Lo que aprendimos con la victoria del Liverpool
Nueve son ya los puntos acumulados, de margen, que tiene el Liverpool sobre el Manchester City tras el partido del pasado domingo en Anfield, en el cual los subcampeones vencieron al equipo que todavía reina con la corona. Su tiempo en el trono parece camino de terminarse.
Liverpool

La liga podría estar terminada. Más la podrían considerar como tal si los roles estuvieran revertidos y la ventaja que ahora separa a los dos grandes favoritos fuera en favor del Manchester City. Pero el dragón, ahora tumbado, probablemente nunca será considerado auténticamente derrota hasta que lo esté numéricamente: hasta que las ecuaciones matemáticas nieguen cualquier posibilidad de redención, de resurgir del monstruo. Lo normal, dentro de este mundo absurdo, fuera y dentro del fútbol, es que el Manchester City volviese de la desventaja para devolvernos la extrema competición que les vio ganar la liga por segunda vez consecutiva la temporada pasada. La más perfecta máquina de ganar que ha visto el fútbol inglés es así de buena. Pero el tiempo todo lo mata, a todo reta constantemente y con una aberración tan excelente como es el Liverpool, los pequeños márgenes cambian el rumbo de toda una liga, tan importante en los tiempos que corren: donde primero ganas y después ya hablamos. ¿Qué es un equipo ganador que no gana? Por eso el furor de Guardiola fue tan desenfrando. Uno podría pensar, “tío, tranquilo, es sólo un partido”, entre los histerícamente desesperados clamores de “Twice! Twice! Twice!”. Pero es que no es sólo un partido, menos todavía en estas circunstancias.

Lo es todo, todo el trabajo, todo el sudor, todas las vueltas de tuerca mentales para hacer de un equipo tan bueno. Guardiola no ha conseguido los resultados que ha conseguido como entrenador por nada o por suerte. Lo es todo; todos y cada uno de los treinta años en los que el Liverpool no ha ganado la liga inglesa, la Premier League, la nueva encarnación que el Manchester United convirtió en sinónimo de cambio de cauce para convertise ellos en los indiscutibles reyes del fútbol inglés con veinta ligas conquistadas. Dos más que sus archienemigos. Quienes, si todo va bien, si no lesiona nadie como apuntaba José Mourinho (de una forma perfectamente normal, pero siempre hay algo desconcertante dentro en la oscura tonalidad que muchas veces emana de su desdén), el Liverpool reducirá esa desventaja a tan sólo un feretro de liga. Una lucha de récords e historia con un equipo de Manchester, una lucha tangible y presente con el otro equipo de la misma ciudad, la otra mitad de la que ya es una de las rivalidades más importantes de la larga existencia del fútbol inglés. Quizás sea difícil verlo ahora, dentro de la propia vorágine, también porque no ha sido aún increíblemente larga: pero su intensidad conoce pocos semejantes, si es que alguno. Así es cómo se mirará al pasado para entender lo que esta rivalidad fue y será.

El domingo no nos ofreció otro capítulo. John Brewin, escritor de The Guardian, twitteó poco después de concluir la contienda que Guardiola no estará en Manchester dentro de un año. Una declaración muy probablemente basada en poco más que una corazonada. Que perfectamente puede acabar siendo el caso y que perfectamente puede acabar no siendo el caso. Pero ese riesgo, esa posibilidad aunque improbable si nos atenemos simplemente a los años restantes en el presente contrato de Guardiola con el club, es lo que hace todavía mejor esta guerra de competición. Que todo puede acabar mañana. Para absolutamente todos en cualquier ámbito de la vida. Pero aquí es como que está más presente ese factor.

Sin los mentalistas detrás de cada uno de estos equipos, no hay esta rivalidad. Hay dos grandes clubes, dos grandes equipos, dos grandes conjuntos de jugadores: Jürgen Klopp y Pep Guardiola son quienes la elevan a ese siguiente nivel. Porque es la extensión, la carnación en el oreste inglés, de un enfrentamiento entre dos de los entrenadores más brillantes del siglo XXI en el fútbol que ya empezaron a enfrentarse en Alemania. Donde Jürgen Klopp dejó pinceladas de que él sí podía vencerle. Hoy en día, nadie tiene un mejor récord contra Guardiola que el nativo de la 'Selva Negra' alemana. Esta vez, tan parecida a la última, donde entraba el Liverpool con una sustancial ventaja en la clasificación, el partido fue lo que fue entonces. A excepción de una cosa: el Liverpool ganó.

