Matando a la serpiente
Hasta en dos ocasiones, el diagnóstico de un linfoma de Hodgkin, un tipo raro de cáncer, puso en jaque la vida y la carrera futbolista de Joe Thompson. Tras luchar contra la serpiente que le envolvía el cuello, marcó el gol que evitó que su amado Rochdale acabase en League Two en la última jornada de liga.
Joe Thompson. / Rochdale AFC

En una tarde radiante de primavera, donde el sol abrazaba con sus cálidos rayos, el Rochdale AFC, equipo del noroeste de Inglaterra, combatía por mantener sus huesos en el polvo de League One en la última jornada de una extenuante e infinita temporada. Los minutos del encuentro empezaban a escurrirse, los balones al área eran más que recurrentes y la afición del Spotland Stadium berreaba pidiendo penalti al más mínimo contacto. Tras una jugada enredosa, el esférico cayó en los pies de Joe Thompson, quien con la derecha se la puso en la izquierda para disparar con esta de tiro raso y engañar a Ben Amos, portero del Charlton Athletic, y así anotar el gol de la salvación. El tanto y su lírica ya era más que suficiente para transportar mecidos en la euforia y el éxtasis a las bulliciosas gradas, pero, además, hubo otro motivo: el heróico centrocampista inglés había salido fortalecido del tremendo caos que le provocaron el diagnostico de dos cánceres.

Thompson nació en el año 1989, en Bath, en el seno de una familia desestructurada, con un padre adicto a las drogas duras que no asumió su papel y una madre que sufrió toda su vida una enfermedad mental y a la que le diagnosticaron trastorno bipolar cuando su hijo tenía ocho años. Vivió en un pequeño apartamento de dos habitaciones; en una estaba él junto a su hermano y en la otra su madre. Joe desveló en FourFourTwo sus crueles vivencias en una carta desgarradora, cruda y con una profunda belleza. 

Tras el ingreso en un hospital psiquiátrico de la mujer que le había dado a luz, Joe, que era demasiado joven para comprender lo que estaba sucediendo, y su hermano fueron cuidados por sus vecinos durante un tiempo. Y con el miedo real y subyacente por si los servicios sociales se involucraban e iban a por ellos. 

Poco después, los hermanos Thompson se mudaron a Manchester para vivir con su tía. “Era una ciudad que siempre había amado, En Navidad, nos dirigíamos al norte, había nieve sobre la que montar en trineo y se sentía diferente al sur. Íbamos a granjas y lugares como Blackpool y la playa de Formby durante días, pero adaptarnos a la vida en un lugar nuevo no era fácil”, recuerda el centrocampista, que añade: “Al caminar por las calles de Rochdale, a veces me llamaban mono o paki. No estaba familiarizado con el racismo, pero me negué a discutir con idiotas. Instalarme en la escuela tampoco fue fácil; en mi primer día, recuerdo que algunas cabezas se volvieron para ver al nuevo chico moreno de su clase”. 

El anhelo que sentía Joe por formar parte de un grupo y la habilidad que poseía para ser un buen corredor de 800 metros hizo que empezase a jugar en el equipo local. De este modo, buscó la forma de integrarse. Thompson fue jugando muy bien al fútbol y el Manchester United le echó el ojo en un torneo de cinco contra cinco cuando tenía nueve años. Desde un principio, su madre, que ya se había unido con él, no quería que fuese porque las posibilidades de éxito eran remotas. En cambio, su tía le llevaba a los entrenamientos y a los partidos los fines de semana. Así, a las dos semanas, entró en la cantera Red. “Sin saberlo, tenía estructura y disciplina por primera vez en mi vida”, remarca.

Era 1998 y era un gran momento para unirse al conjunto de Old Trafford; la Clase del 92 empuñaba la bandera del club y tocaban con las yemas de los dedos el triplete que conseguirían con una final de Champions League que haría aún más larga su estela. Thompson viajó por todo el mundo con la camiseta del Manchester United junto a James Chester, Danny Drinkwater y Tom Cleverley, estos dos son campeones de la Premier League, entre otros. Aquellos niños demuestran hoy en día el espíritu de aquel equipo por el contacto que todavía perdura. “Muchos jugadores tenían habilidad, pero también consiguieron modales en el propio club. Es la mejor educación que se puede obtener en el fútbol: desarrolla a los futbolistas y también a las personas”, desarrolla en la carta. 

Lo de correr detrás de un balón hizo que, lentamente, pasase de ser un extraño a uno más de la pandilla en la escuela. “Recibí muchas palmaditas en la espalda y respeto mientras jugaba para el Machester United. De repente, tuve un aire de arrogancia y confianza en cualquier situación porque sabía que era bueno en algo”, cuenta. Pese a la advertencia de sus profesores sobre la necesidad de concentrarse en los estudios, Joe practicaba su firma en trozos de papel en la parte de atrás del aula.

