Opiniones irrespetables
La sociedad sigue estando enferma de racismo y eso se refleja en el fútbol. Jugadores y árbitros negros siguen sufriendo abusos en los estadios y cada vez son más necesarias medidas drásticas cuando el enemigo no se viste de corto.
Viv Anderson. / Arsenal

 

El racismo sigue siendo la forma más de común de discriminación. El fútbol es, desde siempre, un fiel reflejo de la sociedad. Y muchas de sus cuestiones vitales acaban siendo expuestas en los estadios. Desde que Vivian Anderson fuese víctima de abusos racistas por ser el primer jugador negro en vestir la camiseta de Inglaterra, en las islas se empezó a cavilar que en este deporte no podía haber sitio para este tipo de conductas. “No dejes que esa gente te influya de ninguna manera”. El consejo de Brian Clough a ‘Viv’ fue cuanto menos agradecible. Pero sólo supuso una solución coyuntural a un problema estructural. Como quien, con toda su buena fe, intenta curar a un mutilado de guerra con una tirita. Se trata de un conflicto cuya solución, estrechamente relacionada con la educación, tarda generaciones en ir permeando en la sociedad.

Buena prueba de ello han sido los abusos que han seguido sufriendo los jugadores negros en la selección inglesa. Aquel encuentro de octubre del año pasado en Bulgaria es uno de los ejemplos más claros de que el problema sigue ahí. Y aún queda mucho trabajo por hacer. 

En la Premier League, Anton Ferdinand, Patrice Evra, Papiss Cissé, Antonio Rüdiger o Paul Pogba son solo algunos casos recientes de los muchos futbolistas que han sufrido abusos racistas, tanto por parte de sus rivales —y compañeros de profesión— como de los propios aficionados. Con la campaña #NoRoomForRacism, la liga inglesa pretende hacer frente a este cobarde tipo de actitudes, imponiendo duras sanciones a todos aquellos que se atrevan a llevar al racismo a un campo de fútbol. Junto con la FA y la PFA, financia a la campaña Kick It Out, que promueve prácticas inclusivas para desafiar a la discriminación. Pero todavía no es suficiente. 

El racismo retiró del fútbol a Marvin Sordell cuando solo tenía 28 años. Y el ex de Watford y Fulham, entre otros equipos, afirma que las autoridades todavía no hacen lo suficiente por acabar con esta situación. Según un estudio de la Universidad de Staffordshire, el 76% de los adeptos al fútbol inglés piensa que las instituciones futbolísticas no son capaces de tomar medidas drásticas para erradicar el segregacionismo. Y los racistas continúan enfermando este noble deporte. 

En cualquier categoría 

El racismo no es solo un asunto de élite. Eso piensa Imrul Gazi, el entrenador del humilde Sporting Bengal United. Un equipo amateur que disputa sus encuentros en el tradicional distrito londinense de Tower Hamlets y que se encuentra en mitad de tabla en la Essex Senior League. El técnico afirma, en el documental “Shame in the game” de la BBC, que la falta de empatía es uno de los principales escollos para acabar de una vez por todas con este problema: “No puede ser que las personas que tomen decisiones sean solo de clase media y blanca. Ellos no saben lo que es que te llamen mono y que te digan que te vayas a tu casa”. 

La discriminación racial también está presente en el fútbol femenino. En enero de 2019 y tras un partido de la liga regular, Renee Hector, actual jugadora del Watford, denunció a través de su cuenta de Twitter unos insultos racistas por parte de la delantera del Sheffield United Sophie Jones. Las respuestas a su tweet se llenaron de insultos y de imágenes ofensivas. “Volvía a casa llorando después de entrenar”, reconoce la exfutbolista del Tottenham. 

Abuso a la autoridad 

Los árbitros deberían utilizar su autoridad para hacer frente al segregacionismo. Pero la situación da un giro de 180 grados cuando la diana a la que se dirigen los abusos son ellos mismos. Joel Mannix ha pitado partidos en divisiones inferiores, además de algún que otro encuentro benéfico de leyendas, y es uno de los 2.000 colegiados negros que contabiliza la FA. Mannix cuenta, en CNN, cómo, tras finalizar uno de los choques de juveniles, el presidente de uno de los dos equipos le dio la mano y se limpió la palma en los pantalones. “Me había lavado las manos, sabía que las tenía limpias. Fue divertido porque en su equipo había seis o siete jugadores negros. Me pregunto si a ellos también les da la mano”. 

Algunos son capaces de aguantar este tipo de desprecios. Otros no, y deciden abandonar. Quizás sea este el motivo por el cual no hay árbitros negros en las cuatro divisiones principales de Inglaterra. De hecho, solo un colegiado de esta etnia ha pitado partidos en la Premier League. Y no fue hace dos días. Uriah Reinne dirigió su primer encuentro en la categoría de oro del fútbol inglés el 23 de agosto de 1997, un choque en Elland Road entre el Leeds United y el Crystal Palace. Desde que se retiró en 2009, ningún negro ha vuelto a arbitrar en la primera división. 

Las redes sociales se han vuelto un arma destructiva. Y el mejor aliado para los cobardes, que abren la puerta al racismo sin necesidad de acudir al estadio y escudándose en el anonimato. El fútbol es un deporte de héroes, pero también de villanos, y nadie debería tratar de lo segundo a ningún futbolista por su color de piel. Quizás el mejor ejemplo reside en el verdadero protagonista de este deporte. El balón no discrimina a nadie.

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