Los muchachos de Carletto
Ni los jugadores del Everton creían que podían estar luchando por entrar en competiciones europeas. Un par de meses después lo están haciendo gracias al pragmatismo de Ancelotti.
Carlo Ancelotti, ídolo de masas desde el primer día en Goodison Park

Transformar un vestuario no es fácil. Lo que tenía el Everton montado era una auténtica verbena. No había forma de aguantar a los muchachos de Marco Silva fuera de la esfera humorística y menos siendo seguidor acérrimo del Everton. Los toffees iban en caída libre, con una proyección horrible para un equipo de la segunda fila de la Premier League y ya más cerca del West Ham que del Leicester. Carlo Ancelotti llegó al lado azul de Liverpool a finales de 2019 y desde entonces ha habido más sonrisas que lágrimas o enfados.

Cuando el italiano entró al vestuario, vio la que había montada y arqueó una ceja en señal de irónica perplejidad, dándose cuenta de que tenía bastante trabajo por delante. Pero Carletto es un tipo inteligente. Sabe que para que un grupo de grandes futbolistas juegue bien al fútbol primero debe de haber una gestión de vestuario previa. Hay que liderar desde el buen ambiente pero sin cruzar la barrera entrenador-jugador. Recuperar el ánimo, dar confianza. Ancelotti, llegado a mitad de temporada y con el equipo mirando el descenso, no tenía tiempo para trabajar a fondo la plantilla, hacer cambios drásticos o descartarlos a todos. El Everton, sin embargo, necesitaba resultados y resultados ha tenido.

Los toffees han entrado a este tedioso parón invernal con buenas sensaciones. Una victoria convincente contra el Crystal Palace siempre es bien recibida. Más si es acompañada por una séptima plaza que ha devuelto al Everton a su hábitat natural con un balance global de 17 puntos en ocho partidos. El único equipo inglés que ha mejorado este registro, como no podía ser de otra manera, ha sido el Liverpool. La conclusión es clara: Carletto ha transformado al Everton en el mejor equipo en cuanto a resultados de los 19 equipos de la Premier League que no son trituradoras que visten de rojo.

La Europa League era hace unos meses algo impensable. Los esfuerzos estaban enfocados en ser mejor que los tres equipos en descenso. Poco más se podía esperar de aquel Everton de Marco Silva, tan existencialmente perdido. No obstante, la llegada de Carletto ha sido como recuperar la cordura, que la brújula vuelva a señalar el norte. Si el Everton tiene que ser paciente con algún entrenador debe de ser con Carlo Ancelotti. El italiano no es un cualquiera: tiene las mismas Champions League que Jürgen Klopp y Pep Guardiola juntos, ha manejado con éxito egos mucho más hinchados que los que Tom Davies y Dominic Calvert-Lewin puedan tener tras pasearse por Nueva York como si fueran alguien importante dentro de la industria de la moda. Ancelotti no es Marco Silva, no es Duncan Ferguson — que se encargó de inyectar esas dosis de orgullo que faltaba y sigue desempeñando su acostumbrado rol de asistente — ni es David Moyes.

Seamus Coleman, capitán del Everton y uno de los pesos pesados toffees a lo largo de la década, confesó en su momento que el vestuario dejó de creer en el objetivo marcado a principio de temporada. El discurso de Coleman ha cambiado tras la llegada de Ancelotti y la escalada clasificatoria: “Tenemos que apretar por ir a Europa. El Everton necesita estar en el fútbol europeo y eso es lo que queremos”. Es significativo que en el Everton haya comenzado a hablar de futuro cuando con Marco Silva la gran preocupación era el presente: el aquí y el ahora.

Que un entrenador recién llegado y el capitán del equipo vayan en la misma dirección ya es un paso hacia adelante. Coleman tiene claro que el Everton, en un plazo de cinco años, tiene que ser un equipo habitual de las competiciones europeas y candidato veraz al top-4. Ancelotti ya se ha encargado de dejar claro que el banquillo de Goodison Park y el del nuevo estadio, que será un monstruo ultramoderno a la orilla del río Mersey, le pertenece hasta que acabe su contrato en 2024 y, quién sabe, quizás algo más.

