La apuesta de Bloom alza a las gaviotas hasta el cielo
Este lunes, el Brighton ascendió matemáticamente a la Premier League tras vencer por 2-1 al Wigan y el posterior empate del Huddersfield en Derby. El ascenso es la culminación de casi una década de trabajo bajo la dirección del dueño Tony Bloom.

Comprar el Brighton & Hove Albion en 2009 fue quizás la apuesta más arriesgada de la carrera profesional de Tony Bloom. Jugador de póker y apostador profesional, Bloom tomó las riendas del club con menos de cuarenta años dispuesto a honrar la herencia familiar: Su abuelo Harry fue vicepresidente del club en los años 70 y su tío Ray fue también directivo del club. En 2009, el Brighton no era precisamente la propiedad más codiciada en Inglaterra.

Lejos quedaba la época en que Brian Clough y Peter Taylor asumieron el control del equipo en tercera división tras proclamarse campeones de la liga de primera división con el Derby County apenas unos meses antes. Aquel breve periplo tuvo lugar a mediados de los años 70 y marcó el inicio de la época dorada del club, que ascendió a segunda en 1977 y a primera solo dos años después para disfrutar de sus únicas cuatro temporadas en la élite en toda su historia. El descenso a segunda de 1983 marcaría el inicio de un lento y constante declive que casi acaba con la desaparición del club.

A finales de los 90, solo un milagro evitó que el Brighton cayera fuera del fútbol profesional tras su ingreso en 1920. Dos temporadas consecutivas, 1996-97 y 1997-98, el Brighton acabó penúltimo en cuarta división y salvó el pellejo gracias a que en aquella época solo un club descendía a quinta división. Y esquivó la desaparición gracias a la presión de los aficionados, encabezados por Dick Knight, que forzaron la venta del club.

El propietario anterior, el polémico Bill Archer, había vendido Goldstone Ground, el que fuera el hogar del club durante más de nueve décadas, a unos promotores inmobiliarios, que demolieron el estadio en 1997. Sin hogar, el club se vio obligado a compartir Priestfield Stadium con el Gillingham, lo cual propició que sus aficionados tuvieran que desplazarse más de cien kilómetros para seguir a su equipo durante dos años.

Finalmente, las gaviotas, ya bajo la propiedad de Dick Knight, volvieron a Brighton para jugar en el Withdean Stadium, un estadio que tuvo que remodelar para amoldarse a los requisitos de capacidad de la Football League. Cuando Tony Bloom apareció por la puerta en 2009, el Brighton seguía jugando en Withdean y se arrastraba sin pena ni gloria por la tercera división, donde acabó en decimosexto lugar en 2008-09.

Bloom apostó fuerte por el club. Impulsó la construcción del estadio de Falmer, rebautizado luego AMEX por motivos publicitarios, que se inauguró finalmente en 2011 con capacidad para 30 000 personas. Para entonces, el club ya estaba en segunda división después de que Gus Poyet guiara al equipo al ascenso en la temporada 2010-11 tras proclamarse campeón.

AMEX Stadium (Mike Hewitt/Getty Images).

Pero Bloom no estaba dispuesto a detenerse ahí. Sabía que el premio gordo estaba en el siguiente escalón. Así que dobló su apuesta. Siguió invirtiendo en el club pero no lo hizo en fichajes sino en infraestructuras. Así, el club abandonó las instalaciones universitarias donde solía entrenar y se trasladó a un moderno centro de entrenamiento, bautizado con el pomposo nombre de American Express Elite Football Performance Centre.

Gus Poyet fue despedido al acabar la temporada 2012-13 a causa de un grave desencuentro con el club tras la derrota en el play-off ante el Crystal Palace y tomó su relevo Óscar García. La elección del técnico catalán, exjugador de Johan Cruyff en el Barcelona, fue una decisión coherente para dar continuidad al modelo de juego asociativo de Poyet. García condujo al equipo a la sexta posición pero cayó en semifinales del play-off de ascenso, como había hecho Poyet la temporada anterior. Tras esa eliminación, García dimitió y el Brighton nombró a Sammi Hyypia como sucesor.

El periplo del exjugador del Liverpool en Brighton fue un fracaso absoluto y no llegó a Navidad. Fue sustituido por Chris Hughton, el primer entrenador británico de la era Bloom. Hughton, que ya había ascendido al Newcastle a la Premier League, estabilizó el equipo y aseguró la permanencia en segunda división tras un año traumático. En su primera temporada completa, Hughton guio al equipo hasta la tercera posición, su mejor puesto en liga desde la breve era en primera división en los años 80. Sin embargo, al igual que Poyet y García, Hughton cayó en las semifinales del play-off de ascenso. Pero los mimbres del ascenso ya estaban en su lugar.

En enero de 2016, Hughton rescató del olvido de la liga belga a Anthony Knockaert, elegido mejor jugador de esta temporada en Championship. A ese inteligente fichaje, el pasado verano Hughton añadió a Glenn Murray, primero como cedido y luego traspasado por el Bournemouth. El veterano delantero ha devuelto la confianza a Hughton con 22 goles en liga. Otro de los fichajes clave del verano fue el del central Shane Duffy procedente del Blackburn Rovers, que ha formado una sólida pareja de centrales junto al canterano Lewis Dunk.

Es inevitable observar las similitudes entre el Brighton y otro club sureño que actualmente está luchando por su continuidad en la Premier League: el Swansea. Ambos fueron rescatados de las profundidades del fútbol profesional por empresarios locales que apostaron por la construcción de nuevas instalaciones y un fútbol asociativo como seña de identidad. Tras una Copa de la Liga, un breve paseo por Europa y varias temporadas en la media tabla de la Premier League, el Swansea parece haber muerto de éxito con la compra de dos empresarios estadounidenses que parecen haber olvidado los motivos que les llevaron hasta la élite en primer lugar. El Brighton hará bien en aprender esas lecciones si desea superar las cuatro temporadas que permanecieron en primera división hace ahora más de treinta años.

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