Joey Barton, una apuesta perdedora
Tras más de una década construyéndose su propia fama de ‘bad boy’ por méritos propios, la carrera de Joey Barton parecía cobrar más sentido futbolístico que nunca cuando disfrutó el pasado año de su mejor temporada en el Burnley. Pero su apego por la inestabilidad, una fama demasiado pesada y el mundo del juego han acabado por dinamitar su sueño de una segunda juventud.

Cada vez que veo a Joey Barton con la camiseta del Burnley dando patadas al balón –o a una tibia rival, según convenga– recuerdo cuando, unas semanas atrás, pregunté en Escocia a un aficionado del Rangers por él. Suspiró, negó con la cabeza y mirando resignado al suelo se acordó de la madre de Joey, una de las progenitoras más agraviadas en la historia de los campos de fútbol británicos sólo por el mero hecho de haber parido a su polémico hijo. Días antes de aquello, Barton había sido suspendido por los gers tras saltarse la vía diplomática en una discusión con sus compañeros durante un entrenamiento.

Me llama poderosamente la atención su tendencia a derruir lo construido. Su carrera ha sido una constante pelea contra su alrededor. Si pudiese liarse a puñetazos con su propia sombra, probablemente también lo haría culpándola de robarle su intimidad. Visto su pasado parecía que no le quedaban límites por transgredir, pero en los últimos tiempos, en una edad ya inmersa en la treintena, su trama de bad boy inglés ha dado volantazos impredecibles, algunos en la buena dirección. Había quien se preguntaba si había abrazado por fin la estabilidad en 2016. Pero Joey sigue saltándose los votos de ese matrimonio imposible. Y puede que ya no haya marcha atrás.

Si Barton no te ha llamado la atención jamás, no estás vivo. Válido es tanto el odio por sus canalladas como el amor hacia su indomable y para algunos atractivo macarrismo, pero algo has sentido por tu mera condición de hincha. Su vida de rebelde parece en constante necesidad de retroalimentarse con escándalos y salidas de tono para no perder su esencia. Nunca ha sido una estrella de la que presumir, pero a cambio ofrece a la prensa un perfil en el que volcar todas sus ansias de morbo. Porque en el fútbol no sólo los goles y regates dan audiencia, también los golpes que dejan moratón, los insultos y las polémicas. Guste o no, es espectáculo a pesar de lo grotesco. Y en ese arte Joey lleva siendo toda su carrera una presa de sí mismo.

Aireó ante todo Goodison Park su trasero tras un gol en el descuento jugando para el Manchester City. Con la camiseta del Newcastle United, a punto estuvo de poner la rótula de sombrero a Xabi Alonso e invitó a Torres a tener un violento encuentro con sus genitales. Dio un codazo a Carlos Tévez, propinó un rodillazo a Sergio Agüero y cabeceó a Vincent Kompany en cuestión de segundos defendiendo los colores del Queens Park Rangers. Y esto es sólo una rápida ojeada a su historial sobre los campos de fútbol, sanciones y multas aparte. Fuera de ellos, está fichado por la policía e incluso ha pisado la cárcel.

En 2012, vistiendo las rayas blancas y azules del Queens Park Rangers –su tercer equipo en la élite tras Manchester City y Newcastle–, el club londinense se hartó de su carácter y se negó a seguir apilando sanciones y multas apenas un año después de su fichaje. Lo apartó del tour veraniego por Malasia y sólo el Fletwood Town, de League Two (cuarta división inglesa) por aquel entonces, le abrió sus puertas para entrenar y disputar un amistoso. Para alguien que había pasado ya una década en la Premier League, aquello era un gancho directo al orgullo. Marchó a Francia en un exilio futbolístico de un año en el Olympique de Marsella, del que volvió con pocos amigos. Regresó perdonado al QPR, ascendió con los hoops en 2014 y vivió una temporada para el olvido en Premier League que culminó con el descenso en 2015 que aún lastra al club londinense.

Joey y su temperamento eran una condena para el Queens Park Rangers. Pero igualmente justo es decir que para los hoops era necesario como el comer un jugador predispuesto por naturaleza a encargarse del trabajo sucio que todos rechazan, sin despreciar por otro lado su decente capacidad de pase. Era un remedio que paliaba sufrimientos jornada a jornada, aunque ello implicara efectos secundarios traumáticos. No en vano, portó el brazalete de capitán porque en el vestuario él siempre era el primero en poner el pecho contra las balas. Luego, en el césped, era una moneda al aire.

En su última temporada con el QPR en la Premier vio siete tarjetas amarillas en siete jornadas consecutivas –récord en la historia de la liga–. Siempre decidido a escalar un peldaño más en su escala del dolor, coronó semejante racha con una roja directa al siguiente partido por agredir a Tom Huddleston, del Hull City. Aquello costó una derrota más al equipo, directo hacia el descenso que posteriormente se consumó. Su compañero Charlie Austin lo culpó de la derrota y dijo que la gente lo considera un villano “con razón”. Su entrenador, Chris Ramsey, sugirió que Joey recibiese ayuda psicológica para tratar la “gestión de sus enfados”. Semanas más tarde, los hoops cayeron a Championship y terminaron con el contrato de Barton.

Se resignó a aceptar que su crédito en la élite inglesa había expirado. Coqueteó con el West Ham, pero los hammers se pensaron dos veces pactar con el diablo. Y así, tras el portazo de la Premier, en el verano de 2015 apareció el Burnley, recién descendido a Championship pero ejemplar en su modelo: el club seguía confiando en Sean Dyche como entrenador. Si había sido capaz de ascenderlos en 2014, merecía el voto de confianza para volver a intentarlo. Los clarets vieron en Barton al guardaespaldas imprescindible para que una liga tan dura, larga y competitiva hasta la extenuación como la Segunda División inglesa no los pillara por la retaguardia.

