La última voluntad del Norwich
La afición de Carrow Road no está viviendo su temporada más feliz. El equipo de Daniel Farke está sentenciado al descenso, pero todavía tienen una última bala: siguen vivos en la FA Cup. El Wigan Athletic ya la levantó en la misma temporada en la que se marcharon al Championship. ¿Podrán ‘The Canaries’ repetir su hazaña?
Por Mario García | 27/06/2020 Fa cup Norwich Wigan
FA Cup. / Norwich

Las personas más orgullosas detestan que les hagan reír cuando están enfadadas. Los aficionados del Norwich City tienen motivos para estarlo. Su equipo se encuentra en la última posición de la tabla. Muy al fondo. Ya casi ni se les ve. Su anunciado descenso a Championship se convertirá en una realidad en pocos días. Pero The Canaries todavía guardan un resquicio para dar a su afición una última alegría antes de perder la categoría. Aún siguen vivos en la FA Cup, un torneo siempre abierto a las sorpresas. Y seguro que a sus hinchas no les disgustaría acabar la temporada con este trofeo en sus vitrinas. 

Descender no es plato de buen gusto para nadie. Pero es imposible decir que no a un título, aunque se tenga que pasar por ese mal trago. Quizás no compense. Pero la gloria es eterna: "Si le preguntas a la mayoría de los aficionados si prefieren salvarse o ganar la FA Cup, elegirían la copa siempre. La ganamos y eso nadie nos lo puede quitar", afirmó en la BBC el ex segundo entrenador del Wigan Athletic Graham Barrow. Lo duro es el contraste con el infierno. El equipo del DW Stadium descendió aquel año 2013 solo tres días después de haberse hecho con el título. Ellos podrían ser el mejor ejemplo para el ya sentenciado conjunto de Daniel Farke. 

El fútbol es un juego de casualidades. ¿Por qué no? The Latics empezaron esa temporada de igual manera que los de Carrow Road: cosechando una derrota y una victoria en las dos primeras jornadas. El comienzo no fue desesperanzador, pero el objetivo real en la Premier League iba a ser el mismo que el de los cuatro últimos años, la permanencia. Más cuando a principios de curso se habían marchado ilustres figuras como Diamé, Moses o Rodallega. Roberto Martínez tenía una difícil papeleta en el torneo regular. Así que optó por echar el resto en la competición más antigua del mundo. 

El improvisado camino a Wembley 

Los equipos de la categoría de oro del fútbol inglés se sumaron al torneo, como es habitual, en el mes de enero. El Wigan tenía que fichar. Su plantilla era una de las peores de primera división, a pesar de contar con el goleador Arouna Koné. Y dos de los traspasos invernales, Joel Robles y Roger Espinoza, se volvieron de suma importancia. 

El Bournemouth, que entonces era equipo de la EFL One, llamaba a la puerta en los treintaidosavos de final. Un rival de tercera división que hacía sobrevolar los fantasmas del Swindon Town, el modesto equipo que los había hecho caer estrepitosamente solo un año antes. Los de Bob no estaban dispuestos a volver a pasar ese mal trago. Nada más lejos de la realidad. Los cherries forzaron el replay con un empate en el DW Stadium. Pero Martínez no estaba dispuesto a bajar los brazos. En su visita a Dean Court, realizó hasta nueve cambios en la formación, introduciendo a varios jóvenes en el once. "Un riesgo sería no darles la oportunidad”, declaró el míster tras el partido. 

Aquel replay fue el punto de inflexión. La FA Cup se había convertido en un torneo donde probar alternativas. Y los jugadores con menos experiencia estaban respondiendo. El más destacado fue Callum McManaman. El joven extremo inglés se propuso aprovechar sus pocas oportunidades. Y lo consiguió. En los dieciseisavos provocó el penalti que les daría la victoria frente al Macclesfield y que transformó el español Jordi Gómez. Y en los octavos abriría el marcador en la goleada por 1-4 ante el Huddersfield. 

The Latics llegaron a los cuartos de final —ronda que ha alcanzado el Norwich este curso por primera vez en 28 años— por segunda ocasión en su historia. El Everton sería el primer rival de su categoría que se encontrasen en el camino. Esta era una verdadera prueba de fuego. Además, habían perdido su último choque liguero frente a los toffees y debían dar un puñetazo sobre la mesa. Y así fue. Aunque de manera sorpresiva. El Wigan arrasó al Everton de David Moyes con cuatro minutos de locura en los que marcaron tres goles. ¿Los autores? Los de siempre, Callum McManaman y Jordi Gómez, además de Maynor Figueroa. Al descanso, el partido ya estaba más que finiquitado. 

