Lo que quiera Van Dijk
El central holandés fue decisivo para el Liverpool de Jürgen Klopp una noche más. Esta vez, para eliminar a todo un Bayern de Munich en una noche que agranda aún más su ya de por sí alargada sombra.

"He´s our centre half, he´s our number four,

watch him defend, and we watch him score,

he´ll pass the ball calm as you like...

He´s Virgil Van Dijk, he´s Virgil Van Dijk"

Estas estrofas pertenecen al cántico que le dedica la afición del Liverpool a Virgil Van Dijk. Y dejando de lado temas sonoros (porque suena increíblemente bien), no podemos reprocharle nada a la letra. Porque el central Red hace todo y todo lo hace bien. Defiende, anota y pasa. No llegó a Anfield por un módico precio, pero sí lo hizo para hacerse grande en noches como la que nos acontece, ante el Bayern de Munich y con unos cuartos de final de Champions League en juego. Su asistencia en el primer gol del partido, su manera de sostener el equipo desde la defensa cuando peor está y el gol para poner la guinda a su partido hacen que este muchacho valga lo que se pagó y mucho más. Ya su cántico nos avisaba de que el fichaje está más que amortizado: él hace de todo y todo lo hace bien.

Pese a que Van Dijk se acabó imponiendo entre todo ser que estaba en el Allianz Arena, el inicio del partido fue difuso. El miedo y la tensión se palpaban en los primeros compases del partido. No obstante, Bayern y Liverpool no tienen la culpa de esto. Ambos están curtidos en más de 1000 batallas europeas. Saben como funciona la Champions League, por lo que todo cuidado era necesario. Tras el empate a nada de la ida, un paso en falso podía acabar con la carrera de cualquiera de los dos equipos en Europa. Y viendo el talento que acumulan alemanes e ingleses en la delantera, el más mínimo fallo podía significar un gol en contra.

Jürgen Klopp, que de sus tiempos en el Borussia Dortmund ya conocía al Bayern, era consciente de lo que se estaba jugando el Liverpool y planteó el partido a la perfección. Justo cuando hay más dudas en torno a su figura, el alemán dio un golpe sobre la mesa. Sabía que el conjunto de Niko Kovac iba a querer el balón y lo iba a monopolizar al estar en juego la eliminatoria ante su afición. Pero Klopp no quería saber nada del balón. Puso a su vieja guardia en el centro del campo, ese trío formado por James Milner, Jordan Henderson (que se retiraría lesionado en los primeros compases del partido) y Gini Wijnaldum. Estos muchachos no serán creativos, pero sí efectivos con el balón y trabajadores sin él. Si ellos querían tener la pelota, perfecto, ya que el Liverpool tendría las ocasiones y el dominio real del partido.

Tras unos minutos de tanteo, Van Dijk vio el desmarque de Sadio Mané. El espectacular balón en largo del holandés pasaría a un segundo plano gracias al delantero senegalés, que como si fuese una tragedia en tres actos para el Bayern, controló el balón, rompió con un recorte a Manuel Neuer y a todo muniqués que pasaba por allí, para acabar definiendo con sutileza. El Liverpool rompía el marcador y toda la presión se iba para el Bayern, que necesitaba dos goles y no recibir ninguno para impedir el pase a cuartos de los Reds. Pese a que Mané se había llevado los focos en esta jugada, Van Dijk ya había dejado su sello en el partido con su gran asistencia y, unos minutos antes, con una intervención defensiva milagrosa ante Robert Lewandoski. Faltaba solo verle marcar.

Entre la euforia colectiva del Liverpool, el Bayern les recordó a Klopp y sus muchachos que quien se confía lo paga caro. Un gol en propia meta de Joel Matip y un empujón final de los bávaros hizo que los ánimos de los Reds se relajasen de que el árbitro pitase el final de la primera parte. Pese a que el descanso suele cambiar lo visto al acabar el primer tiempo, ese empuje alemán no se frenó. El Liverpool estaba grogui y se mascaba la tragedia. Pero apareció el de siempre, apareció Van Dijk. Tras un córner que casi acaba en gol olímpico, Milner vio en un nuevo saque de esquina que el holandés reclamaba el balón. El veterano Red ya sabía como iba a acabar la jugada antes de impactar el balón. Centro medido, gol del central y eliminatoria resuelta. La letra de la canción volvía a llevar razón.

Con el partido ya roto, Mané aprovechó un buen centro de Mohamed Salah para poner el definitivo 3-1. Doblete para el senegalés, que parece que poco a poco se va reconciliando con el gol. Gracias a esta exhibición de los muchachos de Klopp en uno de los estadios más complicados de Europa, habrá cuatro ingleses de cuatro posibles en el sorteo de los cuartos de final. Es irónico que cuando Inglaterra tiene tan candente el Brexit, la Premier League cuele a sus cuatro participantes entre los ocho mejores del continente. Politiqueos y casualidades de la vida aparte, el Liverpool ha sellado la superioridad inglesa en la actual edición de la Champions League. Lástima que, siendo como son, acaben todos eliminados de la forma más ridícula posible en las rondas venideras.

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