Mainstream
La tribu anti-mainstream, que solía reunirse de madrugada para hablar del Leicester cuando vagaba por League One, ahora reniega de ellos y ocupa sus horas con la segunda división noruega. Porque la islandesa también ha caído en desgracia.

No tengo por costumbre leer en las redes sociales lo que los demás dicen de mi trabajo. Jamás me he detenido a pensar el motivo pero lo más probable es que se deba a mi patológica incapacidad para encajar las críticas con elegancia. En mi fuero interno, considero que cuando una persona dedica muchas horas a una tarea, debe quedar a salvo de toda crítica. Lo cual, por supuesto, es falso.

Así que no fui yo quien descubrió una conversación en Twitter entre tres individuos sobre La Media Inglesa. Entre críticas variadas (“publican demasiados tweets”, “se están pasando con el autobombo del libro”) y alguna falacia malintencionada (“hicieron un crowdfunding para financiar el libro”) que me vi obligado a clarificar, me llamó la atención que les indignaba que hubiera escrito un libro sobre el Leicester porque “es un tema pasado” (fue campeón en mayo...) y, oh, ofensa suprema, “mainstream”. Quizás debería haberle dicho a las decenas de editoriales, distribuidores y librerías que rechazaron publicar, distribuir y vender el libro por “su escaso interés comercial” que, aunque no lo supieran, el tema era “mainstream”. Quizás así nos habríamos evitado tener que autoeditarlo. A la común reacción “¿Un libro sobre un anónimo equipo inglés en español? Lo siento, no nos interesa. No se venderá” podría haber contrapuesto un sencillo “¡Pero si es mainstream!”. ¿Cómo no se me ocurrió?

En los últimos años, este vocablo inglés (“corriente predominante en su forma como adjetivo) se ha convertido en las redes sociales en el insulto último. Pero no es un fenómeno nuevo. Recuerdo cómo los predecesores de este grupúsculo anti-mainstream andaban por la universidad en los años 90 afirmando tajantemente que “(What’s the story) morning glory?”, el segundo álbum de Oasis, era “comercial”. Y, por tanto, había que huir de él como de la peste. Hoy, que los españoles se pasean por las calles con sus vehículos alemanes como si fueran ricos y emplean términos ingleses para fingir que saben idiomas, ese “comercial” se ha transformado en “mainstream”.

Imagino que esos tres adolescentes no beben Coca-Cola (¡mainstream made in USA!) sino algún mejunje elaborado por tribus amazónicas y transportado en canoa hasta Europa. Y andan por los bares con la pipa en la boca (¡qué mayor placer que rescatar algún artilugio de las garras de lo “mainstream”!) rajando de Lars von Trier porque ahora presenta sus películas cada año en Cannes en lugar de dar el tostón en petit comité. Imagino que se reunían los jueves por la noche para debatir sobre el Leicester cuando vagaba por League One pero ahora que es campeón de la Premier League han pasado a hablar de la segunda división noruega (el año pasado era la islandesa, pero ahora también es “mainstream”).


Imagino que andan por los bares con la pipa en la boca (¡qué mayor placer que rescatar algún artilugio de las garras de lo “mainstream”!) rajando de Lars von Trier porque ahora presenta sus películas cada año en Cannes en lugar de dar el tostón en petit comité. Ahora que el Leicester ha abandonado la League One y gana ligas, han pasado a hablar de la segunda división noruega (el año pasado era la islandesa, pero ahora también es “mainstream”).

Esta actitud encierra un elitismo absurdo. Como cualquier elitismo, por otro lado. El mensaje subyacente es “nosotros estamos por encima de la mayoría, no escuchamos, vemos o hablamos de lo mismo que todos los demás”. Una posición de superioridad moral que encierra una desconfianza hacia todo aquello refrendado con el beneplácito de las masas.

Lo más pernicioso del argumento es que descarta cosas por el simple éxito de tener éxito o ser populares. Se me ocurren pocos directores más “mainstream” que Steven Spielberg. Y, sin embargo, “El puente de los espías” es quizás una de las mejores películas que vi el año pasado. “(What’s the story) morning glory?” vendió más de cuatro millones de discos en su día y fue un éxito global. Ese álbum incluía clásicos como “Roll with it”, “Wonderwall”, “Don’t look back in anger” y, sobre todo, “Champagne supernova”. Mientras escucho el álbum una vez más en Spotify (¡mainstream!), me pregunto qué pensarán hoy los modernos que en su día lo rechazaron porque era “comercial”.

Los anti-mainstream son primos hermanos de buena parte de los que defienden el "odio al fútbol moderno". Comencé a presenciar fútbol en directo asiduamente a finales de los años 80. Tenía que aguantar más de dos horas de pie porque en aquella época pocos estadios tenían asientos en todas las zonas. En cualquier caso, poco importaba porque la espesa cortina de humo formada por los puros y cigarrillos de mi alrededor me impedían atisbar el campo. En invierno, el terreno de juego solía estar más cercano al lodazal que a un césped donde poder practicar un deporte. La violencia era común dentro y fuera de los estadios. Los que sienten nostalgia del fútbol antiguo es porque no lo vivieron.

Ya entonces, los futbolistas cobraban varias veces más que el común de los mortales, la fidelidad de los futbolistas a un club duraba hasta que aparecía otro con más posibles y los presidentes hacían y deshacían a su antojo. Lo peor que nos ha traído "el fútbol moderno" es el aumento de los precios de las entradas. Pero eso también está en vías de solución. La temporada pasada, la presión de los aficionados logró que los clubes de la Premier League fijaran un tope máximo de 30 libras para las entradas como visitante y muchos de ellos congelaron sus precios para esta próxima temporada. Ojalá esa actitud fuera más "mainstream".

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