Moshiri libra al Everton del peso de la tradición
El Everton anunció recientemente la compra de los terrenos donde su ubicará su nuevo estadio, en los muelles de Liverpool. Han sido más de dos décadas buscando ubicación, durante las cuales el club ha ido cayendo en la mediocridad.

En abril de 1961, Johnny Carey y John Moores, entrenador y presidente del Everton respectivamente, fueron a Londres para acudir a una reunión de la federación inglesa. En los días anteriores, la prensa había especulado con el relevo de Carey en el banquillo y este exigió a Moores una aclaración. El magnate le sugirió que fueran al Grosvenor House Hotel para comentar el asunto. En el taxi, Carey siguió insistiendo en el tema hasta que Moores, un empresario de armas tomar, le informó que iba a ser sustituido. Aquel despido inusitado en la parte de atrás de un taxi provocó el nacimiento de la expresión inglesa “taxi para fulanito” cuando el entrenador en cuestión está al borde del despido.

Aquella decisión de Moores abrió paso a una de las dos épocas doradas del Everton después de la Segunda Guerra Mundial. El sustituto de Carey fue el exjugador del club Harry Catterick. En sus doce años en el banquillo, los Toffees se proclamarían campeones de liga en dos ocasiones (1963 y 1970), además de sumar otras cuatro temporadas entre los cuatro primeros.

La marcha de Catterick en 1973 dio pie a una década perdida para los Toffees, que no recuperaron su gloria hasta que los años 80 asomaron por la puerta. En 1981, Howard Kendall tomó las riendas del equipo, donde permaneció seis años, durante los cuales consiguió dos ligas, una Copa y una Recopa de Europa. Sería la última época de gloria de un club histórico del fútbol inglés. Quizás, el más histórico.

El Everton es uno de los miembros fundadores de la liga inglesa en 1888. Tras ser subcampeón en la segunda liga de la historia, se alzó con el título en la temporada 1890-91. Los Toffees son el club inglés que más temporadas ha competido en la primera categoría de la liga. Desde aquella temporada inaugural de 1888, el Everton solo ha competido en segunda división en cuatro temporadas (1930-31 y otras tres entre 1951 y 1954).

El Everton fue uno de los cinco grandes (junto a Arsenal, Tottenham, Manchester United y Liverpool) que lideró la creación de la Premier League en 1992, harto de tener que repartir los beneficios con el resto de divisiones de la Football League cuando eran los gigantes como ellos los que generaban el grueso de los ingresos. Y, sin embargo, aquel movimiento histórico destinado a inflar sus cuentas es lo que ha acabado con expulsar al Everton del club de los grandes.

La llegada de capitales extranjeros ha provocado la emergencia de nuevas superpotencias como el Chelsea de Roman Abramovich y el Manchester City del jeque Mansour. Ellos, junto con los tradicionales Arsenal, Manchester United, Liverpool y Tottenham forman los nuevos seis grandes. Donde ya no está el Everton.

En sus primeras catorce temporadas en la Premier League, el Everton solo logró colarse entre los diez primeros en tres ocasiones. Y en un par de ocasiones, como en 1993-94 o en 1997-98, llegó a coquetear peligrosamente con el descenso.

Paradójicamente, quizás el motivo de este lento pero constante declive histórico se deba precisamente a la tradición. Si hay un club que arrastra sobre sus hombros el peso de la historia, ese es el Everton. Y sus sucesivos dueños se han encargado de erigirse en garantes de esa herencia histórica.

Farhad Moshiri junto a Bill Kenwright (PAUL ELLIS/AFP/Getty Images).