La última vez que se entrelazaron dentro de la jaula invisible de la lucha por la Premier League, en el Etihad, ganaron los Cityzens. La última vez que lo hicieron en Anfield, no lo hizo nadie. A excepción de la persona que no estaba pasando por los aledaños del estadio para llevarse casa el balón del penalti de Riyad Mahrez. Pero aquel encuentro fue mucho más que ese potencialmente, futbolísticamente, fatídico. Fue la entrada en una dimensión en la que nadie se sintió especialmente cómoda entrando: los suspiros de decepción, verbales y no verbales, se hicieron notar. Porque en ese partido todo se anuló. La reacción a la reacción a la reacción y un empate a cero, mucho más insulso de lo que nadie hubiese deseado.

Porque esa es otra vertiene y una crucial de la magia, tan única, de esta rivalidad: dos estilos de juego que van a la yugular del otro. De distintas maneras, pero casi sin reparo. Aquí volvimos a eso. Porque aquí Guardiola no estaba con las latentes quemaduras de haber sido eliminado por el Liverpool en la Champions League. Esta vez venía a este feudo, encantado, poseído en tiempos recientes como quizás no lo haya estado nunca, tras haber ganado al Liverpool en el Etihad y tras haber anulado al Liverpool en Anfield. Por eso salieron como un torbellino sus jugadores. Por eso fueron ampliamente superiores a los locales durante unos fervientes primeros seis minutos. Pero ese fervor traducido en tormenta anti-arbitral, por una potencial mano de Trent Alexander-Arnold (precedida por otra de Bernardo Silva que la hubiese hecho relevante de haber sido señalada), les destruyó en un momento. Un momento del que no se recuperarían. Porque habían avasallado al Liverpool pero el problema es que si no marcaban – e incluso si lo hacían – era el Liverpool. Que un sigiloso contraataque vio a Fabinho fulminar a la imperfecta defensa del Manchester City.

Fabinho marcando un golazo al Manchester City
Fabinho marcó un gol que lo cambió todo en el partido. / Paul Ellis-AFP-Getty Images

Pero fue mucho más que el fervor y el contragolpe. Fue detener a Kevin de Bruyne, fue la ausencia de David Silva, fue la incapacidad de Sergio Agüero de marcar un gol en Anfield... Fueron más cosas todavía. Pero más que todo ello, en una rivalidad que apenas deja respirar, fueron las pequeñas diferencias las que lo significaron todo. Las pequeñas oportunidades de respirar que aparieron en esta interminable carrera de fondo las que hicieron al Liverpool ganar. Lo que un centimetro mal medido pudo haber invalidado el segundo gol, aquel que la sospecha hacía pensar que no regresarían los damnificados, firmado por Mohamed Salah. Porque con las bajas, con las ocasiones, con el incesante trabajo el Liverpool quizás se haya convertido en el más certero de los dos equipos. Algo que no estaba en el guión. Pero está pasando.

Porque Wijnaldum y Henderson, como los interiores contrapuestos, pueden superar todas las barreras de sus limitaciones gracias a Jürgen Klopp, gracias a sus comparañeros y gracias a sí mismos. Esta vez eran Ikay Gundogan y Rodri los contricantes de esa zona y no David Silva y Fernandinho. Algo inexorable, un cambiazo que alteró las características de lo que este choque de trenes había sido en el pasado. El Manchester City, gracias a su casi invencible capacidad táctica que Guardiola fermenta sin descanso hasta que no le queden fuerzas, hace que nunca sean obvios, realmente, sus problemas. Aquí esa sustitución en el paradigma, donde Kevin de Bruyne, el indiscutiblemente mejor de los seis centrocampistas, fue repelido, neutralizado para que el Liverpool pudiese ganar, dominar cuando llegó la ocasión de hacerlo, de crear un caos que sobrepasó al City. Porque qué hay más bellamente caótico que Jordan Henderson pegado a la banda y colocando un sobresaliente centro con el Sadio Mané cerró la que puede ser una liga del Liverpool. En un partido que no será la última batalla. Quizás sea la penúltima. Porque nunca estará verdamente terminada hasta que un día lo esté. Un día que no ha llegado aún.

