A la sombra de los Bobby
Jack Charlton se acomodó tras las dos figuras más grandes del fútbol inglés y les ayudó a llegar a serlo.
Jack Charlton. / Leeds United

Roger Hunt entrega de cara para que Bobby Charlton, con una carrera desde su propia mitad de la cancha, arranque el griterío de todo el estadio. Desde tres cuartos de campo atisba a Ignacio Francisco Calderón en su meta. El mexicano se ha mostrado muy inseguro durante lo que llevamos de partido. El nueve le pega sin pensárselo dos veces y el balón besa la red, no sin antes saludar a la escuadra del segundo palo. Solo los 100.000 espectadores que abarrotaron Wembley tuvieron la oportunidad de disfrutarlo en color, el resto solo pudieron celebrarlo en blanco y negro. La belleza del tanto y su importancia no entendían de gamas.

Era el primer gol de Inglaterra en su Mundial. 16 de julio de 1966. Bobby corre y salta festejando otra obra de arte. Otra trastada del de Ashington. Otra vez todos los ojos puestos en él. Era la gran esperanza para conseguir que otro Bobby pudiera levantar el trofeo Jules Rimet. Ni en la realización del partido podemos apreciar el -más que seguro- abrazo entre Bobby, el hermano menor y Jack, el mayor. Las cámaras (pocas en aquella época) se centran en aquel hombre de poco pelo y mal colocado, todo hay que decirlo, pero de gran talento. A Jack no parecía importarle estar a la sombra de los Bobby. Bajo la penumbra que proyectaban tales jugadores su trabajo brilló, con luz tenue, incisiva e incesable.

Y no os negaré que mi interés -incluso diría pasión- por aquella Inglaterra de 1966 apareció en mi vida gracias, o por culpa, de los Jimmy Greaves, Gordon Banks y, por supuesto, de los Bobby. Futbolistas talentosos y, por encima de todo, icónicos del fútbol inglés. Pero en mi afán por conocer, visionar y revisionar los partidos de aquella Copa del Mundo y de todas las competiciones que contextualizan aquel equipo, conseguí descubrir a personajes como Jack Charlton. Culpables directos de una generación de oro pero ocupantes de una segunda línea en la memoria colectiva. Los que para algunos podrían ser figurantes y que en realidad eran actores de Hollywood. Vale, quizás no Brad Pitt, pero sí Christoph Waltz.

Como en la mítica -o no tanto- Tú a Londres, yo a California, los hermanos Charlton eligieron caminos distintos. “Tú a Manchester, yo a Leeds” debió decir el mayor. Tras una infancia humilde, pese a vivir rodeado de historia futbolística en la familia, la mina o la policía parecían dibujar su futuro más próximo. Pero el deporte rey estaba demasiado arraigado en sus genes y pronto le interpeló para emprender su carrera profesional. En 1952 debutó con los Whites, a los 17 años, e inmediatamente consiguiría hacerse un hueco en el club, por entonces, de la Second Division. La década no presentó un proyecto consistente y el club se vio sumergido en un constante sube y baja.

Pero fue bajo los mandos de Don Revie cuando el Leeds viviría sus mejores años. El técnico inglés había colgado las botas en 1961 y, justo una temporada más tarde, decidió tomar las riendas de un club inmerso en una profunda crisis financiera. Sus métodos de trabajo junto a su filosofía y confianza en los jóvenes de la academia le llevó, no solo a salvar al club de un descenso a la Third Division sino a ascenderlo a la élite del fútbol inglés en, tan solo, dos temporadas. Y sí, le he dedicado un párrafo entero a Don Revie para hablar de Jack Charlton. La importancia de su padre futbolístico merece una mención especial. Sigamos.

Jack Charlton y Don Revie. / Leeds United
Jack Charlton y Don Revie. / Leeds United

Jack Charlton se asentaba, así, en la First Division. Su camino volvía a unirse al de Bobby, que llevaba ya algunas temporadas disfrutando y haciendo disfrutar a Old Trafford. La casualidad les llevó a enfrentarse en una de las rivalidades más históricas del norte de Inglaterra. Como las rosas representativas de los condados de Lancashire y Yorkshire, Bobby se vistió de rojo y Jack, de blanco. Una rivalidad que les puso cara a cara en 14 ocasiones. Curiosamente no hay jugador al que Jack Charlton se haya enfrentado más veces que a su hermano. Si los focos se los llevaba el pequeño, los partidos se los llevaba el mayor. 6 victorias, 6 empates y, tan solo, 2 derrotas para el Leeds.

