Jugando a ser grandes
Jugar ante el Manchester City es igual a saberse perdedor desde el principio. Y el que no lo tenga claro, que se las vea con David Silva, Raheem Sterling, Kevin De Bruyne y Gabriel Jesús.

Lo mío con el Watford comenzó algo antes de la llegada de Quique Sánchez Flores a Herefordshire, concretamente en los playoffs de ascenso a la Premier League. Fue en una tarde-noche de mayo cuando un joven de apenas 14 años se interesó por aquel equipo de animalesco escudo y llamativos colores. Ascendieran o no, me prometí a mí mismo mantenerme fiel a ese conjunto, estar para siempre con esos chicos de las afueras de Londres. Y por suerte, ascendieron. Si os digo la verdad, si no hubieran ganado aquella final, dudo mucho que seguiría interesándome por ellos, la verdad.

Circunstancias de la vida, mi vínculo con aquella entidad amarillenta seguía cobrando fuerza. El calendario tachaba días y los fichajes en el Vicarage Road se sucedían. Recuerdo como si fuera ayer el fichaje de Miguel Britos, Valon Behrami o el del propio Etienne Capoue. Gente con cierta experiencia y jerarquía, de nivel medio alto, que venía a fortalecer un Watford bastante veterano pero sin demasiada experiencia en la élite.

Llegó entonces la contratación que confirmó todas mis creencias acerca de ese club. El 5 de junio de 2015, Sánchez Flores fichaba por el Watford FC en su vuelta a la Premier League. Aquello fue la guinda al pastel. Fue a partir de ahí cuando aun siendo ateo me hice creyente de una religión esférica: un soldado más del técnico español y sus hombres. Ha pasado tiempo desde entonces. Y con el inexorable paso del reloj, pasaron muchos jugadores y entrenadores. Hay quien ha tratado de imitarte, hay quien todo lo ha cambiado… Pero no hay nadie como Sánchez Flores. Ahora bien, tras este venazo poético, supongo que si habéis abierto esta pieza es para leer unas líneas sobre la final de ayer. Puede suponer una tortura para mi ser rememorarla, pero bueno, todo sea por vosotros.

Aun no tengo del todo claro que el deporte que ayer se practicara fuera fútbol. Al final de la contienda, aquello parecía más Wimbledon que Wembley. Será porque ambos empiezan con la misma letra. Con los onces de gala sobre el verde, los técnicos listos para dar órdenes y una grada pletórica por animar, una gran final se hacía presagiar. Y podría seguir soltando frases superfluas que inyecten júbilo en vuestras pupilas como: los mancunianos encontraron un oasis en medio del desierto, o como… bueno, vamos al partido que me vuelvo a ir por las ramas.

Ahora sí, ya me centro en el partido. Desde el primer minuto, Pep Guardiola comenzó a aglutinar a sus hombres en campo rival, poblando las bandas por mediación de los interiores y los extremos, y dejando que tanto Kyle Walker como Oleksandr Zinchenko se movieran por zona de interiores. Un clásico. Por su parte, al Watford solo le quedaba atacar en limitadas contras, y con una exigencia mayor que de normal. Así pues, corría el minuto 7 cuando llegó la primera ocasión más paladina del City. Riyad Mahrez se interna en el área rozando la línea de cal y filtra un peligroso pase atrás. Primer aviso a la zaga Hornet. Como primero fue el aviso de Roberto Pereyra a Ederson Moraes tres minutos más tarde. Plasmando la idea del míster sobre el verde, Gerard Deulofeu a una banda cayó -como la venda de España en Eurovisión- y desde allí al pasillo central la mandó. Qué hubiera sido de la final si al argentino le hubiera dado por picarla. Pues seguramente un 6-1. De todas formas, no me pagan por hacer suposiciones, por lo tanto, prosigamos con lo acontecido.

No fue el día del Watford, pero sí lo fue del Manchester City. (Alex Morton/Getty Images)

Heurelho Gomes me estaba poniendo de los nervios. El Watford jugaba a ser grande, y de tan grande que quería ser, se la jugaba en exceso. Como quien dice, el primer paso para mejorar es aceptar los puntos débiles de uno, y parece que Gomes no acaba de asimilar que no sabe darle al balón, ni que tampoco sabe blocarla. Sí, en efecto, estamos hablando de un guardameta que ha defendido el arco del Tottenham en la máxima categoría del fútbol inglés durante 5 temporadas. Niños y niñas de todo el planeta, nunca dejéis de soñar. Si un individuo como Gomes ha llegado a jugar en la Premier League, todo es posible. Si es que, cuando digo que el Watford necesita una renovación en defensa (o como diría Vicente Del Bosque “una dulce transición”), voy a tener razón y todo.

De esto que llegados al minuto 25, todo parecía bajo control hasta que un balón divido vuela de cabeza a cabeza pasando por Craig Cathcart, Raheem Sterling, Kiko Femenía y todo habitante del área Hornet. Entonces, David Silva remata de volea, abriendo así la lata -y valga la redundancia, vaya lata de partido vendría a continuación-. Lo que es el supuesto fuerte de este Watford, el juego aéreo, acabó siendo el preludio de su peor pesadilla.

Mientras mi subconsciente el refrigerio del descanso pedía, el segundo al luminoso subía. Por culpa de Gabriel Jesús y Sterling, el sufrimiento eterno resultaba y el resultado de eterno sufrimiento se avecinaba.  Y así, a la reanudación del encuentro, un gol tras otro llegaría. Primero sería Kevin Xe Bruyne en el 61´, luego llegaría Jesús y su llamadita a la provocación; y por último, Raheem Sterling su triplete firmaría. Set a cero y para casa con una sonrisa de oreja a oreja, que no estamos para quejarnos, sino para valorar. Esto es la culminación -o puede que el comienzo de algo más grande aún- de las bases del Watford moderno que Sánchez Flores asentó en el Vicarage Road. Brindemos por seguir jugando a ser grandes por muchos años más. Por ti, por mí, por el Watford. Desde siempre, y para siempre, contigo, Quique.

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