Escocia, la Premier League y aquel gol de Gascoigne
Este viernes, Inglaterra y Escocia se enfrentarán por 113ª vez. Wembley vivirá una nueva edición de la rivalidad internacional más antigua del fútbol mundial. Desde su primer empate sin goles en 1872 hasta hoy, este choque ha vivido muchos capítulos. Pero pocos tuvieron la trascendencia histórica del de 1996.


Casi 150 años después de su primer enfrentamiento, Inglaterra y Escocia se vuelven a ver las caras. Dos naciones vecinas que no siempre han mantenido relaciones amigables y que ocupan una comunidad de propietarios que está a punto de saltar por los aires. Eso si los escoceses no se mudan antes a otro barrio menos insular y más europeizado...

Las sucesivas ediciones del duelo de este viernes han marcado la historia de las dos selecciones. Desde el de 1872 en Glasgow, que inauguró el fútbol internacional, pasando por los "Wembley wizards" escoceses que infligieron un 1-5 a los locales en 1928, hasta el 9-3 de los ingleses de 1961 con hat-trick de Jimmy Greaves. O aquella vez, en 1967, en que los escoceses ganaron 2-3 en Wembley y se autoproclamaron campeones del mundo por haber vencido a la vigente poseedora del cetro europeo. Pero pocos de esos duelos tuvieron la trascendencia histórica del de 1996.

Para comprenderlo, es necesario remontarse en el tiempo una década. Corren los años 80 y el fútbol se ha convertido en un deporte de delincuentes. Las tragedias de Heysel y Hillsborough han demonizado a los aficionados al fútbol y les han colocado en el punto de mira de los medios de comunicación y la sociedad en general. En 1985, tras el incendio de Bradford, otra de las tragedias que marcaron la década negra del fútbol inglés, The Sunday Times describió al fútbol como "un deporte barriobajero jugado en estadios barriobajeros presenciado por personas barriobajeras que disuaden a personas decentes de acudir a ver los partidos". Ese era el sentir general en aquellos años, en que Margaret Thatcher llegó incluso a plantearse la posibilidad de implementar tarjetas de identificación para los aficionados al fútbol para entrar en los estadios.

Pero entonces llegó el Mundial de 1990 y la selección inglesa de Sir Bobby Robson encandiló a todo el país. El habilidoso Peter Beardsley, el goleador Gary Lineker, el elegante Chris Waddle y, por encima de todos ellos, la estrella de Paul Gascoigne engancharon a los aficionados patrios y, sobre todo, convencieron a los más reticentes de que el fútbol podía ser algo más que un pasatiempo de maleantes. Las lágrimas de Gazza en la semifinal ante Alemania al ver la tarjeta amarilla que le habría impedido disputar una hipotética final ablandaron el corazón del país y allanaron el camino para la creación de la Premier League.

"El éxito de la selección inglesa en 1990 fue la plataforma sobre la que construimos la liga", confesaba recientemente Jon Smith, un agente histórico en el fútbol inglés que participó en la creación de la Premier League tal y como la conocemos actualmente. Sin embargo, el arranque no fue sencillo. En 1992, la selección inglesa fracasó estrepitosamente en la Euro de Suecia, de la que se fue sin ser capaz de ganar un solo partido. El reinado de Graham Taylor culminó tras fracasar de nuevo en su intento por conducir a la selección al Mundial de 1994.

El impulso propiciado por la participación de los Three Lions en 1990 que había desembocado en la creación de la Premier League (más otros factores, por supuesto) se había prácticamente interrumpido en seco solo seis años después. La reticencia y el rechazo ante la organización de la Eurocopa de 1996 en suelo patrio se extendieron como la espuma por todo el país, hasta el punto de que, cuando arrancó la competición, incluso los aficionados más acérrimos dieron la espalda a la selección. El empate ante Suiza en el partido inaugural no hizo más que confirmar ese pesimismo. Pero Terry Venables y sus muchachos lograron, igual que había hecho Robson en 1990, volver a enganchar a sus compatriotas.

El segundo encuentro de los Three Lions les enfrentó a Escocia, que había debutado también con empate ante Países Bajos. El partido era crucial para ambos. Tras una primera parte tensa, Alan Shearer adelantó a Inglaterra con un remate de cabeza impecable tras centro de Gary Neville. Tras el gol, Escocia subió la presión. David Seaman evitó un gol de Gordon Durie que parecía cantado y, minutos después, el propio Durie provocó un penalti claro que parecía poner el empate en bandeja para los escoceses. Pero Seaman se erigió una vez más en el héroe local evitando que el potente lanzamiento de Gary McAllister acabara en el fondo de las mallas. Cuando peor lo estaba pasando Inglaterra, llegó el momento que decidió el partido y marcó el fútbol inglés durante una década.

Un lanzamiento lejano de portería de Seaman cayó a los pies de Teddy Sheringham, que cedió a Darren Anderton en banda. El balón acabó llegando a Paul Gascoigne. Colin Hendry, estafado por el amago y posterior sombrero de Paul Gascoigne, vio desde el césped cómo Gazza empalmaba al fondo de la red el 2-0. No solo fue el gol de decidió el partido y catapultó a los ingleses (que golearían acto seguido a Países Bajos por 4-1 y acabarían cayendo en semifinales en la tanda de penaltis ante Alemania, exactamente como seis años antes) en el torneo. Fue un momento mágico que permitió al fútbol inglés enterrar definitivamente un doloroso pasado y encarar con decisión un futuro que hoy es presente.

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