La naturaleza del portero o cómo Seaman tropezó dos veces en la misma piedra
Este martes, Inglaterra se enfrenta a Brasil en Wembley. Un partido de triste recuerdo para la selección inglesa y para David Seaman.

El portero es una anomalía del fútbol. No alcanza el nivel de rareza del árbitro, un tipo que no tiene bando y trota solo por el césped, pero se acerca. En “Only the goalkeeper to beat”, Francis Hodgson afirma que el portero es el jugador que “está ahí para hacer todo lo posible para evitar aquello que todos los presentes desean que ocurra… En su naturaleza, es un anti-futbolista. Al dedicarse a evitar goles, se opone a la esencia misma del fútbol”.

A Vladimir Nabokov, que se aficionó al fútbol mientras estudiaba en la universidad de Cambridge, le apasionaba jugar de portero. El afamado escritor ruso escribió extensamente sobre lo que representaba ocupar la portería: “En Rusia y en los países latinos, ese intrépido arte ha estado rodeado siempre de un aura de singular luminosidad. Distante, solitario, impasible, el portero famoso es perseguido por las calles por niños en éxtasis. Está a la misma altura que el torero y el as de la aviación en lo que se refiere a la emocionada adulación que suscita. Su jersey, su gorra de visera, sus rodilleras, los guantes que asoman por el bolsillo trasero de sus pantalones cortos, le colocan en un lugar aparte del resto del equipo. Es el águila solitaria, el hombre misterioso, el último defensor”.

Pero el autor de “Lolita”, con su tendencia al romanticismo, obvia la otra faceta del portero. Además de solitario, el portero está más expuesto que sus compañeros a quedar en evidencia. Un solo desliz, un error puntual, es suficiente para señalar al portero. No importa que haya dedicado los otros 89 minutos a detener el asedio del rival como si fuera una muralla inquebrantable. Un error es suficiente para sacrificarle.

Bastaba con leer la alineación de la selección brasileña que se encontró Inglaterra en Shizuoka, en los cuartos de final del Mundial de Corea y Japón de 2002, para echarse a temblar como una hoja un día de viento. Su tridente ofensivo estaba formado por Ronaldinho, Rivaldo y Ronaldo. La sobriedad de Lucio y Roque Junior en el eje de la defensa permitía a los laterales Cafú y Roberto Carlos prodigarse en ataque. Edmilson y Gilberto Silva dotaban de equilibrio al conjunto.

Enfrente, Sven-Goran Eriksson guiaba a Inglaterra en su primer torneo internacional tras asumir el cargo un año antes y reconducir una fase de clasificación que había comenzado con una derrota en Wembley por 0-1 ante Alemania. Pero el técnico sueco integró a varios jugadores jóvenes como Rio Ferdinand, John Terry y Michael Owen e Inglaterra se redimió de esa derrota con su histórica victoria por 1-5 en Alemania con un hat-trick de Owen. Ese triunfo permitió a los ingleses finalizar primeros de grupo y enviar a los alemanes a la repesca.

Inglaterra quedó encuadrada en el grupo de la muerte en el Mundial de 2002 junto a Argentina, Suecia y Nigeria. A pesar de la dificultad, los ingleses pasaron a octavos gracias a la victoria por 1-0 ante los argentinos. En octavos, disputaron quizás su mejor partido del torneo hasta entonces al vencer por 3-0 a Dinamarca con tres tantos de Rio Ferdinand, Michael Owen y Emile Heskey en la primera parte. En cuartos aguardaba la temible Brasil, que sumaba cuatro victorias en otros tantos partidos y nada menos que trece goles a favor. Rivaldo y Ronaldo habían marcado en los cuatro partidos precedentes pero sería su compañero en ataque el que se erigiría en protagonista absoluto del partido de Shizuoka.

El partido no pudo comenzar mejor para los ingleses. Un error de Lucio permitió a Owen batir a Marcos con una delicada vaselina en el ecuador de la primera parte. No era la primera vez que los brasileños comenzaban perdiendo. Ya les había sucedido en el debut ante Turquía y acabaron remontando. Como sucedería aquí.

En el descuento de la primera parte, Ronaldinho tomó el balón en el carril central del campo inglés y sorteó a base de eses y bicicletas a David Beckham y Paul Scholes hasta toparse con los centrales ingleses. Entonces cedió el balón a su derecha para Rivaldo, que batió a David Seaman con un disparo cruzado ajustado al poste con su pierna izquierda, tan arqueada y raquítica como exquisita.

A los cinco minutos de la segunda parte se produjo el momento que decidiría el partido y marcaría prácticamente el punto y final de la carrera de David Seaman. Ronaldinho se aprestó a lanzar una falta lateral a cuarenta metros de la portería inglesa aparentemente sin peligro. Tanto Seaman como sus compañeros se dispusieron a defender un eventual centro. Sin embargo, Ronaldinho, un tipo que veía luz cuando los demás estaban sumidos en la más profunda oscuridad, decidió otra cosa. El entonces jugador del Paris Saint-Germain observó cómo Seaman se alejaba de su portería para reclamar un posible centro y decidió probar suerte. El balón bombeado de Ronaldinho fue envenenándose en el aire hasta trazar una parábola perfecta con dirección a la escuadra de Seaman. El portero del Arsenal de 38 años retrocedió pero no calculó correctamente la trayectoria del balón y su propia posición y acabó enredado en su red mientras los brasileños corrían a celebrar el gol en éxtasis. La creatividad de Ronaldinho les había conducido a semifinales. Pero… ¿fue realmente la creatividad o más bien el recuerdo?

Viajemos de Japón a París. Rebobinemos siete años. Arsenal y Zaragoza se enfrentan en la final de la Recopa de Europa. Tras una competida contienda, ambos equipos llegan empatados al final del tiempo reglamentario. La prórroga transcurre sin goles. A falta de unos segundos para que Piero Ceccarini decrete el final del partido y la celebración de la tanda de penaltis, sucede uno de esos raros momentos que marcan la historia del fútbol. Nayim, precisamente un exjugador del Tottenham, el acérrimo rival de los Gunners, controla con el pecho un balón a unos 40 metros de la portería de Seaman y decide probar fortuna. Su disparo bombeado supera al portero inglés y decide la final. Misma parábola, misma zona de lanzamiento, mismo destino, mismo portero.

A lo largo de sus más de dos décadas de carrera, Seaman conquistó tres ligas, cuatro Copas, una Copa de la Liga y una Recopa. Es todavía el segundo portero con más partidos con la selección inglesa, con la que disputó dos Copas del Mundo y dos Eurocopas. Pero su carrera estará ligada para siempre a dos momentos icónicos. Dos instantes trágicos, fatales. Pero esa es la naturaleza del portero.

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