La familia Moores dirigió los designios del club durante tres décadas. John Moores, el que despedía técnicos en los taxis londinenses, se incorporó al club en 1960 tras haber hecho fortuna con Littlewoods, un negocio ahora funesto pero que en su día le convirtió en millonario a base de organizar apuestas sobre fútbol. Aunque él abandonó definitivamente la junta directiva del club a finales de los años 70, su familia permaneció bajo control de la entidad hasta los años 90, en que Peter Johnson, expropietario del Tranmere Rovers, asumió la propiedad tras adelantarse a un consorcio liderado por Bill Kenwright. El empresario teatral Kenwright volvió a la carga a finales de los años 90 y en esta ocasión sí puedo cumplir su objetivo de tomar las riendas del club.

Los Moores, Johnson y Kenwright tienen una cosa en común. Todos ellos son empresarios locales de la zona de Merseyside que han amasado fortunas en sus respectivos sectores pero que no pueden competir con las desorbitadas inversiones procedentes de Rusia, Estados Unidos, Asia u Oriente Medio. Kenwright, que ha dirigido los designios del club hasta el año pasado, es un tipo que ama el club y que ha dedicado muchas horas a tratar de sacarlo adelante. Pero el feroz entorno competitivo actual de la liga solo se rige por la libra.

Sin propietarios dispuestos a invertir su propia fortuna personal, el Everton ha visto cómo sus sucesivos intentos de construir un nuevo estadio iban sucumbiendo por el camino. El proyecto de abandonar Goodison Park da vueltas por los despachos del club desde hace casi dos décadas. Ya a principios de los años 2000 se mencionó la posibilidad de trasladarse a los muelles de Liverpool. Luego se estudió un terreno en Kirkby pero los aficionados se opusieron frontalmente a que el club abandonara el espacio municipal de Liverpool. Durante un tiempo se habló de colocar el nuevo estadio en Stanley Park, el espacio verde que separa Goodison de Anfield. El último proyecto que acabó en la papelera fue el de Walton Lane.

No ha sido hasta la llegada del empresario iraní Farhad Moshiri cuando finalmente el club ha dado el paso definitivo y ha adquirido unos terrenos en el muelle de Bramley Moore, una zona junto al río Mersey que será objeto de una regeneración integral en la que participarán organismos públicos y privados. El nuevo estadio, del que aún no se conocen los detales, tendrá un coste aproximado de 300 millones de libras y cabida para más de 50 000 personas.

La impresión es que los lugareños que han dirigido el club desde hace décadas jamás fueron capaces de romper con la tradición. Mudarse de estadio es uno de los momentos más traumáticos en la vida del aficionado. No deja de ser el lugar de peregrinaje al que se dirigen cada dos semanas, el escenario de tantos años de alegrías y sinsabores. En cierto sentido, es como cuando uno se muda de casa. Uno no puede evitar sentir que todos los recuerdos vividos en ese espacio no sobrevivirán al traslado.

Pero Moshiri es un iraní, así que no conoce la idiosincrasia de sus aficionados ni siente como suya la liturgia del lugar. Es un empresario y su obsesión no es preservar las costumbres sino devolver al club a la élite para hinchar sus beneficios o viceversa. Recientemente, Moshiri expresó su intención de conducir al Everton al lugar que históricamente le pertenece. No es un iluso, sabe que el vacío que han abierto los grandes clubes no será fácil de franquear y es consciente de que otros clubes están tratando de recorrer ese mismo camino, con el West Ham y su Estadio Olímpico a la cabeza.

Moshiri deberá hallar el frágil equilibrio entre destinar fondos a la construcción de un estadio mientras ofrece resultados sobre el terreno de juego. Sus primeras decisiones deportivas han demostrado su ambición. Pagó cinco millones de libras al Southampton por Ronald Koeman y acto seguido contrató al director deportivo más deseado del país, Steve Walsh, el tipo que contrató a Riyad Mahrez, N’Golo Kanté o Jamie Vardy para el Leicester. El fichaje de Morgan Shneiderlin por 20 millones de libras este enero fue una muestra más de sus intenciones de futuro. Los primeros pasos son prometedores pero recuperar la gloria de los años 60 con Catterick y de los 80 con Kendall no será sencilo. La Premier League, ese monstruo que ayudaron a crear, no será tan fácil de domar.

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