Ya solo quedaban cuatro equipos. El sorteo quiso que los de Martínez se midiesen a otro soñador en semifinales, el Millwall, que quería llegar a la final y repetir su hazaña del 2004. Era la primera vez que los jugadores del Wigan Athletic pisaban el estadio de Wembley. Ninguno lo había hecho hasta la fecha. El defensor Emerson Boyce recuerda, en la BBC, una motivadora anécdota con el presidente del club: “Dave Whelan nos llevó al césped y nos habló justo antes del partido. Todos sabíamos que se rompió la pierna en la final de 1960 y bromeábamos porque estaba contando esa historia otra vez. Pero solo nos estaba explicando que ese era el recuerdo que él guardaba de Wembley. Y que teníamos que salir y crear un recuerdo que para nosotros fuese fantástico”. 

La petición de Whelan se cumplió. Y los jugadores del Wigan hicieron historia doblegando al Millwall —con goles de Maloney y del imprescindible McManaman— y plantándose, por primera vez en 81 años, en una final de FA Cup. 

La final que ‘Bob’ ganó un día antes 

Roberto Martínez es un entrenador que siempre deja su sello en los equipos que dirige. Pero lo de aquella final de FA Cup del año 2013 fue un paso más allá. El día de antes de la final todos sus jugadores estaban nerviosos. Iban a jugar por primera vez una final. Algo debía hacerles pensar que tenían opciones ante el todopoderoso Manchester City. 

La noche de antes del partido, con sus jugadores concentrados, Bob contó con los servicios de un psicólogo, que les propuso un juego que al principio les extrañó. Los chicos, junto al personal técnico, debían escribir en un papel el motivo por el que querían ganar aquella final. Todo el mundo cogió papel y boli y se puso a escribir. “A la mañana siguiente, todos encontraron un sobre debajo de su puerta. Lo abrimos para descubrir lo que nuestros compañeros y los técnicos habían escrito. Fue muy emotivo y potente. Realmente sentí un espíritu de equipo y eso fue algo fantástico antes de la final", comenta el capitán Gary Caldwell. 

Graham Barrow calificó esta estrategia de “golpe maestro” por parte de Roberto Martínez. El míster debió estar muy agradecido a Michael Finnigan, el psicólogo que trabajó esos días con el equipo: “Todos estuvieron involucrados, por lo que cada jugador leyó alrededor de 30 declaraciones esa mañana sobre lo que todos pensaban de ellos", explica Finnigan. "El objetivo era que cada jugador los leyera y pensara 'Voy a ganar la copa para todos ustedes'”. 

Llegaba la hora de la verdad. Manchester City y Wigan Athletic ya estaban sobre el césped de Wembley. En la memoria de los futbolistas de Martínez, el consejo de Whelan y la confianza de los compañeros. El club continuaba en puestos de descenso en la Premier League. Pero eso no importaba ahora. El árbitro todavía no había pitado, pero The Latics ya se veían 1-0. Era el momento de materializarlo. 

Los aficionados wiganers eran minoría en la grada, pero parecían el triple. Jaleaban cada acción de su equipo. Cada internada. Cada pelota robada. El Wigan, poco a poco, se fue haciendo con el control del encuentro. Y el City se ahogaba sin la pelota. Durante la primera parte, solo se acercaron una vez a la portería de Joel Robles mediante un disparo de Carlos Tévez. Era la misma táctica que Bob había usado semanas antes en el Etihad. Y los citizen no terminaban de estar cómodos. 

La reacción de los del DW Stadium se personalizó en las botas de la revelación McManaman. El inglés dribló, peleó y mordió a la defensa del City. Y, cuando solo quedaban cinco minutos, encaró la portería con la cabeza agachada y una velocidad endiablada. Nadie podía pararlo. Excepto Pablo Zabaleta. El argentino trastabilló al extremo del Wigan a pocos metros de internarse en el área y dejó a su equipo con un hombre menos. No se lo podía creer. 

Mancini, para el que a la postre sería uno de sus últimos partidos como entrenador citizen, intentó equilibrar a su equipo dando entrada a Jack Rodwell. Agua de borrajas. Los de Bob insistieron y persistieron hasta forzar un córner cuando el cuarto árbitro ya había mostrado la tablilla de descuento. Shaun Maloney se dirigía a la esquina con la prórroga en el horizonte. Pero no. Era el momento. El escocés puso con un guante de seda el balón al primer palo, donde apareció Ben Watson para, con su corto y pelirrojo flequillo, colocarla en el fondo de las mallas y hacer su nombre imborrable en la historia del Wigan Athletic. Todos le abrazaban. Se había roto la tibia y el peroné solo seis meses antes. Se lo merecía. Whelan explotaba de júbilo en el palco. The Latics iban a levantar la FA Cup al cielo de Wembley. 

El equipo de Roberto Martínez es el mejor ejemplo para el Norwich City. Si ellos pudieron, ¿por qué no The Canaries? La campaña de los de Daniel Farke no invita al optimismo. Pero tampoco lo hacía la del Wigan en 2013. Ellos les enseñaron que nada es imposible. La afición lo agradecerá. Es su última oportunidad de llevarse una alegría esta temporada. Seguro que por esta vez no les importa que les hagan reír en medio del llanto.

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