Nunca fue un adiós
Menos de un año después de caer a una liga que cuenta cada jornada por batallas, el Newcastle United vuelve a ser equipo de Premier League bajo el mando de Rafa Benítez. El gigante eternamente aletargado anuncia al mundo su regreso empezando por lo básico: evitar su propia muerte.

Nada te puede preparar para la Championship o segunda división inglesa. Ni haber estado en más batallas que Rambo, ni estudiar a fondo las historias que otros cuentan, ni ver la filmografía de Nicholas Cage al completo. Cuando caes del colchón de la Premier League el suelo es duro, frío e incómodo para que nunca te sientas en casa. Has sido desterrado a un páramo del que todos los supervivientes dicen lo mismo: no hay salida feliz sin sacrificio. Con tal premisa, hasta el Tyne Bridge tembló en Newcastle cuando se confirmó el descenso del equipo. Menos de un año después, los magpies vuelven a pertenecer a la élite que por historia y magnitud les pertenece. Y lo cierto es que, al fin y al cabo, pueden decir orgullosos que han sobrevivido al yermo.

Cuando un club asciende es lógico girarse primero hacia los jugadores y cuerpo técnico, caras visibles del logro. Pero la afición del Newcastle United no admite análisis racionales. Tras cinco décadas sin títulos y dos descensos en siete años, esos benditos tarados decidieron que la catástrofe debía ser motivo para empujar con brío aún mayor y han normalizado una asistencia superior a 50.000 almas cada jornada en St. James’ Park. Lejos de casa, había días en los que era difícil decir si los magpies eran los de fuera dados los decibelios de la bancada blanquinegra –no es casualidad que su equipo sea el mejor visitante de la liga–. Y todo ello, aun así, no ha sido su logro más importante.

Fue el 15 de mayo de 2016, último partido del club en Premier League antes de la consumación del descenso, cuando el estadio al completo lanzó un poderosísimo mensaje de apoyo y cariño para que Rafa Benítez se quedara con ellos y salieran juntos del hoyo. Cansados de años de vaivenes bajo el yugo de Mike Ashley, un dueño que ha tratado al club como banco de pruebas de negocios fallidos y no como una institución del fútbol británico, aquel día fue la constatación de que el destino del Newcastle pertenecerá a su gente mientras los sentimientos más atávicos de este deporte aún puedan ganar alguna pelea al fútbol moderno. El técnico español, que podría haber optado por otras ofertas en ligas más potentes, no pudo ignorar la llamada de toda una ciudad. Hoy se echa la vista atrás y es difícil pensar qué hubiese sido del club en Championship sin él, y por ende sin la grada.

Hablar del Benítez que ha llevado al Newcastle a la Premier es hablar del Rafa de toda la vida, y eso ha sido una bendición para un club descendido, entre otras razones, por ser un despropósito táctico. Benítez es terco en su estrategia, metódico antes que pasional y poco amigo de un plan B que signifique que el A ha fracasado. Pero su receta, agrade más o menos, está futbolísticamente probada. Se ha mantenido todo el curso fiel a su 4-2-3-1 y en su cabeza siempre ha sido incompatible la convivencia de dos delanteros en el campo, a pesar de las puntuales críticas de los que querían ver cócteles tan explosivos como Aleksandar Mitrovic y Dwight Gayle en punta. Toda la emoción de St. James’ Park a medida que el equipo se acercaba más y más al objetivo siempre ha pasado por su filtro de serenidad para mantener un clima de cautela. El mejor legado de Benítez es la cordura, tanto en la pizarra como en lo emocional, donde antes reinaba la inestabilidad.

Dwight Gayle y Ayoze Pérez celebran el gol de este último ante el Cheltenham en Copa de la Liga (Stu Forster/Getty Images).

El ascenso, además, es crucial porque no había otra solución: un entrenador de primer nivel y jugadores que han renunciado por un año a su ‘estatus Premier’ –Matt Ritchie, Jonjo Shelvey o Dwight Gayle, los tres mejores magpies del curso– difícilmente permanecerían en Tyneside si el regreso inmediato a la élite no se produjese a la primera. El proyecto dependió desde el día uno de la vuelta a la división de oro en un plazo máximo de un año, porque todo lo que supusiera retrasar esa fecha implicaría una dolorosa reestructuración incluyendo la más que probable partida de Benítez y las estrellas. Inglaterra ya ha visto a demasiados grandes de su fútbol estancarse e incluso hundirse en divisiones inferiores como para que los magpies se unan a la lista.

En Newcastle han sido ambiciosos y la plantilla se ha confeccionado con un ojo puesto en la Premier League. Ahora tienen un núcleo joven y capacitado sobre el papel para asentarse en la liga, aunque se aproxima un verano de gasto especialmente enfocado en la línea defensiva y la delantera. Benítez disfruta de un amplio poder de decisión en materia de traspasos del que sus antecesores no gozaron: tendrá dinero para gastar y un atractivo proyecto que ofrecer, así que del Newcastle puede esperarse un agitador del mercado.

Después de todo lo pasado, queda una reflexión: el Newcastle necesitaba este descenso. Para tocar fondo y reconocer sus errores ante el espejo. Para recordar lo que se siente al ganar con regularidad. Para curtirse en una liga de 46 batallas sin tregua de la que salir es una epopeya. Para cruzarse con Leeds United, Nottingham Forest o Aston Villa y darse cuenta de que a la Championship le importa una mierda tu historia a la hora de devorarte. Para quedarse con las caras de quienes no se bajan del barco en las malas. Haber logrado la permanencia habría sido evidentemente preferible, pero el aprendizaje de esta experiencia es mil veces mayor.

Dicen que los magpies son un coloso dormido del fútbol inglés. Hoy ese gigante eternamente aletargado puede anunciar que regresa empezando por lo básico: evitar su propia muerte.

Rafa Benítez durante la decisiva victoria ante el Preston North End (Stu Forster/Getty Images).
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