Fue entonces cuando Joey, a sus 33 años, encontró su lugar en el mundo. La responsabilidad pesó más que sus tormentas internas. Y, en un equipo decidido a reparar su honor, él fue el motor. Ruidoso, humeante y de rudeza industrial, pero infatigable a pesar de lo acumulado en el cuentakilómetros. Barton siempre se ha considerado mejor jugador de lo que jamás ha demostrado, pero en Championship no se le cayeron los oros: conocía de sobra lo que implica mancharse en el barro tras su experiencia en el Queens Park Rangers y toda una vida dando más utilidad a los tacos que al empeine de la bota. Fue titular indiscutible, mariscal en el centro del campo de Turf Moor y completó sorprendentemente su primera temporada sin expulsiones en cuatro años. Los clarets cerraron el curso como campeones para regresar a la Premier, pero esta vez había que hablar de algo más que el colectivo: el excelente rendimiento de Barton fue premiado con el galardón al Jugador del Año en Championship.

El chico malo estaba de moda por hacer las cosas bien. Se hablaba más de sus carreras para robar un balón con esa estética cheposa tan suya que de peleas y sanciones. El Burnley regresaba a la élite con Joey Barton como estrella. Pero, ya sea por alergia a la estabilidad o porque legítimamente buscaba un nuevo reto, ignoró la propuesta de renovación del club para mirar al norte: había decidido jugar para el Rangers en la Premiership escocesa.

Inquilino entonces de una liga de menor caché que la Premier League y en unos gers opositando al trono perdido tras su forzosa refundación en favor del Celtic, Barton llegó como una estrella y encontró un club que se aseguró de poner una alfombra roja allí donde pisara. “No vengo aquí a bajar el ritmo con mis mejores días ya en el pasado. Vengo a ser el mejor futbolista del país”, dijo a su llegada a Escocia.

En uno de los mejores momentos de su carrera, el irracional y salvaje Barton volvió a apoderarse de Joey. Quiso correr antes de aprender a andar y se llevó una jarra de realidad servida bien fría. Pletórico por haber triunfado en Championship, la idea de ser recordado como el artífice del resurgimiento del Rangers frente al largo dominio del Celtic acabó pesando kilos de frustración. Estaba seguro de que bailaría bajo la lluvia de Escocia y terminó empapado de mierda.

El equipo no consiguió seguir el ritmo de su dictatorial rival blanquiverde, que otro año más ganará la Premiership sin despeinarse. El 10 de septiembre fueron despedazados en el Old Firm Derby con un 5-1 en Celtic Park. Barton, con la bayoneta afilada y el orgullo desmembrado, provocó una grave pelea en un entrenamiento posterior con varios compañeros y el entrenador, Mark Warburton, tras discutir sobre la humillante derrota. Tres semanas apartado del equipo como castigo. En pie de guerra con Glasgow entera –ese aficionado que abre este artículo fue un buen portavoz–, el Rangers decidió finalmente en noviembre que su relación contractual con el jugador había terminado. Sólo ocho partidos después.

Las desgracias nunca han pasado de una en una a la casa de los horrores de Joey. Por eso, pasados unos días de su salida de la liga escocesa, la Federación del país informó de que sancionaba a Barton con un partido tras haber descubierto que apostó en 44 partidos desde verano, práctica terminantemente prohibida para los jugadores. Quedaba así sin equipo y metido una vez más en líos dentro y fuera del campo: el bad boy no había desaparecido, simplemente se había tomado un descanso durante el año como claret.

Libre de contrato y esperando la llamada de algún club que quisiera jugársela con él, Barton recibió una llamada del único lugar en el que aún tenían motivos para confiar en sus cualidades: Burnley. Dyche seguía teniendo hueco para él en el equipo, aun habiendo aterrizado con envidiable estabilidad en la Premier League sin su ayuda. Pero, mientras ultimaban su incorporación, la Federación Inglesa destapó un escándalo aún mayor que el que arrastraba de Escocia: el bueno de Joey había realizado 1.260 apuestas en los últimos diez años. La capacidad de Barton para superarse a sí mismo en el juego del escándalo no tiene límite.

Sí, fichó por el Burnley a pesar de todo. Y desde entonces ha sido un peón importante para Dyche. Al equipo no le va mal y no sufrirá por mantenerse en la categoría salvo hecatombe, pero todos en Turf Moor saben que, si acaban hallando culpable y sancionando a Barton, su contrato durará menos de lo que tarda el Chelsea en ceder un canterano. A los 34 años y con un duro castigo por delante, sería el final de su carrera en Inglaterra.

Al fin y al cabo, ése es Barton hasta las últimas consecuencias. Se reinventó y disfrutó de su mejor año en el Burnley cuando parecía abocado a la desaparición, e incluso ha tenido la oportunidad en el mismo club de enmendar un traspiés como fue su paso por Escocia. Pero a los 34 años el pasado es dos veces pesado. Y, por todo lo que ha sido durante su carrera, Joey jamás podrá escapar de Barton. Quizás, ahora sí, llegue el epílogo de una trayectoria que siempre ha llevado por delante que las leyes están para romperlas. Esta vez, por meterse en el mundo del juego cuando él mismo es la apuesta menos segura.

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