Les guste o no, esto es lo que pidieron los fans del West Brom
Pidieron un despido como pocos despidos se han pedido en la memoria reciente del fútbol inglés. Sus plegarias fueron contestadas y Tony Pulis acabó en la calle. Era tal el ansia por verle marchar que las consecuencias resultaban irrelevantes. Con el paso de los meses, han ganado en relevancia.

El West Brom ha sido, sobre todo desde el cambio de siglo, un club peculiar. Un club que ha destacado por no destacar. Cuentan con una liga en sus vitrinas, pero con un estadio que no es lo suficientemente único y que ni siquiera se llena habitualmente. Equipos como Burnley o Fulham, en sus respectivas cúspides en las últimas dos decadas en la Premier League, se han beneficiado de ambos: un estadio antiguo y coqueto que regularmente se mostraba rebosante de aficionados. Lo segundo ayudaba al "aquí y ahora". Es decir, gente en los asientos y dinero inmediato en los bolsillos. Lo primero, ayuda a crecer la marca, a atraer a gente que en un sentido estrictamente físico no tiene relación con el club en cuestión. Y si no que le pregunten al propio Fulham por la cantidad de aficionados fuera de sus fronteras. Tener ese estadio, junto al Támesis, además, les hizo sobresalir. Nada que ver el tamaño de su afición lejos de Inglaterra con la del West Brom. Y existen muchos otros ejemplos.

Al West Brom le pasa un poco lo que al Wigan. Es el cuarto club de la zona, por detrás en su caso de Aston Villa, Wolverhampton y Birmingham City. No son todos exactamente Birmingham, pero sí lo suficiente. Al Wigan le pasa lo mismo en Greater Manchester, a la sombra de Manchester United, Manchester City e incluso Bolton. Por no hablar del equipo de rugby. Su estadio jamás se llenaba, aunque siempre había como una cierta excusa, la de estar en un ecosistema rugbystico. El West Brom con The Hawthorns tiene las gradas ahí, en primer plano. Y con esa esquina llena de claros y oscuros. Todo esto ha influido en que le haya costado crecer al mismo ritmo que otros lo hicieron con nueve años seguidos de estancia en la Premier League. Luego está el producto deportivo. Al Stoke le ayudó su versión tan exageradamente rústica del balompié de Tony Pulis como al Wigan el pasecito de Roberto Martínez. El West Brom subió impresionando en segunda división en la temporada 2009-2010 con Roberto Di Matteo y tropezando sobre sí mismo una vez en primera.

Llegó Roy Hodgson, les solidificó, sin hartar a sus fans y se asentaron en mitad de tabla. Se marchó a la selección inglesa, le sustituyó Steve Clarke, llegó Romelu Lukaku cedido y vivieron su momento de mayor brillantez y atención mediática. Una gran temporada, su mejor resultado en Premier League. Se fue Lukaku, cometieron errores pequeños y de repente estaban atascados en el barro. Echaron a Clarke, contrataron a Pepe Mel (contrataron a Pepe Mel; es de recibo decirlo dos veces), le echaron, contrataron a Alan Irvine, le echaron y luego llegó Pulis. Pero el West Brom no era ni el Stoke ni el Crystal Palace. Aquí nunca le valdría con su modus operandi para ganarse el cariño de la grada. Así se ha demostrado. En los otros sitios no estaban acostumbrados a jugar en la Premier League y sólo el hecho de estar en la liga era motivo de celebración. Para el West Brom ya llevaba un lustro en ella. Pulis estabilizó el equipo y se afianzó en el octavo puesto la temporada pasada, solamente por detrás de los seis grandes y Everton. Hasta que, con 40 puntos, se diluyeron de una forma sólo posible con un entrenador capacitado pero con la mera ambición de salvar la categoría.

Romelu Lukaku con la camiseta del West Brom (PAUL ELLIS/AFP/Getty Images).

Estaba escrito por donde iba desembocar todo. En defensa de Pulis, trató de innovar (pasando a jugar con tres centrales) y cimentar su puesto como entrenador del West Brom, pero fue demasiado poco y demasiado tarde. Malos resultados y juego todavía peor pese a unos cambios (como el mencionado del esquema) que con otros quizás hubiesen significado un resultado al menos más proactivo y que con Pulis sólo se tradujo en defender más pero peor; y jugar, en definitiva, de forma mucho menos efectiva. "He perdido mi abono de temporada. Si lo encontrais, os lo podéis quedar", dijo en Twitter un aficionado del West Brom poco antes del despido de Pulis. Destuituido fue un hombre que nunca ha descendido como entrenador. La decisión fue tomada por quienes consideraron que hacerlo les daría una mejor oportunidad de salvarse. Pero quienes lo pidieron, hasta cierto punto, tenían que ser conscientes de que estaban pidiendo un cambio arriesgado: la posibilidad de no ser consumidos por la frustración al ir a ver a su equipo de fútbol, a pesar de que supusiese acabar descendiendo. Les guste o no, esto es lo que pidieron.

