Europa no compra faroles
El Manchester United, tiempo atrás odiado por jugar con todos los ases en su mano, especuló contra el Sevilla y confió en que otros noventa minutos sin goles le llevarían a los cuartos de final de la Champions League. Adoptó el papel de equipo menor en la forma y el fondo, y se vio sin plan B cuando todo se vino abajo. Y es que no son ni la competición ni el club apropiados para jugar al despiste.

"El escudo pesa mucho en la Champions League". El Tottenham se hartó de escuchárselo al mundo entero en tono compasivo tras su eliminación hace días contra la Juventus. Ese valor intangible que se concede a la experiencia de un club en Europa es capaz de explicar derrotas cuando la razón no es suficiente, pero mal empleado es una condena hasta para el más veterano. Ante el Sevilla, el Manchester United se convenció de que el emblema que lleva cosido en el pecho estaría por encima de vender su alma al dogma del 0-0. Y ni el Diablo es para tanto.

El United no es un club querido más allá de su hinchada porque no hay método más efectivo para sumar enemigos que superarlos a todos. Los Busby Babes hicieron que ganar pareciera un juego de niños, con George Best las victorias fluían como un estribillo de los Beatles y fue Sir Alex Ferguson quien decretó que a los Red Devils modernos nadie los tosería sin pedir disculpas después. Al Manchester United siempre se le ha odiado por jugar con todos los ases en la mano y alguno más en la manga, no por tirarse faroles y esperar a que las apuestas grandes fueran un acto de valentía de su rival. José Mourinho, sin embargo, optó por coquetear con la especulación en el peor día y escenario: un martes 13 en el mayor torneo continental.

El técnico portugués, que sigue mirando a sus Copas de Europa con Porto e Inter como si los métodos de entonces no caducaran, volvió a ser víctima de su propio pragmatismo. Ser práctico ha devuelto a la institución a los puestos nobles de la Premier League, pero cuando se trata de la Champions no tener un plan B significa perder la guerra. Con una plantilla de coste multimillonario, confió en que el giro de guión a su favor lo diera la prórroga y no sus jugadores: sería la ausencia de goles en vez de su abundancia lo que los llevaría a los cuartos de final. Y es que no hay nada que le guste más a Mourinho que sobrevivir al borde del acantilado con un estilo impopular para después llevarse el índice a los labios mientras mira a sus críticos. El problema de instalarse en el límite es que la línea entre el triunfo y el fracaso suele ser tan frágil que se rompe si se pone a prueba su resistencia.

A pesar de que el partido sin goles de la ida estuvo totalmente supeditado a la capacidad de David de Gea para ser un muro humano, el equipo mancuniano ni siquiera amagó en la vuelta en casa con discutir el control del ritmo al Sevilla. Los visitantes tuvieron enfrente a un rival limitado a nivel futbolístico —el doble pivote formado por Nemanja Matić y Marouane Fellaini fue toda una declaración de intenciones defensivas— y psicológico —constantemente perseguido por el peligro de encajar un gol que significaría tener que marcar dos—, lo que les quitó presión de encima para llegar serenos a la recta final y golpear hasta dos veces en el punto de no retorno que marca el reloj a partir del minuto 70. Dar entrada a Anthony Martial y Juan Mata después del primer gol, obra de Wissam Ben Yedder en el 74, fue como comprar balas sin tener pistola. Segundos después era incluso lógico que Ben Yedder volviera a anotar ante un equipo que, tras las sustituciones, estaba perdido en un limbo entre el fútbol defensivo que había planeado antes de los goles y el ofensivo que por obligación tuvo que intentar llevar a cabo tras perder su imbatibilidad.

Lo peor tras ser eliminados en octavos de final por un contrincante infinitamente inferior en palmarés, experiencia y presupuesto fue comprobar que el papel de equipo pequeño que adoptaron no sólo estaba escrito en la forma, sino también en el fondo. "Me senté en esta silla con el Porto y eliminé al Manchester United; me senté en esta silla con el Real Madrid y eliminé al Manchester United, así que esto no es algo nuevo para el club", dijo Mourinho en la rueda de prensa posterior. La entidad a la que se refiere el luso no ha sido durante décadas el Manchester United, sino el puto Manchester United: una institución sin piedad a la hora de hundir rivales para establecer su imperio ganador en Inglaterra y un candidato por derecho propio a la corona nacional y continental. Pretender normalizar el fracaso en un club así es querer cerrar los ojos ante la historia de Old Trafford.

Mourinho es consciente de que sus servicios se contratan para transformar radicalmente el presente de un equipo. Sabe qué producto vende y no es uno orientado al futuro a largo plazo, sino centrado en despertar el gen ganador en un proceso contrarreloj. Si hoy el Manchester United es un club conformista con un 0-0 y blando en el análisis de una eliminación tan dolorosa a pesar de la inversión realizada, quizá hasta los mantras del propio técnico necesiten una revisión.

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