Pero de nuevo, como nunca se sabe, puede que llegue mañana. El furor, inabarcable, de Guardiola dentro del partido significó algo que no está muy claro lo que es. Puede que no sea demasiado, nada trascendental, pero sí una incómoda muestra de que un entrenador, con los años, no se convierte en una persona más civilizada de lo que era antes de ser entrenador. Todo lo contrario, de hecho. Con todo lo que ya has ganado, y pocos han ganado más que Guardiola, uno podría sospechar inocentemente que te podrías relajar un poco. Que sí, te importa como el primer día porque te esfuerzas como el primer día, pero quizás no es necesario perder las formas de manera tan juvenil, tan desagradable. Porque el folclore y quienes apreciamos ese folclore, queremos observar ese gif de “Twice! Twice! Twiceeeeeeeeeeee!” varias veces al día; porque valoramos su sensacional valor cómico, porque no deja de ser un anomalía dentro del mundo del entrenador y del equipo que casi nunca pierde.

Porque hay quien dice que el personaje se está comiendo a Guardiola, pero... ¿lo está haciendo realmente? Porque 'el personaje' de Guardiola nunca ha tratado exactamente de esto. Ni siquiera su más caricaturizada versión de científico loco, en una búsqueda por la inalcanzable perfección. De alguna forma es la muestra de los peligros de la competición y de esa propia búsqueda, así como los anuncios de los peligros de “beber y conducir”. Te poseerá el espíritu de una intensa obra flamenca cuando un balón impacte con una extremidad de un jugador rival; te poseerá la agresión de quien se siente traicionado por la realidad, por esos agentes externos que no cumplen con tu opinión de los hechos. De forma poseída les darás la mano a esos agentes externos con un desbordante y ridículo sarcasmo: diciéndoles lo “bien” que crees que lo han hecho. Cuando es mentira y ni siquiera eres capaz de admitir que era sarcasmo porque ya ni siquiera te importa respetar la inteligencia de la audiencia.

Puede que todo implosione y el Liverpool gane, por fin, la liga tras treinta años. Puede que nada en absoluto implosione y el Liverpool gane de todas formas. Puede que la guerra termine con el desgaste de clamar “Twice!” a los cielos, desde los infiernos, porque quién me va a decir que Guardiola no sentía estar en el infierno en ese momento de suprema injusticia. Dos entrenadores del que siempre se teme que el brutal nivel de exigencie lleve a un final indeseado; aunque solamente sea por el mero hecho de que se termine. Se fue del Barcelona y se fue del Bayern antes de que realmente el desgaste de sus habilidades y el efecto que estas producen se notase. El Dortmund de Klopp tuvo un surrealista último año, ya que el rendimiento del equipo sobre el campo nunca se tradujo sobre el campo y se asumió la narrativa sencilla de que ya se había cerrado la etapa. Quizás debía hacerlo y que el rendimiento siguiese siendo bueno bajo la superficie, que sólo lo fuese bajo la superficie, era una señal.

Bajo la superficie, que es lo que dictará la mayoría de los resultados a la larga, indicó que este partido en Anfield fue igualado, cercano y competido entre estos dragones de la competición futbolística; pero no lo hizo el resultado. Un tres a uno categórico. En el que Guardiola explotó, en el que el Liverpool demostró estar ya listo, en un imposible paso más llá de lo que lo estuvo el año pasado, para ganar la liga. Y también al Manchester City por el camino. Con trabajo incansable, todos esos detalles rompieron a su favor. Con Alisson en portería así como no lo estuvo Ederson en la otra, cosas que no se perdonan a este nivel de exigencia. O como la comparativa entre los dúos de latelares: Kyle Walker y Angeliño contra el mejor del mundo, el compuesto por Alexander-Arnold y Robertson. El centro del campo nivelado y superado esta vez por Liverpool. Así como el innegable ataque de los Reds. Todo hilado, perfeccionado por aquello de lo que no se termina hablando tanto y Rory Smith, de The New York Times, quiso recalcar: el bestial trabajo táctico del Liverpool, cada día más perfeccionado. Que es capaz de doblegar al City. Una guerra que sigue viva, pero que este domingo pudo haber sellado por aquello por lo que guerra existe: ganar. En este caso, la Premier League.

Anfield
El Liverpool puede haber ganado la batalla más importante de esta guerra, la batalla por su ansiada Premier. / Laurence Griffiths-Getty Images
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