Mis Copas de Europa
Con la disputa de la final de la Copa de Europa finaliza la temporada en el viejo continente. Una nueva ocasión para añadir cordaje a ese hilo invisible que une nuestros recuerdos futbolísticos.

En “Las líneas de la mano”, Julio Cortázar seguía una línea invisible que unía una carta tirada sobre una mesa hasta la culata de una pistola. Todo aficionado al fútbol está familiarizado con ese hilo invisible que nos conduce a través del relato de nuestra vida. Comienza en el recuerdo futbolístico primigenio (¿Una imagen en televisión? ¿La primera visita a un estadio de fútbol? ¿El autógrafo del ídolo? ¿Un póster en la habitación?) y acaba… bueno, acaba en el lecho de muerte. Así de obstinada es la pasión por el fútbol.

Durante mi infancia, los clubes ingleses dominaron la Copa de Europa con mano de hierro (¿será mi interés por el fútbol inglés un intento frustrado de subirme al barco de los vencedores?). De las primeras diez Copas de Europa de mi vida, los clubes ingleses ganaron siete. Aunque el primer recuerdo nítido es la final de 1981, en que el Liverpool de Bob Paisley venció por 1-0 al Real Madrid de Vujadin Boskov. Con un gol del lateral izquierdo Alan Kennedy, un tipo que básicamente solo marcaba en finales de la Copa de Europa (lo volvió a hacer en 1984).

Pero si una final marcó mi infancia fue la de 1985 en Heysel. Para un niño de diez años, observar cómo decenas de personas perdían la vida en un estadio de fútbol es una experiencia imborrable. Todavía a día de hoy, cuando visito un estadio de fútbol, me invade una cierta sensación de intranquilidad, como si el peligro aguardara agazapado en cada esquina. No puedo evitar ser consciente de que, en cualquier momento, la pasión o la violencia pueden desencadenar una catástrofe. Cuatro años más tarde, por si había dudas, se produjo la tragedia de Hillsborough. Yo tenía catorce años.

Recuerdo como si fuera ayer la decepción que invadió Barcelona con el fracaso del Barça en la final de la Copa de Europa de 1986. Los azulgrana viajaron a Sevilla para enfrentarse al Steaua de Bucarest poco más o menos que para pasar el trámite de recoger la copa. Y se encontraron con un tipo llamado Helmuth Duckadam que, desde aquel día, forma parte de la historia negra del club.

Inclinado siempre a apostar por los pequeños, mi corazón de adolescente estaba con el Oporto en la final de 1987. Aunque las perspectivas de triunfo se antojaban complicadas tras el gol de Ludwig Kögl para el Bayern de Múnich en la primera parte. Pero entonces Rabah Madjer marcó un gol que, a día de hoy, treinta años después, podría reproducir mentalmente como si lo acabara de ver. Luego el brasileño Juary completaría la remontada y rubricaría el triunfo del Oporto de Artur Jorge. Pero sería incapaz de recordar ese gol ni la posterior celebración portuguesa. Ese tacón opaca cualquier otro recuerdo.

La final de 1989 fue la primera a la que asistí en directo. El Steaua volvía a la final tras su triunfo de Sevilla pero esta vez se encontró con el Milan de Arrigo Sacchi. Jamás había visto un equipo jugar así a fútbol. Era como si practicaran otro deporte. Fue una revelación. Además del faboloso equipo que había reunido el revolucionario Sacchi. Podría recitar su alineación de aquel día de memoria. Además, mi dicha fue plena porque en la segunda parte hizo acto de presencia uno de los futbolistas fetiche de mi adolescencia, Pietro Paolo Virdis, un sardo con cara de capo de la mafia y nombre de director cumbre del neorrealismo italiano.

Todavía resuenan en mis oídos los cohetes que surcaron el cielo de Barcelona aquella noche de mayo de 1992. Por fin el Barça había logrado su ansiada Copa de Europa tras años de decepciones. Dos momentos se me han quedado grabados de aquella final. Primero, Gianluca Vialli con la cara hundida en una toalla tras ver que el árbitro concedía una falta en la frontal perfecta para un especialista como Ronald Koeman. Después, Johan Cruyff trabándose con la valla en su intento de salir al césped. También recuerdo que, durante meses, ya en la universidad, madridistas y españolistas restaban méritos a aquella Copa de Europa porque el Milan no había podido participar por la sanción de la UEFA y el vigente campeón Estrella Roja no había podido jugar en su estadio por la guerra de los Balcanes. Al final, estos debates se resolvían como todo en la universidad en aquella época (imagino que en esta también): con otra ronda de cervezas y una nueva partida de cartas.


Todo aficionado al fútbol está familiarizado con ese hilo invisible que nos conduce a través del relato de nuestra vida. Comienza en el recuerdo futbolístico primigenio y acaba en el lecho de muerte. Así de obstinada es la pasión por el fútbol.

Luego vendría el triunfo del Marsella, el único de un equipo francés a día de hoy. Y el final de la era Cruyff en Barcelona con aquella durísima goleada del Milan de Fabio Capello. En la previa, Hristo Stoichkov hizo unas declaraciones diciendo algo así como que le gustaba jugar contra jugadores de color. Como era previsible, Marcel Desailly jugó el partido de su vida en el centro del campo y lo coronó con uno de los cuatro goles de la noche.

Luego aparecería la generación dorada del Ajax, el Borussia Dortmund de Matthias Sammer y la famosa séptima, que permitió al Real Madrid olvidar una época negra en la Copa de Europa. Recuerdo el gol de Pedja Mijatovic como si fuera ayer. En aquella época estaba viviendo en París y vi el partido en un bar, acodado en una reluciente barra de madera. Los segundos entre que controla el balón con el pie derecho, burla a Angelo Peruzzi (un tipo que parecía que siempre había comido una pizza de más) y dispara, transcurrieron a cámara lenta en aquel bar. Ahora parece que existe un debate sobre si Mijatovic estaba en fuera de juego. No recuerdo que nadie en aquella época lo dijera.

Luego vino el milagro del Camp Nou, que me pilló trabajando en Zaragoza. Y un par de triunfos más del Real Madrid. Y Santiago Cañizares culpando al altísimo de su segundo fracaso consecutivo en una final. Y el gol de Zinedine Zidane, que ha hecho olvidar la inteligencia de Raúl González en el 1-0 aprovechando la inexistencia del fuera de juego en el saque de banda. Y el milagro de Estambul. Y la única final del Arsenal, cuando Frank Rijkaard dejó a Andrés Iniesta en el banquillo y lo tuvo que sacar aprisa y corriendo al descanso. Y la improbable victoria del Chelsea en Múnich. Y tantos y tantos recuerdos que podría seguir enumerando. Como aquella vez en Roma antes de la final entre Manchester United y Barça en que tuvimos que recorrer media ciudad para burlar la ley seca impuesta por el Ayuntamiento y acabamos hablando de los Busby Babes con un grupo de aficionados de los Red Devils hasta altas horas de la madrugada. O aquella vez que me topé en Trafalgar con otros dos aficionados borrachos del Manchester United intentando desprender una réplica gigante del balón oficial de la Champions League para dar unos toques y aliviar su pesar por haber perdido su segunda final en tres años. Sobra decir que no lo lograron.

Hoy se disputa una nueva final de la Copa de Europa. Que dejará en nuestra retina imágenes indelebles que nos acompañarán toda la vida. Como el tacón de Madjer, el cabezazo de Trevor Francis o la parada de Jerzy Dudek. Y así, a base de recuerdos, se va tejiendo la vida.

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