Los fans deben aceptar que su West Ham desapareció para siempre
Los incidentes marcaron la derrota del West Ham por 0-3 ante el Burnley. La rabia acumulada por los aficionados durante casi dos años por la controvertida mudanza al London Stadium acabó explotando.

Quien crea que los incidentes acaecidos en el London Stadium, Estadio Olímpico de Londres o cómo demonios se llame esta semana fueron producto de una derrota, se equivoca de pleno. Los aficionados del West Ham están más que acostumbrados a las derrotas y las llevan como todos, es decir, con más o menos dignidad. Recuerdo que, hace unos años, cuando el Manchester City vapuleó a los Hammers en unas semifinales de Copa de la Liga, los aficionados del club londinense restaron méritos a sus rivales al son de “you’re nothing special, we lose every week” (“no sois nada del otro mundo, perdemos cada semana”). La protesta de los aficionados no tiene origen en una derrota sino en un robo. Perpetrado a plena luz del día y con la aquiescencia de todos los implicados. El de su propio club.

Justo enfrente de Boleyn Ground, antiguo estadio del West Ham y hoy un amasijo de hierros, cemento y hormigón, se encuentra el Supporters Club. Es un pequeño edificio de dos plantas donde solían reunirse los socios del club antes y después de los partidos de los Hammers. Estos socios pagaban una cuota anual y eso les daba derecho a entrar en el club y a acceder a algunos de los eventos que organizaban con jugadores actuales o pasados del West Ham. El ambiente los días de partido era electrizante. Desde horas antes del encuentro, los aficionados comenzaban a ocupar su lugar en el club y apuraban pintas entre cántico y cántico. Si el equipo ganaba, ese ambiente se repetía tras el partido mientras los aficionados se recreaban en las pantallas con los goles de su equipo y seguían liquidando pintas.

Tras la mudanza, visitar el Supporters Club un día de partido era una experiencia dolorosa. Apenas tres o cuatro aficionados del barrio se pasaban por allí a tomar una pinta antes de enfilar el largo trayecto hacia el London Stadium. Nótese el uso del pasado. El espacio de Castle Street cerró hace algunas semanas para llevar a cabo “obras de renovación” pero lo cierto es que el Supporters Club está a punto de morir. El próximo 25 de marzo se celebrará una junta extraordinaria en el Boleyn Tavern, justo al lado, para decidir si se disuelve el club definitivamente.

No es la única institución ligada al West Ham que está a punto de morir a causa del traslado. El propio Boleyn Tavern ha perdido los jugosos ingresos que generaba los días de partido, cuando los aficionados se amontonaban en la barra para pedir pintas y llenaban la sala diáfana ubicada al fondo, donde la cerveza acababa volando tan pronto como comenzaban los cánticos. La misma suerte ha corrido el resto de pubs de la zona, antaño negocios prósperos, hoy último reducto para borrachos y nostálgicos del barrio.

Basta un mero paseo por esta zona del East End londinense para captar la depresión que se ha adueñado del barrio tras la marcha del club. El West Ham era un club muy ligado a esta zona y al perfil socioeconómico de sus habitantes, que contribuyeron con el paso de las décadas a trazar el perfil y los valores del club. La economía del barrio se basó desde tiempos inmemoriales en la industria y en el sector marítimo. Sus habitantes eran predominantemente integrantes de la clase trabajadora que modelaron con su carácter el del club.

Steve es aficionado del West Ham desde los años 60 y trabaja en el Supporters Club desde hace varias décadas. Para él, lo que le sucede a su club tiene un nombre: gentrificación. Este fenómeno, que los habitantes de los barrios de Malasaña en Madrid, El Raval en Barcelona o Shoreditch en Londres conocen de primera mano, se ha trasladado al fútbol con efectos tan nocivos como en las zonas urbanas. El principio es sencillo: personas con mayor poder adquisitivo invaden un barrio, a continuación llegan negocios adaptados a ese nuevo perfil de habitantes, los precios de los alquileres suben y los habitantes tradicionales acaban teniendo que abandonar su barrio para, en la mayoría de los casos, mudarse a la periferia de las ciudades. “Este siempre había sido un club de clase trabajadora, ahora es un club pijo”, se queja Steve. “Los dueños quieren ganar más dinero y prefieren una familia que puede gastar 100 libras en un partido que una que solo puede gastar 40”.

En agosto de 2016, tras los primeros partidos en el London Stadium, un periodista inglés se burló del nuevo enfoque del club mencionando el hecho de que se vendieran palomitas en el estadio. Ese detalle ejemplifica a la perfección la dolorosa transición que ha sufrido el club: de ser un club tradicional con una base de aficionados leal a ser la competencia de la última película de Walt Disney.

A los aficionados no les gusta su nuevo barrio. Acostumbrados a la atmósfera del pub, ahora deben cruzar por un centro comercial de lujo para llegar al estadio. Algunos de los locales que rodean su nuevo hogar cobran hasta el doble por una pinta de lo que pagaban en el Boleyn. Son los precios del barrio. Y eso si consiguen que les dejen entrar. Algunos locales impiden entrar a aficionados con camisetas o bufandas para no molestar a sus clientes habituales.

Tampoco el estadio en sí mismo es del agrado de los aficionados. “Nunca un estadio con pista de atletismo ha funcionado bien como estadio de fútbol”, afirma tajante el historiador Simon Inglis. Para él, la mudanza obedece únicamente a los intereses espurios de los propietarios David Gold y David Sullivan, que obtendrán unos pingües beneficios el día que decidan vender el club… si es que sigue en la Premier League, claro.

La derrota por 0-3 ante el Burnley sitúa a los Hammers al borde del colapso. Y eso sin contar que la federación inglesa puede sancionar al club con una deducción de puntos, aunque lo más probable es que el asunto quede en una multa. Pero incluso aunque logre la permanencia, el West Ham tiene sobre la mesa un problema irresoluble. Con Boleyn Ground demolido y un contrato de uso del London Stadium por 99 años, no existe una buena solución.

Es como si tu pareja de toda la vida, de la que has estado enamorado desde que tenías uso de razón, se somete a una operación estética y se transforma en otra persona. En el fondo, sigue siendo ella… pero diferente. Los aficionados de los Hammers que expresaron su rabia saltando al campo durante el partido o girándose hacia el palco para mostrar su enfado a los copropietarios solo tienen dos opciones: aceptar que su amor de toda la vida desapareció para siempre y abrazar su nueva imagen o bien renunciar al amor para siempre.

Comentarios
Solicitamos su permiso para obtener datos estadísticos de su navegación en esta web, en cumplimiento del Real Decreto-ley 13/2012. Si continúa navegando consideramos que acepta el uso de cookies. OK | Más información