Los perros de la guerra siguen haciendo historia
Bruto acuchilló a Julio César a traición y Roma recuperó su libertad. Y lo imposible volvió a ser posible.

"Suelta a los perros de la guerra", rezaba la pancarta que exhibieron los aficionados del Leicester antes del partido de vuelta de octavos de final de la Champions League en el King Power Stadium. La popular frase pronunciada por Marco Antonio en la primera escena del tercer acto de “Julio César”, la tragedia de William Shakespeare, fue elegida como un supuesto homenaje a Craig Shakespeare, exasistente de Claudio Ranieri y sustituto del italiano en el banquillo. Pero la pancarta encierra un mensaje oculto que posiblemente pasó desapercibido a los propios autores intelectuales de la misma. “Julio César” es la historia del derrocamiento de un dictador romano pero, ante todo, es la historia de una traición, la de Bruto a Julio César. Demasiadas coincidencias.

Claudio Ranieri propagó con gusto su imagen de abuelo entrañable la temporada pasada pero los jugadores que han pasado por sus manos explican una faceta diferente, la del entrenador agresivo, duro y exigente en los entrenamientos. Además, en su primera etapa en Chelsea, se ganó el apodo de “tinkerman”, un término aplicado a aquellos entrenadores que cambian constantemente de sistema y de jugadores. Una tendencia que acabó costándole el puesto en Stamford Bridge cuando un ataque de entrenador propició la derrota del Chelsea ante el Mónaco en semifinales de Champions League cuando parecía tener un camino franco hacia el título. Sin embargo, la temporada pasada, Ranieri se mantuvo fiel al mismo sistema (4-4-1-1) y los mismos jugadores. Quizás ahí radicó la clave del éxito. O una de ellas.

Sin embargo, esta temporada, cuando se torcieron las cosas, el césar Ranieri volvió a ser fiel a su apodo y tiranizó a sus jugadores y a su propio cuerpo técnico. Hasta que Bruto y sus acólitos acabaron por acuchillarle a traición. Muerto el dictador, Roma ha vuelto a gozar de la libertad.

Y no gracias precisamente a Shakespeare, un zurdo hábil en el balón parado que vagó toda su carrera por las divisiones inferiores del fútbol inglés y acabó al frente del campeón inglés de chiripa tras una vida como asistente en los banquillos. El entrenador inglés es el tipo simpático que actúa como nexo entre el entrenador y sus jugadores. El que engrasa las relaciones cuando los resultados las tensan. Pero no es un estratega como Antonio Conte ni un innovador del fútbol como Pep Guardiola. Es un tipo simpático que ha hecho solo dos cosas pero que han resultado fundamentales: volver a los orígenes (léase a la temporada pasada) y devolver la autonomía a sus pupilos. Y estos han viajado doce meses atrás para recuperar su mejor versión.

Jamie Vardy, un tipo que se siente a gusto en el barro, en la pelea callejera, en el roce, disfrutó de la eliminatoria contra el Sevilla como hacía meses que no hacía. En la ida, marcó su primer gol en Champions y en la vuelta corrió cuando hubo que hacerlo e incluso cuando no. Y, sobre todo, se pegó con todos. Se las tuvo con Nico Pareja y acabó expulsando a Samir Nasri. Vardy tiene olfato para detectar los eslabones débiles. O las cabezas huecas. Vardy sabe quién tiene tarjetas, sabe quién reaccionará y sabe dónde duele. Y ataca.

Kasper Schmeichel fue de los pocos fieles de Ranieri. En la ida, bajo la batuta del césar depuesto, paró un penalti. En la vuelta, a las órdenes de Bruto, paró otro. Schmeichel es un profesional. Pero uno de verdad, no de los que solo cobran. Este también trabaja. Y mucho. Ser padre del mítico portero del Manchester United no le ayudó precisamente y tuvo que acabar buscándose la vida en el Notts County y en segunda con el Leicester. La sombra de las hazañas de su padre le ha perseguido toda la vida. Hasta el año pasado. Ganar la Premier League con el Leicester no es comparable a hacerlo con el Manchester United. Una cosa tiene mérito. La otra es heroica.

Y luego está Shinji Okazaki, que pasea su cabeza desmesurada arriba y abajo tapando líneas de pase como un marinero sellando vías de agua. Y Marc Albrighton, que no jugaba ni en el Aston Villa. Y Riyad Mahrez, con sus conducciones en carrera y sus diagonales infernales. Y el capitán Wes Morgan, ese tipo que tuvo que convencer al Nottingham Forest que no estaba pasado de peso, que él era así. Un defensa central lento como un funcionario en agosto que marcó un gol providencial en Old Trafford para darle la liga al Leicester y otro ante el Sevilla para dar la vuelta a la eliminatoria.

Con Ranieri o con Shakespeare, con Julio César o con Bruto, este equipo tiene alma. Quizás sea porque han llegado hasta aquí por el camino más largo y angosto. Quizás porque les educaron así. Quizás sea el espíritu de Ricardo III. Sea lo que sea, estos jugadores no se cansan de desafiar toda lógica. Porque el primer paso para lograr lo increíble es creer que no lo es. Y el Leicester sabe algo de eso.

Aficionados en el King Power (Michael Regan/Getty Images).
Comentarios
Solicitamos su permiso para obtener datos estadísticos de su navegación en esta web, en cumplimiento del Real Decreto-ley 13/2012. Si continúa navegando consideramos que acepta el uso de cookies. OK | Más información