La postal que nos dejará Gazza
No se trata de un ningún homenaje póstumo, pero sí lo es en vida de alguien que muy probablemente ya no volverá a levantarse jamás o volverá a derrumbarse. Las últimas noticias sobre él nos decían que no podía desayunar sin ginebra y que pescando ebrio, cayó a un río. Literal. Nuestro héroe caído pide ayuda a gritos, de manera desesperada, consciente de haber sido derrotado y humillado por completo. Su enésimo intento de rehabilitación ha vuelto a fracasar.
Hubo un estupendo equipo en el mundial de Italia de 1990 llamado Inglaterra, el único que jugó realmente bien al fútbol en lo que fue un torneo recordado por el gol de Caniggia y el bidón de Branco, la irrupción de Camerún, los silbidos al himno argentino y los bostezos que provocaban la mayor parte de sus partidos. Dirigidos por el maestro Robson y con Lineker, Waddle o Barnes, los Tres Leones convencieron pero no vencieron. En semifinales, de nuevo Alemania y cómo no, los penaltis. En esa Inglaterra había un futbolista especial que entonces militaba en el Tottenham. No era otro que Paul Gascoigne, un ángel con botas. Totalmente chiflado, pero de esos pocos futbolistas capaces de hacer magia en medio del barro, de hacer pagar una entrada por ver un par de detalles suyos.
Un ángel que comenzó a cortar sus alas y cavó su propia sepultura, de donde hoy en vano intenta escapar. Un tipo al que la vida le supo a poco. Subió en escalera hacia el cielo pero no fue suficiente para él y saltó al vacío. En su carrera hacia la autodestrucción circuló y circuló mucho más rápido de lo permitido y acabó por derrapar y salir dando vueltas de campana.

Circuló y circuló mucho más rápido y acabó por salir estrellarse

Un artista hecho de cristal de bohemia, por más botellas que apurase

Una figura de papel que no tardaría en arder como una vela. Un artista hecho de delicado cristal de bohemia, por más botellas que apurase. Frágil, solo era feliz en el terreno de juego, fuese Wembley o Easter Road. Fuera del rectángulo, no supo agarrarse a nada. Ni las mujeres ni el dinero le bastaron. Ni la Iglesia Adventista o la protección de las ballenas. Nada. Encontró un fácil refugio y de allí no volvería a salir jamás. Muchas veces el futbolista aparece como la reencarnación de una muñeca o de un cantante de pop, apreciada por lo que muestra, por sus habilidades con el cuero, obviamente no por lo que es, incapaz de atravesar su propia y claustrofóbica unidimensionalidad. La paradoja de sentirse completamente solo estando rodeado de gente. Con ver a Elvis Presley, ya obeso y enganchado a las drogas, cantando “Always on my mind”, el lector puede hacerse una idea.
No ha sido ni será el primero ni el último. Georgie Best se prendió fuego a la misma velocidad con la que driblaba rivales contra el Benfica en 1968. Garrincha, que se enteraba que jugaba finales de mundiales en el mismo túnel de vestuarios, se hundió en el mar como una gaviota muerta, en medio de la más absoluta indiferencia. O Maradona, otro ángel caído que en el documental de Emir Kusturica hablaba de ese enorme 10 que el mundo se perdió de no haber conocido esa manzana pecaminosa y de color blanco.
Paul Gascoigne, un jugador de esos que venía a desmentir el estereotipo del futbolista británico como abnegado, fuerte, impetuoso, entusiasta pero con el mismo tacto hacia con el balón que el increíble Hulk podría tener con Marilyn Monroe en la cama. De la estirpe de Charlton y tantos otros. Un mito viviente del que, esperamos que sea tarde, en el día de su muerte todo serán lamentaciones y fáciles alabanzas pero olvido en vida, ahora que no interesa más que para sacar morbosas anécdotas. Hoy, mañana o dentro de un mes, al mencionar su nombre lo primero que vendrá a la mente serán sus habituales imágenes sacando la lengua o sus estúpidas ocurrencias, como llamar a Washington mientras se tomaba más de diez whiskies.
No, no nos quedaremos con nada de eso. Preferimos optar por asociar al gran Paul con una imagen: su gol a Escocia en la Eurocopa de 1996, emulando al de Pelé a Suecia y verle tumbado junto a la portería recién perforada, extasiado tras su última obra de arte. Ahí quedará siempre, en la pradera de Wembley, siempre en Wembley. Esa será la postal de Gascoigne que nos llevaremos para siempre, como la canción del Rey, “always on my mind”.
Allá donde vayas, gran Gazza, ve en paz.
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