Obsolescencia wengeriana
Arsène Wenger, el hombre que transformó el fútbol inglés hace dos décadas, ha sido víctima del más cruel de los verdugos: el tiempo.

Para nadie es un secreto que Arsène Wenger revolucionó el fútbol inglés. Su juego de toque, hoy aclamado como el “Wengerball”, cayó como un respiro de fútbol ante lo rudimentarios que eran los equipos ingleses de esa época, muy del kick and run. Su título de economista le sirvió para calibrar al detalle el coste de sus fichajes y ventas, convirtiendo al Arsenal en uno de los modelos económicos más rentables del mundo.

Pero el fútbol ha cambiado. Y mucho. Quizá el momento cumbre de su gestión fue la participación en la Champions League 2005-06, en la que llegó a la final cayendo ante el Barcelona. A partir de ese entonces, hace once años, el club comenzó a perder talento en sus líneas supuestamente a causa de la financiación de la construcción del flamante Emirates Stadium. El inciso competitivo a partir de ese momento fue perdonable dadas estas circunstancias, pero ya en el 2013 los dueños anunciaban una nueva era en cuanto al equipo.

Fichajes como los de Mesut Özil y Alexis Sánchez se unieron a una base de jóvenes jugadores talentosos (Aaron Ramsey, Alex Oxlade-Chamberlain, Jack Wilshere o Theo Walcott) y dieron la impresión de que Wenger ya tenía las armas para volver a introducirse en la élite europea. O, por lo menos, para competir por la hegemonía inglesa.

Cuatro años más tarde, esa misma base de jugadores parece errática, las estrellas fichadas son objetivo de los rumores de salidas y el respaldo del técnico alsaciano entre su propia gente empieza a flaquear. La variable económica no parece ser un obstáculo para un equipo con las reservas de tesorería del Arsenal. Y tampoco parece que la plantilla diste mucho de contar con los mimbres para luchar por los títulos. Entonces, ¿dónde radica el problema?

La respuesta no escapa de las líneas de cal. Si bien cuando Wenger llegó a las islas el juego era muy rústico, hoy su modelo no es precisamente la tendencia europea. Curiosamente, en sus primeros años, Wenger optó por el tradicional 4-4-2 de las islas, al igual que la mayoría de sus rivales domésticos. La diferencia estribaba en las características de esos jugadores, en especial los componentes de la línea del centro del campo. Aunque en el eje siempre optó por medios de corte físico como Gilberto Silva y Patrick Vieira, las bandas estaban reservadas para jugadores imaginativos como Sylvain Wiltord, Robert Pires o Freddie Ljungberg, con más tendencia a mirar hacia delante que hacia atrás. Contar con mediocampistas de buen pie siempre fue requerimiento para vestir la camiseta gunner. Pero esto es solo el posicionamiento táctico, no su dinámica.

Actualmente y a nivel de juego, Wenger se está quedando obsoleto. No porque sus equipos carezcan de la creatividad necesaria para asociarse con el balón. En ese sentido, le sobran piezas. El problema reside en que su equipo utiliza hasta cinco jugadores en la mitad de cancha rival que no presionan. Su equipo sube líneas en el ataque pero cuando pierden el balón, el equipo siempre está desprotegido. Muchos de sus goles concedidos son por malos retrocesos o porque no había una línea de presión sólida para contener los ataques rivales. Los equipos punteros de Europa, desde la Juventus de Turín hasta el Bayern de Múnich, pasando por el Borussia de Dortmundo incluso el Tottenham y el Manchester City en Inglaterra, destacan por la asfixiante presión que ejercen sobre el rival cuando pierden el balón.

El juego sin balón cada vez toma más protagonismo en el discurso táctico europeo porque es el que han aprovechado equipos como el Barcelona de Pep Guardiola, el Borussia Dortmund de Jürgen Klopp y el Bayern de Múnich de Jupp Heynckes. Hoy, los dos primeros son homólogos de Wenger, contra los que no le ha ido muy bien que digamos. Hasta Mauricio Pochettino y su Tottenham -archirrival de su escuadra- entendió que los errores en salida del rival pueden multiplicarse con una presión sólida. A medida que la Premier siga sumando técnicos con concepción más contingencial en el juego, el modelo Wenger dejará de ser bandera del fútbol inglés. Incluso la selección de Gareth Southgate va absorbiendo los conceptos que Klopp y Pochettino han implantando en sus equipos.

El dueño Stan Kroenke dirige uno de los clubes más ricos del mundo del fútbol y será él quien decida el futuro en última instancia. Sin duda, ha otorgado una estabilidad deportiva e institucional que ha permitido al club ser un modelo de institución a nivel organizativo. Imaginemos qué serían capaces de hacer si entendiesen la parte lúdica de lo que están gestionando. Si llegase un nuevo manager que con una visión más holística del fútbol que además ayude a comercializar mejor el club con títulos y se sitúe a la vanguardia de las tendencias tácticas, como ya estuvo una vez el club con el legendario Herbert Chapman en los años 30 del siglo pasado... y Arsène Wenger hace más de una década.

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