Seis años le duró el sueño rojo al mediocampista. Con 16, la entidad mancuniana, a través de sus entrenadores, Paul McGuinness y Tony Whelan, llamó por teléfono a su madre y le dijeron que no le ofrecerían un contrato. “El rechazo fue difícil de aceptar y no se lo dije a ninguno de mis amigos durante al menos dos semanas. Siempre había sido un ganador, el mejor en fútbol, ​​atletismo y baloncesto, pero ahora era un perdedor”, confiesa Thompson. Con su confianza molida, probó suerte en Blackburn y Liverpool, pero esas vías no cuajaron.

Su antiguo maestro le comentó que volviera a Rochdale, pero pensó que “era mejor que eso”. Finalmente, cedió y se dio cuenta que no importaba para quién había jugado en el pasado. “Todos estábamos en el mismo barco”. Thompson lo hizo bien y el conjunto le manifestó que pronto estaría disputando partidos con el primer equipo. “Hice mi primera aparición a los 17 años y anoté en mi debut en casa. Los profesionales superiores empezaron a aceptarme y, por fin, tuve la aceptación que tanto ansiaba. A menudo me pregunto si es porque nunca me sentí aceptado por mi papá”, exterioriza el inglés.       

Después de pasar seis años felices en el verde con un ascenso a League One incluido y con una vida perfecta fuera de los estadios, donde conoció a Chantelle, su futura esposa, fichó por el Tranmere Rovers en el verano de 2012. De manera ligera, lo que rodeaba a Thompson se fue truncando en la primera temporada en Prenton Park. A pesar de estar en lo alto de la clasificación en Navidad, hubo muchos estadillos con las personas fuertes del vestuario. Tuvo entre 20 y 30 apariciones en encuentros, pero no estaba cómodo. En la segunda campaña, tenía en la sien empezarla volando y comenzó a fuego. Marcó goles y fue nombrado mejor jugador del partido. 

“Luego, en un partido, todo se detuvo”, desvela Thompson, que continua: “Sentí que me movía a cámara lenta. Tuve suerte de que expulsaran a un compañero de equipo, así que me sacrificaron. Lo mismo sucedió de nuevo unas semanas después: me sentí agotado y fui sustituido después de media hora cuando uno de nuestros jugadores fue expulsado”.

A Joe le comenzaron a aparecer bultos en el cuello, avisó al fisioterapeuta del Tranmere Rovers y reservaron una cita con el médico. “Pensé que tenía fiebre glandular y me hicieron una exploración para descartar algo más grave. Una semana después volví a obtener mis resultados. La clínica estaba en Wirral, por lo que mi esposa y yo decidimos hacer un día, llevar a nuestra hija Lula a la playa y luego comer algo en un buen restaurante. Fue la peor decisión de mi vida: me senté en el consultorio del médico y, por la expresión de su rostro, me di cuenta de que eran malas noticias”. El diagnostico fue linfoma de Hodgkin, “un tipo raro de cáncer que se desarrolla en las glándulas y los vasos sanguíneos y se extienden por todo el cuerpo”.  

“No podía creer lo que le había pasado a mi vida en cuestión de minutos. ¿Qué pasaría con mi carrera? Todavía me quedaba un año de contrato y una familia joven que mantener. ¿Viviría o moriría? ¿Por qué yo? Todos estos pensamientos estaban corriendo por mi cabeza, mientras las lágrimas corrían por mi rostro en el viaje a casa.” La noticia fue un palo gordo para él, que notó como las paredes de su alrededor se derrumbaban. 

Durante las siguientes semanas, les comunicó el suceso a familiares y amigos. Acordó con el Tranmere Rovers mantenerlo en secreto hasta que aceptara todo. Pocos después, a las dos semanas, decidieron hacer pública una declaración. Sentado en el sofá de casa con Sky Sports News en la televisión, vio pasar el letrero de noticia de última hora con esta frase: “Joe Thompson ha sido diagnosticado con cáncer”. Ahí dio en el clavo.

“El tratamiento no comenzó hasta después de seis semanas y me sentí como un pato fácil al que disparaban con las manos atadas a la espalda. Comencé a investigar los síntomas del cáncer en línea y marqué todas las casillas. Tenía sudores nocturnos tan intensos que mi cama se sentía como si hubiera saltado a una piscina. Estaba fatigado, la concentración era deficiente y luego me faltaba el aire: el cáncer se sentía como una serpiente envolviéndose alrededor de mi cuello, envolviéndome lentamente”.