Liverpool
El nuevo estadio del Everton, que estará situado en las orillas del río Mersey y que planean inaugurar en 2023, es el más obvio siguiente paso instucional del club. | Getty Images/Christopher Furlong

Los resultados han acompañado pero el cómo han llegado todos esos puntos ha sido una de las críticas que se le pueden achacar a Carletto, que está haciendo lo que puede — que ya es mucho — con lo que tiene y sin fichar a nadie en el mercado de invierno.

El Everton ha tratado de salir jugando desde atrás con un 4-4-2 bien básico, instaurado por Duncan Ferguson y también en cierto modo habitual en el Nápoles contemporáneo. Sin embargo, las piezas con las que tiene que trabajar Carletto no son del todo las ideales para desarrollar esta idea. Yerry Mina, si bien domino el juego aéreo como si fuera un caza de combate, entra en pánico cuando tiene demasiado tiempo el balón; Djibril Sidibé, en cambio, amasa demasiada pelota sin tener un impacto real en el juego — su estadística de asistencias por partido ha caído de 0,22 a 0,8 —. Tiene el balón porque se la pasan a él, es el recurso fácil. Sin embargo, el juego de pases del Everton no tiene más recorrido con un centro del campo que tampoco ayuda a llevar el peso del partido, porque no tiene grandes capacidades para ello.

Si algo tiene de bueno Carletto es que detrás de ese aspecto de conservador italiano tiene una libreta flexible. Se adapta a las piezas que tiene y a lo largo de su extensa carrera no se le puede atribuir una idea muy específica de juego como sí se puede hacer más con Klopp o Guardiola. Se puede incluso con Sam Allardyce, cuyo último propósito balompédico es aburrir a quien esté viendo el partido, aunque él nos quiera decir que no.

El juego más vertical, sin rechazar a tener el balón en según qué escenarios, es lo que mejor le está viniendo al Everton. Con una parte diestra limitada el juego se está volcando al carril izquierdo, donde se ha formado un triángulo con Digne ocupando toda la banda, Bernard por dentro y Richarlison, ahora mismo la gran estrella toffee, moviéndose por el frente de ataque acompañado. A este triunvirato hay que sumarle piezas como Calvert-Lewin, que ya es una realidad, Tom Davies y un Gylfi Sigurdsson que pese a no jugar en su posición y estar a la baja sigue siendo Gylfi Sigurdsson. Colectivamente no es una oda al fútbol, pero pormenorizadamente está dando resultados.

No es la plantilla perfecta. No hace falta decirlo. Pero hay jugadores que no pueden continuar en el Everton si realmente se quiere armar un proyecto a años vista con miras a Europa. André Gomes, una vez recuperado, debe recuperar el puesto de Sigurdsson; Schneiderlin va cuesta abajo desde que dejó el Southampton en el 2015 y empezó a sufrir lesiones en sus piernas; a no ser que el dibujo cambie para dar más prominencia a Alex Iwobi junto a los mencionados Bernard, Richarlison y DLC, falta un jugador de banda que le quite la titularidad a Theo Walcott para dar mejores argumentos a ese carril diestro.

Las carencias de este Everton se vieron contra el Liverpool en la FA Cup. Los toffees, con un once de gala, acabaron siendo dominados por un centro del campo formado por Adam Lallana, un jugador que si se hubiera retirado nadie se habría dado cuenta; Pedro Chirivella, un futbolista que no hace mucho jugaba en el Extremadura; y Curtis Jones, promesa red que marcó el gol de la eliminación del Everton. Esto es lo que no se puede permitir Carlo Ancelotti: confiarlo todo al talento individual de sus jugadores.

El test real para el Everton vendrá en las próximas semanas. Los muchachos de Carletto se van a medir a Arsenal, Manchester United, Chelsea, Liverpool, Leicester City y Tottenham. Un corredor de la muerte si alguna vez hubo uno. La que se le viene al Everton es para tener vértigo y es ahí cuando la gestión emocional de Ancelotti, uno de sus grandes puntos fuertes, puede jugar un factor diferencial en unos muchachos en inercia ganadora.

Bernard y Richarlison son los dos más grandes faros del Everton
Bernard y Richarlison, con el exponencial nivel de juego que atesoran, deben guíar al Everton | Getty Images/Alex Livesey
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