Jack Wilshere quiere romper las cadenas
Jack Wilshere ha entrado en su último año de contrato con el Arsenal. Una carrera contrarreloj para prolongar su estancia en el norte de Londres y evitar que su trayectoria emprenda un declive definitivo hacia ninguna parte.

Orson Welles alcanzó la fama instantánea con su adaptación radiofónica de “La guerra de los mundos” de H. G. Wells en 1938. Solo tres años después revolucionó la historia del cine con su primera película, “Ciudadano Kane”. Cuando la película se estrenó, Welles tenía solo 26 años. Con la notable excepción de “Touch of evil” en 1958, el genio estadounidense jamás sería capaz de igualar los méritos artísticos de su juventud. Muchos han sido los genios precoces en la historia del arte que se apagaron prematuramente (no, Macauley Culkin no entra en esa categoría; ni es un genio ni lo que hace puede ser considerado como arte). Quizás las enormes expectativas generadas en la juventud representan una carga tan pesada que lastran al artista en su madurez. O tal vez la excelencia de sus primeras obras le desanima para volver a alcanzar esas cotas.

En septiembre de 2008, Jack Wilshere se convirtió en el debutante más joven de la historia del Arsenal en liga, cuando sustituyó a Robin van Persie en los últimos minutos de un encuentro ante el Blackburn en Ewood Park. Wilshere tenía entonces 16 años y 256 días. Antes de que ese 2008 se extinguirá, el joven Wilshere ya había debutado en liga y en Champions League, y había marcado en partido oficial con el Arsenal (en la Copa de la Liga ante el Sheffield United). La precocidad a nivel de club no tardó en replicarse en la selección inglesa, donde debutó con 18 años y 222 días, lo cual le convirtió en el décimo debutante más joven de la historia de los Three Lions en aquel momento.

Tras seis meses cedido en el Bolton Wanderers en Premier League, la carrera de Wilshere alcanzó su cénit en la temporada 2010-11, en que formó un sólido doble pivote en la medular del Arsenal junto a Alex Song que le valió el premio de la asociación de futbolistas profesionales (PFA, por sus siglas en inglés) al mejor jugador joven de la temporada en Inglaterra. Wilshere tenía entonces 19 años.

Si en el caso de Orson Welles fueron sus ansias de independencia de los grandes estudios y su carácter indomable los que provocaron su pronto declive, en el caso de Wilshere fueron las lesiones. En el verano de 2011, apenas dos meses después de completar la mejor temporada de su vida, Wilshere se lesionó el tobillo en un amistoso de la Emirates Cup ante los New York Red Bulls. Como es práctica habitual en el Arsenal, el club y Arsène Wenger relativizaron la gravedad de la lesión y se limitaron a informar periódicamente de que la recuperación iba por buen camino sin dar plazos precisos. La temporada finalizó sin que Wilshere pudiera disputar ni un solo minuto.

Lo realmente desquiciante de las lesiones es que cada una de ellas anticipa la posibilidad creciente de que se produzca otra futura. Y Wilshere no fue una excepción a esa norma. En 2014, una entrada de Daniel Agger le mantuvo varios meses apartado de los terrenos de juego tras dañarse el pie izquierdo. En noviembre de ese mismo año, permaneció tres meses en el dique seco a causa de una lesión de los ligamentos del tobillo izquierdo en una derrota por 1-2 ante el Manchester United en el Emirates. Pero lo peor estaba por llegar: durante la pretemporada de 2015, Wilshere se rompió el peroné durante un entrenamiento. Aunque el club emitió una previsión de baja inicial de un mes, el centrocampista inglés no reapareció hasta abril del año siguiente tras diez meses de baja. Para entonces, hacía tiempo que las esperanzas depositadas en él se habían desvanecido como la escarcha matinal ante los calores del mediodía de agosto.

Un duro revés para los aficionados del Arsenal, que siempre han protegido a Wilshere como si de su retoño se tratara. El jugador de Stevenage, una población situada apenas a 45 kilómetros del Emirates, se integró en la academia del Arsenal con nueve años y las expectativas depositadas sobre él fueron creciendo exponencialmente año tras año hasta alcanzar el primer equipo. Wilshere no tardó en convertirse en un favorito de los aficionados por su estilo combativo. Su dinamismo, su entrega, su sacrificio y su combatividad sobre el terreno de juego son una traslación perfecta de los sentimientos de los hinchas que pueblan las gradas. Wilshere representa como nadie a los aficionados. Es uno de ellos.

