FA Cup 1972: El Hereford saborea la gloria

El 5 de febrero de 1972, Hereford, una ciudad de postal, con su puente medieval y su catedral, situada en el corazón de la Inglaterra profunda, colindante con Gales, presenció quizás el mayor "cupset" de todos los tiempos.

Por Juan Antonio Parejo | 12/06/2013 Hereford
No son pocas las veces en las que disertamos sobre el significado real de la victoria, tanto en el fútbol como en la vida. Balompédicamente hablando, bien pudiera parecer patrimonio de los grandes o los poderosos, alejados de los pequeños clubes de pueblo o de barrio, en las antípodas de los focos y las cifras astronómicas. Unas realidades que a su manera y dentro de esa intrahistoria que define Unamuno, ayudan a construir y a expandir la dimensión del deporte rey de una punta a otra del planeta. Pero unas realidades que también pueden conocer el sabor del éxtasis de la gloria sin llegar a jugar en grandes escenarios. Vayamos a un ejemplo muy concreto. Viajemos hasta el corazón de la Inglaterra profunda, colindante con Gales, hasta Hereford. Una ciudad de postal, con su puente medieval y su catedral, un reclamo para los que quieren turistear por Inglaterra y desean descubrir que en efecto, más allá de Londres, las playas de Brighton, Liverpool, los pubs de Leeds y la escena de Manchester también hay vida. Una ciudad que en 1972 conocería quizá, el mayor “cupset” de todos los tiempos.
Por aquellos años, Malcolm McDonald junto al central escocés Bobby Moncur lideraban a un gran Newcastle, al que le tocó en suerte jugar en tercera ronda de la FA Cup contra el modesto Hereford United, por aquel entonces en la Southern League (equivalente a la actual Conference, es decir, la quinta división inglesa). Es decir, un equipo no profesional, sin nombres, salvo el entrenador y mediocentro a partes iguales Colin Addison, conocido en España por haber entrenado al Atlético de Madrid, Cádiz o Celta de Vigo. Modestos pero molestos para las urracas, sorprendentemente incapaces de deshacerse de los sureños que arrancaron un empate en St. James' Park y forzaron el consecuente replay, pese a que al cuarto de hora ya ganaban por 2-1 gracias a dos goles de Supermac. El desempate, pospuesto tres veces, se jugaría en Edgar Street el 5 de febrero de 1972. Una fecha grabada a fuego en la memoria y en la historia de los “bulls”. Un partido que vendría calentito por las arrogantes soflamas de McDonald, quien confiaba en un fácil triunfo ante un conjunto menor. Olvidó que en el fútbol se juega once contra once y que aquel día, obedeciendo al axioma de Gary Lineker, ganarían los que vestían como Alemania.
Una cuarta parte de la población de Hereford se abarrotaba aquella tarde en las gradas del pequeño Edgar Road. Recordemos nuestras coordenadas espacio-temporales: fútbol inglés y años 70. Que vienen a significar campo embarrado, pierna fuerte, balones largos y fuera adornos. Nadie dijo que el Newcastle de Joe Harvey fuera a ganar con facilidad, pero tampoco nadie esperaba la tenaz y numantina resistencia de los del Herefordshire, traducida en un cero a cero al descanso y las espadas en todo lo alto. Tras la reanudación, cualquiera que no fuese hincha de los “bulls” habría apostado a que las fuerzas del Hereford irían en deceso. Ni mucho menos, sino que apoyados en el extremo Billy Meadows y el sutil Ronnie Radford, los de Colin Addison continuaron acechando el marco de Willie McFaul, el guardameta norirlandés del Newcastle. Los corazones de los hinchas locales también rondaron el infarto, con una doble ocasión saldada con dos largueros tras un rechazo en la cabeza de John Tudor y un disparo seguido de McDonald. Pero ni por esas las urracas eran capaces de hacer hincar la rodilla a los toros de Hereford. Hasta que a falta de ocho minutos, un centro de Viv Busby lo remató a la red el melenudo McDonald (sus generosas patillas por cierto, dignas de haber sido expuestas en el British Museum). La suerte parecía estar echada.
Parecía, porque apenas cuatro minutos después el medio Ronnie Radford recuperaba un balón de entre el barro y avanzó sobre él como si fuera un cisne. Combinó con el recién salido Ricky George y la puso en la escuadra. Igualada y la multitud invadió el césped en lo que era el milagro de sus vidas. El modestísimo Hereford United iba camino de forzar la prórroga ante el poderoso Newcastle. Pero aún habría más. A falta de cinco minutos para la conclusión del primer acto de la prórroga, el canterano del Tottenham y suplente aquel día Ricky George, ante el cansancio de la zaga “magpie”, recibió en la frontal del área, se giró y la puso rasa al palo de McFaul. Dos a uno y la multitud que volvía a invadir el tapete, echados en los brazos de la más absoluta euforia y de la incredulidad, totalmente fuera de sí. El resto del tiempo extra fue un quiero y no puedo de las urracas, que volvieron a ver cómo tras el pitido final las gradas se vaciaba de la muchedumbre que las poblaba, ahora en el césped, presa de la locura y la alegría más pura. El partido de todas y cada una de sus vidas. Un cuento de hadas en los que ahora ellos, jugadores e hinchas, eran los protagonistas.
Poco importó que en la siguiente ronda el West Ham de Bobby Moore les eliminase tras, eso sí, forzar de nuevo el replay. En cualquier caso, una victoria épica, inolvidable para todos aquellos que presenciaron o jugaron el partido contra el Newcastle. Una hazaña descomunal, probablemente cubierta de polvo dentro de las historias del fútbol inglés. Pero piensen un momento en Sheringham, Beckham, Giggs, Keane y compañía en aquellos últimos dos minutos locos en la final de Barcelona contra el Bayern. La apoteosis, el éxtasis desatado tras haber roto todos los diques imaginables de la cordura y la probabilidad, que quedan reducidas a añicos. Lejanos en el tiempo, en el espacio y por supuesto en la dimensión, de igual manera debieron sentirse los chicos de Addison aquel 5 de febrero de 1972. Y es que el sabor de la victoria y la gloria, aunque solo se paladee una vez en la vida no es patrimonio de nadie, sino que pertenece a grandes y pequeños, sin clases ni distinciones. Los renglones escritos en este artículo pretenden un homenaje a todos esos héroes anónimos que pudieron gozar de instantes parecidos y que han quedado relegados al mayor de los silencios. No así aquel Hereford United, cuyo logro jamás será olvidado.
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