Paralelamente, la cuna del fútbol conseguía los votos necesarios para organizar una Copa del Mundo, 100 años después del nacimiento de la Football Association. Alf Ramsey, nuevo seleccionador de los Three Lions, debía confeccionar una plantilla ganadora. Era el acontecimiento ideal para reivindicar a los inventores de este deporte. Y, pese a que los Charlton venían demostrando su innegable talento, la irrupción de Terry Venables en el Chelsea y de Vic Mobley en el Sheffield Wednesday puso en duda su presencia en un torneo -recordemos- aún sin sustituciones durante los partidos. El seleccionador se caracterizó por no casarse con nadie. Sobre el verde, no quería a los mejores sino a los que cumplieran mejor con sus exigencias. Disciplinados, trabajadores y, sobre todo, ganadores.

Como agua de mayo les sentaron los partidos de dicho mes de 1966. 5 amistosos ante rivales de la talla de Escocia, Hungría, Yugoslavia, Alemania Federal y Suecia. Ni una sola derrota. Ramsey probó de cortar -tácticamente- las alas a un ave que empezaba a alzar el vuelo. Implantó su 4-3-3 y los Charlton encajaban a la perfección. Bobby sería la versatilidad en zona de creación y finalización, la magia, la improvisación y la imaginación dentro del orden; el último pase y el disparo. Jack sería “el otro”. De nuevo a la sombra de Bobby, esta vez, a la de Moore. Se formaría así la pareja más sólida y competitiva de la historia del fútbol inglés.

Los hermanos Charlton durante uno de sus enfrentamientos cara a cara. / Leeds United
Los hermanos Charlton durante uno de sus enfrentamientos cara a cara. / Leeds United

 

Si Moore se encargaba de dar el primer pase, de romper líneas y de desequilibrar la presión de los rivales, Charlton era la contención, la serenidad, la sensatez, la frialdad, aquel amigo que sabes que estará ahí cuando la líes en una noche de desenfreno. Menos virtuoso con el balón en los pies pero igual de práctico. El del West Ham se había convertido en el niño mimado de todo un país. El capitán más joven de la historia de la selección inglesa, el modelo ideal de deportista. El yerno perfecto. El protagonista de la foto que toda la nación estaba deseando ver, la de aquel rubio levantando el Jules Rimet. Las miradas, sin quererlo, se clavaban en Moore. Jack, mientras tanto, a lo suyo.

Su función sobre el césped era la de permitir que los demás realizaran mejor su trabajo. Tácticamente, su presencia liberaba de tal forma a Moore que este se desentendía de su zona de acción con el balón en los pies. La conexión entre el capitán y el menor de los Charlton significaba la mayoría de inicios de los ataques más peligrosos de los Three Lions. Y, una tras otra, se fueron sucediendo idénticas situaciones. Esa jugada se convirtió en la canción favorita de Inglaterra. Y como tal, le dieron al play y la pusieron en bucle.

Pese a echar el cerrojo desde el primer partido frente a Uruguay, Jack no estaba satisfecho. “Sentí que los aficionados se fueron a casa preocupados [...] ¿seremos capaces de mostrar la iniciativa necesaria en ataque como para llegar a las fases finales del torneo? Lo pensaba mientras todo Uruguay, y con razón, calificaba este empate sin goles como un triunfo táctico para ellos”. La imagen en el siguiente partido fue otra. El mensaje había calado en el vestuario. Jack y lo que le llevó a la selección, su mentalidad ganadora, eran todo lo que ese grupo necesitaba para alcanzar la gloria.

Las palabras de Jack pudieron significar un punto de inflexión en aquel vestuario. Y México lo pagó. Al final del partido, no solo el gol provocó los elogios a su hermano Bobby. El fabuloso encuentro del habilidoso atacante fue destacado por rivales, prensa y por el propio Alf Ramsey. A la sombra, segundo partido consecutivo sin recibir goles para una defensa que acabaría recibiendo solo 3 tantos en todo el torneo. 

Más tarde, en cuartos de final, Luis Artime sufrió en sus carnes lo que significaba un marcaje de Jack Charlton. En semifinales, José Augusto Torres solo pudo conectar uno de sus múltiples intentos de testarazos, y ese fue la causa del penalti que significó el único gol de la temible Portugal de Eusébio. Y, en la final, la libertad de la que gozaba Bobby Moore gracias a su camarada en el centro de la zaga permitió la asistencia del gol fantasma que acreditaba a los Three Lions como campeones del mundo en su propia casa.

Y como en los cuentos de hadas, ahí estaba el príncipe encantador levantando el trofeo Jules Rimet. La imagen se hizo realidad. Todo un país se rindió a los pies de -a partir de entonces- Sir Bobby Charlton y Sir Bobby Moore. Jack Charlton siguió siendo solo Jack. Tras unos años, y ya sin Moore, una disputa familiar provocó que solo las muertes de sus compañeros volvieran a juntar a los dos hermanos. Un final triste para una historia llena de luces y sombras. De las luces de los Bobby y también la de Jack, tenue, pero incisiva e incesante bajo la sombra.

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