Jamie Vardy, un príncipe azul para Inglaterra

Gracias a sus diez goles en liga esta temporada, Jamie Vardy se ha convertido en la sensación de la Premier League. Sus goles han catapultado al Leicester hacia la zona alta de la clasificación y le han valido la convocatoria de Roy Hodgson.

Por Sergio Arias | 24/10/2015 Jamie Vardy
Jamie Vardy celebra un gol
"Cuando se es joven, se es joven para toda la vida". El multidisciplinar artista español Pablo Picasso definía en esa frase la edad como un estado mental y no físico. Observamos cada año pasar con la acuciante mirada puesta sobre una gotera que contemplamos maniatados mientras las gotas se desprenden lenta pero inexorablemente del techo. No obstante, hay personas que rigen su vida bajo el mandamiento de Picasso. Tras debutar con una selección históricamente tan reputada como la inglesa a los 28 años de edad, Jamie Vardy (Sheffield, 1987) puede ser una de ellas. No sólo eso. El atacante del Leicester City es actualmente con nueve goles el máximo goleador de la Premier League inglesa, es decir, de la competición popularmente más seguida y competida del mundo.
El fútbol son historias. Experiencias que se mantienen vivas en el imaginario popular mediante el relato. Y la de Vardy parece firmada por los hermanos Grimm. Cuando era joven, Jamie probó suerte en uno de los equipos de su localidad, el Sheffield Wednesday. A los 16 años, salió de allí con rumbo al Stocksbridge Park Steels. Tras anotar 66 goles en 107 partidos desde 2007 a 2010, Vardy fichó por el Halifax Town (que militaba en la Northern Premier League, la 6ª división inglesa). Después de marcar 27 goles en su primera campaña y ganar el premio al mejor jugador del año entregado por el propio club, Vardy firmaría con el Fleetwood Town en agosto del 2011. 31 dianas ligueras después, cerraría su traspaso por el Leicester City en mayo de 2012, entonces equipo de The Championship (2º categoría inglesa) por una cifra récord de 1 millón de libras. En 2014, levantaría el título de campeón liguero que suponía el ascenso a primera división con los foxes y en junio de 2015, debutaría con los pross de la mano de Roy Hodgson. De 5º división inglesa a Wembley en apeñas cuatro años.
Vardy es ese desaliñado cantautor que comienza repartiendo su maqueta en la calle y acaba llenando el Royal Albert Hall. Los monótonos ladrillos como arquetípicas unidades básicas de la arquitectura inglesa fueron entonces su audiencia. Ahora, lo son los 90.000 espectadores de Wembley. Esta historia no está recogida en un añejo tomo apergaminado que amenaza con desquebrajarse. No obstante, cada página escupe polvo de hadas. Sólo que en esta ocasión, un coche de alta gama fue la calabaza que sustituyó al automóvil del empleado de una factoría de fibra de carbón. Su mujer e hija (ahora están esperando la segunda) son esa diminuta pero crucial mota del suelo que observamos cuando realizamos ejercicios de mantener el equilibrio.
Los registros que maneja Vardy sobre el campo son los del delantero moderno. Un atacante rápido, acertado en la definición y con ese trabajo defensivo tan de ‘9’ de equipo atribulado que no suele tener tiempo para disfrutar con lo que hace. Es por tanto un futbolista tanto de área como de caer a los costados para recibir el balón o simplemente despejar la zona central del campo para ser aprovechada por sus compañeros de segunda línea. Esa elasticidad en sus apariciones permiten al italiano Claudio Ranieri, su entrenador en el Leicester, disponer hasta a tres jugadores de movimientos dinámicos (Okazaki, Mahrez y en menor medida por su rigidez Albrighton) a su alrededor y logró incluso que mediocentros como el Esteban Cambiasso de la temporada 14-15 marcasen tras ser activados por el propio Vardy. En la selección inglesa, no innovará las aportaciones de otros jugadores como Danny Ings que además de tender a la movilidad posee un destacable remate de cabeza, ni poseerá la comprensión del juego y complejidad de repertorio de Kane o Rooney o la extraordinaria velocidad de Walcott para atacar espacios y acelerar las jugadas. No obstante, simplemente por madurez y estado de forma, el príncipe azul de este cuento de hadas llamado vida debería seguir asistiendo a recitar versos bajo el balcón de la damisela Inglaterra.
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