“Fue una batalla que estaba decidido a ganar”. Así afrontó Joe el tratamiento de quimioterapia que inició en octubre de 2014. Con 23 años, le pusieron en la sala de los niños pequeños, donde aceptó el reto de ser alguien a quien admirar, pensando en su hija. El proceso lo debilitó, hizo que enfermase mucho después de cada dosis. Por lo tanto, perdió peso. En el siguiente junio, recibió la noticia por la que había estado rezando: “El médico me dijo que estaba en remisión completa. Había vencido al cáncer”.

El centrocampista sintió que le habían dado una segunda oportunidad y que se enfrentaba a un futuro incierto. El Tranmere Rovers no le ofreció otro contrato, ni la oferta de poder entrenar con el equipo para ponerse en forma de nuevo. Este hecho suscitó que Joe viera el fútbol desde una perspectiva muy diferente y se dio cuenta de lo despiadado que es ese mundo. Otra vez, como aquella con el Manchester United, llovió sobre él el sentimiento de rechazo.

Desobedeciendo las directrices de su médico porque él “no era una anciana de 77 años”, el inglés charló con David Flitcroft, míster en aquel momento del Bury y al que le prometió hacer todo lo que hicieran sus futbolistas. “Comencé los entrenamientos de pretemporada con todos los demás e incluso gané a algunos jugadores en las pruebas de condición física a pesar de no patear una pelota durante nueve meses, lo que me dio un gran impulso de confianza”, relata Thompson, que insiste en que su determinación aumentó debido al cáncer. “Sabía que cualquier dolor que sentía en el campo no era nada comparado con la quimioterapia”. 

Se derrumbó varias veces en esa campaña, no jugó muchos partidos, pero eso significó que podía decir que había entrenado durante un año. Al verano siguiente, Joe se mudó a Carlisle, donde impresionó al entrenador en Cassius Camp, “un campo de entrenamiento en el Lake District”. Pisó el césped alrededor de 15-20 partidos durante la temporada. “No fue mucho, pero, al menos, fue un progreso”. Con un contrato encima de la mesa y sin la promesa de jugar de manera regular, el británico decidió seguir hacia delante y su agente le sugirió volver a Rochdale, el lugar donde había tenido el mejor periodo de su carrera. El miedo de no estar a la altura sobrevoló su cabeza.

El técnico Keit hill, quien ya estaba en la primera época de Thompson en el club, le ofreció un contrato por seis meses gracias a la gran pretemporada que se marcó. El estado físico y la fuerza mental del centrocampista parecían agrandarse. Joe firmó una extensión de 18 meses de su contrato en noviembre de 2016.  Quería seguir poco a poco sin pensar en lo que vendría después.

Poco faltaba para que se cumplieran los tres años desde el diagnostico de cáncer. La familia había seguido adelante y “dejado atrás ese capítulo oscuro”. En un ensayo de investigación, debían someterse a una exploración de seguimiento, pura rutina. Él se encontraba bien y estaba sano. Pero dentro de su cuerpo tenía un enemigo devastador. Le detectaron una nube oscura en el pecho, justo como la primera vez. En Nochebuena le diagnosticaron cáncer por segunda vez. “Esta vez estaba en problemas. Sentí tanta rabia. No me importaba nada más”.

“Quería destrozar la habitación y salir corriendo. Este fue el fin del mundo. La primera vez que me diagnosticaron me sorprendió, esta vez estaba asustado. Mi primer pensamiento fue mi hija: ahora era mayor y entendería lo que estaba pasando. ¿Qué le diría yo? La primera vez no había cambiado mucho físicamente, pero esta vez tendría que someterme a una forma más intensa de quimioterapia, lo que significaba que perdería el cabello. Se daría cuenta de que no estaba bien”.

Pese a tener menos tumores que la primera vez, los médicos no quisieron arriesgar y le sometieron a un trasplante de células madre, que tiene como objetivo brindar un sistema inmunológico completamente nuevo. Joe volvería a una unidad de aislamiento para evitar cualquier infección. Estuvo con los mayores de 25 años en la sala de quimioterapia. “Fue rápido porque estábamos riendo y hablando de ello. Todos sabíamos que estábamos en una situación de mierda, pero pensamos: 'Hagamos lo mejor que podamos'”, rememora el futbolista, que narra que se pasaban las noches charlando si no podían dormir y sin avergonzarse de estar enfermos delante de otros.  