Jack Wilshere supera a John Terry durante su cesión en el Bolton Wanderers en 2010 (Jamie McDonald/Getty Images).

Pero, paradójicamente, esa combatividad es uno de los principales lastres de la carrera de Wilshere, tanto dentro como fuera del campo. Su expulsión ante el Birmingham tras una dura entrada sobre Nikola Zigic resume su estilo de juego, puntuado por tackles a ras de césped, aplaudidos en ocasiones como muestra de sacrificio y criticados en otras por su temeridad. Pero esa agresividad no se plasma exclusivamente con el balón por medio. En diciembre de 2013, Wilshere fue sancionado con dos partidos tras realizar un gesto insultante ante el Manchester City. La federación tuvo que reprobarle de nuevo tras proferir un cántico ofensivo contra el Tottenham, acérrimo rival de los Gunners, tras la consecución de la FA Cup de 2015.

Si las lesiones pueden achacarse a su estilo agresivo y a un físico frágil, el comportamiento de Wilshere fuera de los terrenos de juego es solo atribuible a sus propias decisiones. En febrero de 2015, el jugador inglés apareció en una foto de Instagram con una shisha en la mano en un local nocturno londinense. Una nimiedad si no fuera porque para entonces ya estaba lloviendo sobre mojado. Dos años antes fue fotografiado fuera de una discoteca de la capital con un cigarrillo entre los labios y en 2014, poco después de la eliminación de la selección inglesa de la Copa del Mundo, fue captado de nuevo fumando en una piscina en Las Vegas. La vida familiar de Wilshere, que tiene dos hijos de su exnovia, y algún turbio episodio nocturno, como cuando escupió a un taxista por llevar una gorra del Tottenham, acabaron de darle la munición necesaria a los tabloides ingleses para dilapidar prematuramente la carrera del jugador inglés.

Camino de los 26 años, con un largo historial de lesiones en sus piernas y un fallido intento de resucitar su carrera en Bournemouth, la esperanza de que un día Wilshere alcance las cotas a las que parecía destinado en su juventud se antoja cada vez más lejana. Sus actuaciones en la Europa League esta temporada han sido prometedoras, tanto que convencieron a Arsène Wenger de concederle unos minutos en la recta final de la victoria por 2-5 ante el Everton del pasado domingo. Es un pequeño paso pero que constituye una prueba más de la confianza que el técnico alsaciano sigue manteniendo en Wilshere. El técnico alsaciano estaba en la grada en marzo de 2008, cuando el jugador inglés marcó un gol memorable ante el West Ham en la liga de reservas. Aquel día, Wenger comprendió sin atisbo de duda que tenía un centrocampista internacional en potencia entre manos.

Quizás de ahí la resistencia del francés a dar por perdido a Wilshere. Aunque acaba contrato el próximo verano y el club todavía no se ha movido para renovarlo, Wenger sigue manteniendo un hilo de esperanza en que Wilshere se acabe convirtiendo en el jugador que un día pensó que sería. Considerando que la posibilidad de que Santi Cazorla vuelva a enfundarse un día la camiseta del Arsenal se antoja cada día más remota, a Wenger le vendría como agua de mayo la recuperación de un centrocampista box-to-box como Wilshere, que podría formar dupla tanto junto a Granit Xhaka como Aaron Ramsey, los actuales titulares en la medular. Xhaka comparte con Wilshere la tendencia a la entrada y una agresividad que roza la temeridad, pero el rango de pases largos del suizo se complementaría a la perfección con la tendencia en corto del inglés. La belicosidad de Wilshere también encajaría como anillo al dedo con las características de Ramsey, un jugador fino y con llegada pero acusado de frío en ocasiones.

Wilshere tiene siete meses por delante para prolongar su carrera en el Arsenal y, por qué no, ganarse un puesto en la selección inglesa que viajará a Rusia este verano. Pero para eso deberá romper las cadenas que han atenazado su crecimiento: una vida desordenada, su propensión a las lesiones y una agresividad mal entendida. Si lo logra, Wenger habrá cerrado uno de sus mejores fichajes de los últimos años y, sobre todo, podrá por fin dormir tranquilo sabiendo que recuperó para la causa a aquel adolescente que con 16 años prometía comerse el mundo. Como un padre que logra devolver al redil al hijo rebelde cuyas insanas costumbres han llevado por el mal camino.

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