En escena entró Alan Pardew. Y si a alguien le gusta entrar en escena es a Alan Pardew. Una contratación “segura”, que evitaba jugársela con alguien desconocido. A pocos ilusionó. Lo cual tampoco era necesariamente señal de que no funcionaría como, tres meses después, sigue sin funcionar. A pesar de ser víctima de generalizaciones y de ser normalmente englobado futbolísticamente con el resto de entrenadores ingleses de su rango de edad, Pardew ha demostrado unas ideas más proactivas a la hora de dirigir a sus equipos. Algo que ni mucho menos le hace un mejor, o más efectivo, entrenador. De hecho, él nunca ha logrado crear esa misma imagen de entrenador infalible en estas aguas. Pero su mejor Newcastle y su mejor Crystal Palace fueron equipos bastante atractivos de ver. En West Brom, aunque están siendo algo más entretenidos que con Pulis, no es del todo el caso. No ha recuperado Pardew su toque desde que hiciese el ridículo en Wembley con su famoso baile tras marcar el Crystal Palace un gol que no serviría de nada en la final de la FA Cup de 2016 contra el Manchester United.

A su cargo, una plantilla de engañosa calidad. Es decir, cuando Pulis salió por la puerta hubo debate y hasta cierta controversia sobre cuál era el nivel real del equipo. El tiempo parece dar la razón a quienes argumentabamos que la calidad escaseaba. Con otro entrenador, los resultados aun así quizás serían mejores, como con Pulis hace doce meses. Pero la labor de Pardew no está siendo desastrosa si bien el margen de mejora está presente. De inicio, volvieron a la primera página del manual de Pulis y empezaron por dejar de encajar tantos goles. Esto ayudó en cuanto a reducir derrotas aunque no necesariamente a aumentar las victorias. Con un portero más o menos solvente como Ben Foster y una defensa capacitada y organizada con jugadores como Craig Dawson, Ahmed Hegazy y Jonny Evans. Las mayores dudas residen de medio campo hacia delante. Una de ellas, ¿quién es Grzegorz Krychowiak? ¿El feroz medio centro que jugó un rol capital en las tres Europa League seguidas ganadas por el Sevilla o el jugador al que sus limitaciones balompédicas impidieron hacerse un sitio subiendo el escalón del PSG?

Grzegorz Krychowiak (Michael Regan/Getty Images).

En West Brom, curiosamente, detrás de Londres, la segunda ciudad inglesa con mayor población polaca, a Krychowiak le ha costado más de lo esperado. Aun así, ha sido posiblemente el mejor jugador de la temporada quitando a los defensas. A poco que le acompañen, empieza a ser capaz de marcar diferencias. Uno pensaría que no es pedir demasiado. Sí en este equipo. En este sentido, conviene recordar a un jugador sobre quien el RB Leipzig tenía grandes esperanzas cuando le fichó en verano de 2016: Oliver Burke. Alguien que salió por la puerta de atrás (esperemos que con un pack de latas de Red Bull conmemorativas como regalo de despedida) mientras el club explicaba que Burke era "como un disco duro en blanco". Un total de 160 minutos repartidos en siete apariciones desde el banquillo y una titularidad en West Brom no invitan a vislumbrar un repunte de quien en su día recordaba a Gareth Bale.

Mientras Jay Rodriguez y Salomon Rondón tratan de redirigir sendas agrias temporadas, Daniel Sturridge aterriza para aportar otra dimensión a un equipo que no sólo la necesita sino que depende de ella. Sólo así encontarán el portal que conduce a la permanencia. Pero no de garantías trata este negocio. Y este particular negocio, el Liverpool cediendo un jugador al West Brom, deja una sensación muy extraña, como si Sturridge se estuviese yendo al Everton. Los enfrentamientos recientes entre ambos han convertido a los Baggies en una extraña especie de némesis de los Reds; sin ir más lejos, la derrota de los segundos en Anfield el pasado sábado encajando nada menos que tres goles de quienes ni tenían a Sturridge todavía. Krychowiak resumió ingeniosamente el fichaje con un tweet que rezaba: "Si no puedes con tus enemigos, únete a ellos".

De Sturridge sólo queda el recuerdo y el envoltorio de quien fue. A diferencia de otras muchas promesas, de él pudimos ver lo que pudo ser. No queda la duda ya que alcanzó su máximo nivel en aquella mágica temporada 2013-2014 para el Liverpool. ¿Que pudo haber sido más largo convirtiéndose él en un nombre insignia? Sí, pero demostró lo que podía dar. Es más de lo que otros pueden decir. Una dinámica a la que nunca pudo volver tras aquella campaña y que el West Brom le ofrece. No entrará y saldrá como con Klopp. Un Mundial que perseguir y un descenso del que escapar se unen a favor de un West Brom que implora al cielo recuperar algo de lo que Sturridge fue. Que no sólo se impulse a sí mismo sino también al resto de los potenciales salvavidas. La tormenta ya está aquí.

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