“Había un tipo en una esquina que se veía terrible. No estaba comiendo y el tratamiento no estaba funcionando. Los médicos le dieron la opción de irse a casa a morir o quedarse quieto; no lo he visto desde entonces y me sorprendería si todavía estuviera vivo”, detalla. Por su parte, Thompson recibía visitas de familiares y amigos para mantener el ánimo en un lugar donde la muerte era muy real.

Sintiéndose como una rata de laboratorio, vivió en una unidad de aislamiento para someterse al trasplante de células madre. Hasta seis semanas le dijeron que podía pasar allí metido. Nadie con síntomas de tos o resfriado podían ir a verle, tampoco niños. Por la sien de Joe pasaron todo tipo de pensamientos. Buscaba a sus amigos en las redes sociales, los veía de vacaciones y se pregunta si ya habría vivido sus últimas vacaciones o si soplaría las velas de la tarta de su próximo cumpleaños.


“Recuerdo haberme despertado una mañana temblando como Gollum en la esquina de la habitación, con una enfermera de pie junto a mí. Tuve alucinaciones durante una pesadilla. Era una sombra de mi yo normal”

“Recuerdo haberme despertado una mañana temblando como Gollum en la esquina de la habitación, con una enfermera de pie junto a mí. Tuve alucinaciones durante una pesadilla. Era una sombra de mi yo normal”, describe el ‘15’ del Rochdale. Depresión, perdida de mucho peso, transfusiones de sangre para alejar cualquier enfermedad de su cuerpo y sin poder ducharse por el cambio de temperatura. El día 14 de tratamiento, Thompson se dejó su primera comida y aumentó la preocupación de los médicos por su delgadez. Convencido de que iba a seguir una dieta vegana, dejó de lado la carne, lácteos y azucares procesados, porque algo había provocado la reaparición del cáncer y quería asegurase de que no volviera. 

Entre trasplante de células madre, Joe pasó su primer aniversario de bodas acurrucado en la cama del hospital con su esposa y viendo Love Island, un reality,  “como un par de adolescentes”. No era como se lo habrían imaginado, pero estaban juntos. Entretanto, las ganas que tenía el inglés de ver a su hija no remitían y estaba desesperado por hacerlo posible. La niña acaba de pasar la varicela, pero eso no fue ningún impedimento. Estaba seguro de que combatiría cualquier padecimiento. De este modo, se las arregló para colarla a escondidas a pesar de estar en una silla de ruedas. Su hija pensó que su padre estaría bien por encontrarse en un centro médico. “No tuve el corazón para decirle que no todos los que ingresan al hospital salen con vida”.

Su esposa le continuó llevando comida. De repente, los glóbulos rojos comenzaron a  dispararse: “El tratamiento había funcionado”. Joe preguntó por el tiempo de recuperación. Los médicos le respondieron que normalmente es de 21 días. El 18 lo logró. Le costaba caminar, pero ya podría salir al mundo exterior. “El cáncer había desaparecido. Estaba de nuevo en remisión”.

Las peores horas ya pasaron para él. Tuvo fechas en las que estuvo enfermo en las siguientes semanas. Tras ello, reanudó un entrenamiento ligero con el Rochdale. Así pues, su cerebro tiró por el abismo las reflexiones sobre escenarios malditos. Y se centró en volver a jugar al fútbol. El tratamiento le cambió y no quiso estar nunca más cerca de personas negativas. Joe cree que si caminas con una nube sobre tu cabeza, lloverá, y él no quiere eso.     

El mundo del fútbol le brindó su apoyo. Recibió mensajes de Bryan Robson, Danny Welbeck, Tom Cleverley y Pep Guardiola, quien Thompson no se creía que supiera su nombre, le deseó todo lo mejor cuando hizo una charla motivacional para la academia del Manchester City. 

Uno de los sueños más profundos del inglés era jugar en Wembley. Deseo que consiguió con el Rochdale contra el Tottenham en la FA Cup. Ahora, Joe Thompson está retirado, una de las decisiones más difíciles que ha tomado, como dijo en su despedida. Escribió en Darkness and Light: My Story su autobiografía y cuenta sus vivencias para motivar a los más jóvenes. “Siento que mi historia tiene el poder de ayudar a otros en todos los ámbitos de la vida a superar sus propias adversidades y capacitarlos para que alcancen su potencial”, comentó a la BBC.

El viaje de Thompson fue largo, doloroso y asombroso. También lo fortaleció y lo mantuvo firme en todo momento. Se agarró con uñas y dientes a la vida hasta el instante del grito de liberación de todos sus fantasmas en la celebración del tanto que evitó el descenso de su querido Rochdale, que necesitaba que el Oldham Athletic no ganase al Northampton Town. Nunca se sabe la historia que hay detrás de alguien o un gol. Nunca se sabe.

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