos. El Manchester City suma solo su tercera derrota de la temporada (y una de ellas se produjo con los suplentes ante el Shakhtar Donetsk con el primer puesto de grupo de Champions League asegurado). Es solo la tercera vez que el Manchester City finaliza un partido sin marcar esta temporada (los otros fueron… Wolves y Crystal Palace). Pero aquí no deberíamos estar hablando del City, sino de su rival.

Walker toma la decisión de dejar pasar el balón. Pero no se ha dado cuenta de que, a su espalda, se encuentra Will Grigg, un delantero norirlandés que ha pasado toda su carrera en League One, el tercer escalón del fútbol inglés, a excepción de la temporada pasada en segunda con el Wigan. Grigg gana la carrera a Walker y controla el balón con su pierna izquierda. Un gesto técnico crucial en el desenlace de la jugada. Ese sutil contacto con el balón en carrera le permite colocarlo para su pierna buena, la derecha.

La victoria no fue elegante. No fue uno de esos días en que el pequeño se transforma en gigante por hora y media y compite de tú a tú. El Wigan se presentó en el DW sabiendo que era el pequeño y convencido de que su única vía para ganar era jugar como tal. Paul Cook ordenó a los suyos atrincherarse en su área y tratar de aprovechar el balón parado, el contraataque o un error puntual para hacer daño al mejor equipo de Inglaterra y, quizás, de Europa. Las herramientas del pequeño de toda la vida.

El Wigan acumuló solo un 17,5% de la posesión. Disparó cuatro veces contra la portería rival por las 29 del City. De esos 29 disparos, la defensa del Wigan bloqueó 17. Es decir, tres de cada cinco disparos del Manchester City acabaron encontrando la pierna, la cabeza, el muslo, el culo o la espalda de algún jugador del Wigan. En la recta final, los jugadores de los Latics defendieron la portería en cuerpo y alma. Pero sobre todo en cuerpo.

Aymeric Laporte y John Stones corren desesperados en dirección a su portería pero Grigg ya ha cogido una distancia que se antoja insalvable. Walker le pisa los talones pero el delantero norirlandés tiene la posición tomada. Se encuentra ya al borde del área. Los aficionados locales contienen la respiración. Claudio Bravo, consciente de que sus defensas no llegarán a tiempo, abandona la portería para reducir el espacio. Solo unos cinco metros le separan de Grigg, que atisba la salida del portero chileno mientras sigue concentrado en el balón.

Es el minuto 79. Para entonces hace ya rato que Fabian Delph ha tenido que abandonar el césped expulsado por una dura entrada que provocó un rifirrafe sobre el campo que se extendería al túnel de vestuarios un par de minutos después cuando Taylor señaló el final de la primera mitad. Ni Manchester City ni Wigan parecieron darse por enterados de la expulsión tras la reanudación. El partido continuó por los mismos derroteros y el diezmado Manchester City siempre pareció estar más cerca del gol que su rival.

Walker y Laporte están casi tocando a Grigg. El delantero ya está pisando el borde del área. No hay espacio para el regate y no habrá mejor ocasión que esta. Grigg no duda. Sabe que chutar es su única opción. Así que lo hace. Con el interior de su pierna derecha. Aunque se lanzan al suelo para interceptar el balón, los dos jugadores del Manchester City llegan tarde. El balón ha abandonado el pie de Grigg en dirección a portería. Solo Bravo se interpone ya en su camino hacia el fondo de las mallas.

En 2013, estos dos equipos disputaron una de las finales de Copa más desequilibradas de la historia. El City se presentó plagado de estrellas, con Yaya Touré, Carlos Tévez, Sergio Agüero o David Silva a la cabeza. Las probabilidades de victoria de los Latics eran mínimas. Sin embargo, se impusieron por 1-0 gracias a un gol del sustituto Ben Watson en el último minuto. Tres días después, a solo unos kilómetros de Wembley, en el Emirates, el Wigan certificó matemáticamente su descenso a segunda división al caer 4-1 ante el Arsenal. Desde la final de 2013, el Manchester City ha ganado una liga, va camino de ganar una segunda y ha disputado unas semifinales de Champions League. En el mismo periodo de tiempo, el Wigan ha vivido tres descensos y un ascenso que le han llevado de la Premier League a League One.

El balón no sale con fuerza pero sí colocación. Bravo se estira a su izquierda para detener el disparo cruzado de Grigg. Parece que lo puede lograr. Pero el balón bota justo antes y pasa por encima de su guante. El esférico rueda ahora sin obstáculo por delante hasta alojarse en el lateral interior de la red. El estadio estalla. El banquillo local salta.

Los últimos minutos fueron una sucesión de disparos lejanos y centros laterales del Manchester City. Pero el Wigan no estaba dispuesto a desperdiciar su ventaja y menos en lides en las que es experto. Entre cánticos de “Will Grigg’s on fire” transcurrieron los minutos hasta el pitido final de Anthony Taylor. Se produjo la inevitable invasión de campo, durante la cual un descerebrado local provocó un altercado con Sergio Agüero. Detalles sin importancia. El Wigan había reeditado su gesta de 2013. Esta vez no desembocará en un título pero los Latics nos recordaron una vez más que en el fútbol todo es posible. Que un equipo que perdió 3-1 hace dos semanas contra el Southend ante 7600 personas sea capaz de derrotar a un favorito a la Champions League. Que un equipo confeccionado con 1,4 millones derrote a otro que ha costado 400. Que donde fracasaron Manchester United, Nápoles, Arsenal, Tottenham o Chelsea triunfe el Wigan. Solo hay una condición: hay que estar dispuesto a renunciar a la lógica, a burlarse de los límites impuestos desde dentro y desde fuera, no creer a los que dicen "es imposible". Porque no lo es, como demuestra el Wigan cada vez que ve una camiseta del Manchester City enfrente.

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