La liga que nadie parecía querer

El Leicester City de Claudio Ranieri está cada vez más cerca de cumplir su sueño. Los Foxes pueden ser campeones a la segunda temporada de haber ascendido a la máxima categoría. El último equipo en lograr esta proeza fue el Leeds United de Howard Wilkinson y Eric Cantona en la campaña 1991-92.

Eric Cantona en su etapa en Leeds
La cinta transportadora avanzaba impasiblemente. Aquel joven rubio observaba el proceso fordista sintiéndose una pieza más de él: un engranaje dentro de una gran factoría. Quién le diría a Jamie Vardy que, años más tarde, formaría parte de un equipo que reproducía exactamente el funcionamiento preciso y eficiente de aquella fábrica de férulas en la que trabajó antes de dar el salto al fútbol profesional.
El Leicester City de Claudio Ranieri está cada vez más cerca de cumplir su sueño: ganar la liga. Sólo un equipo ajeno a la burguesía de la competición logró hacerlo antes en la era Premier: el Blackburn Rovers de la 1994-95. Sin su economía, Kenny Dalglish en el banquillo y Alan Shearer en el área, los Foxes pueden ser campeones a la segunda temporada de haber ascendido a la máxima categoría. El último equipo en lograr una proeza similar fue el Leeds United de Howard Wilkinson en la campaña 1991-92.
Aquel Leeds vivía en un caleidoscopio en el que sólo se sucedían las imágenes de las dos ligas ganadas (1969 y 1974) con el mítico Don Revie en el banquillo. Con ellas se fustigaban como el fracasado actor que visualiza años después el programa que le alzó a la fama cuando era niño. Tras la marcha de Revie para dirigir a la selección inglesa y los 44 días del malogrado Brian Clough que recrea el libro (llevado posteriormente a la gran pantalla)The Damned United, el equipo cayó a un limbo competitivo. Hasta que llegó Howard Wilkinson para devolverlos a la tierra rescatándolos del río Estigia.
Wilkinson firmó en 1988 como entrenador de un mediocre Leeds formado por futbolistas que le apodaron sargento Wilko (en referencia a la popular serie televisiva del mismo nombre) por su férrea disciplina. El técnico reclamó plenos poderes a la directiva y gestionó inteligentes fichajes para construir su obra: Gordon Strachan (que acabaría siendo capitán), Vinnie Jones (sólo sumó tres amarillas aquella temporada) y Lee Chapman arribaron al oeste de Yorkshire para ascender a la máxima categoría.
Más tarde llegaron el mediocentro Gary McAllister, el guardameta John Lukic y dos canteranos producto de la academia que Wilkinson mimó cual ama de casa regando a su tímido ficus: Gary Speed y David Batty.
El Leeds de Wilkinson era pragmático como su entrenador. Su estilo de juego fue criticado por ser excesivamente directo, cualidad que quedó muy evidenciada al pelear la liga contra aquel preciosista Manchester United de Sir Alex Ferguson que llevaba más de dos décadas sin ganar el trofeo. Los de Elland Road formaban con un 4-4-2 abierto, que otorgaba equilibrio al colectivo y permitía subir a los laterales para ser los receptores del saque directo del portero en el inicio de las jugadas. El plan era centrar balones al área, donde un dominante cabeceador como Chapman esperaba para rematar. Además, Wilkinson diseñó una medular tan rocosa sin balón como técnica con él (de ahí el fichaje de McAllister para suplir a Jones), para ganar las segundas jugadas y llevar el peso del encuentro cuando fuese necesario.
El que no encajó en aquel conjunto fue Eric Cantona. El delantero francés sería traspasado la temporada siguiente al Manchester United, donde dejó su huella imborrable en las tablas del teatro de los sueños. El galo no marcó las diferencias en Elland Road y su falta de sintonía con la afición se demostró cómicamente tras reconocer su admiración por el poeta Arthur Rimbaud en una entrevista. El periodista lo transcribió mal y publicó que era fan de Rambo, fomentando que los seguidores le enviasen a casa diariamente decenas de fotos de Sylvester Stallone. Cantona era más atracción que futbolista.
La penúltima jornada liguera deparó a los contendientes sendos encuentros frente a rivales psicológicos. El Leeds ganaría 2-3 al Sheffield United gracias a un gol en propia puerta de Brian Gayle (exjugador del Manchester City, acérrimo rival del United). Los pupilos de Ferguson saltaron a Anfield sabiendo que sólo una victoria les valía para impedir el campeonato del Leeds.
Y perdieron. Los goles de Ian Rush (su primer tanto al United) y Mark Walters dieron la liga al combinado de Wilkinson, que hoy sigue siendo el último entrenador inglés en levantar ese título. Las palabras de Ferguson tras aquella derrota muestran la rabia del que se ve derrotado por un equipo que sólo buscaba la victoria y no la excelencia en el juego: “El Leeds no ha ganado la liga. El Manchester United la ha perdido”.
El tiempo terminaría acabando con aquel Leeds. La plantilla tocó techo en 1992 y el cambio de formato competitivo junto a la regla que prohibía la cesión al portero (dificultando su juego) más los 304 millones de libras que inyectó Rupert Murdoch en la recién alumbrada Premier League fueron el principio del fin. La temporada siguiente, quedarían a dos puntos del descenso. Mientras, el Manchester United levantaba la liga y Sir Alex reía. Porque el viejo estratega escocés es como la banca, casi siempre gana. Aunque como tituló David Lacey, periodista de The Guardian, en referencia a la actitud de algunos conjuntos, la de la 1991-92 fue “la liga que nadie parecía querer”.
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