Por acción u omisión, el fútbol es culpable
La confesión de Andy Woodward sobre los abusos recibidos por su exentrenador Barry Bennell cuando era niño ha destapado una cascada de denuncias similares por todo el país. Pero una fechoría de este calibre no podría haberse prolongado tanto tiempo sin la pasividad de compañeros, clubes e incluso la federación.

Andy Woodward ha tardado más de treinta años en enfrentarse a sus demonios. Pero cuando finalmente ha reunido el valor para hacerlo, ha destapado el mayor escándalo del fútbol inglés en décadas. Y escándalos no es algo que falte en el fútbol inglés estos días, precisamente.

Woodward tenía once años cuando fue detectado por el ojeador y entrenador Barry Bennell. Durante tres décadas, Bennell recorrió el noroeste inglés en busca de chicos con talento que quisieran hacer carrera en el fútbol y aprovechó esa ilusión para abusar de un número indeterminado de ellos que, según Woodward, puede superar con creces el centenar.

Bennell invitó al joven Woodward a quedarse en su casa, un sueño hecho realidad para cualquier niño: “Nada más entrar por la puerta, tenía tres máquinas tragaperras. Tenía un billar. Arriba tenía un pequeño mono en una jaula que solía sentarse en su hombro. Y dos perros. Incluso un gato salvaje”. Woodward, con once años, no podía sospecharlo entonces pero todo eso estaba destinado, precisamente, a engatusar a niños como él.

Una vez comenzados los abusos, Bennell sabía perfectamente qué teclas tocar para impedir que los niños le denunciaran. Para empezar, les amenazaba con acabar con su carrera futbolística antes siquiera de que hubiera comenzado. Pero también utilizaba su superioridad física. Varias víctimas han recordado estos días cómo solía utilizar sus nunchakus para dejarles entrever lo que podría suceder si le delataban.

Sin embargo, algunos fueron capaces de oponerse a Bennell. Jason Dunford tenía trece años cuando ganó una competición entre niños de su edad cuyo premio era pasar tres días entrenando con Gordon Banks, Bobby Moore y Emlyn Hughes, tres colosos del fútbol inglés. Dunford era el capitán del equipo de Bennell en aquella época, donde compartió vestuario con futuras estrellas como Gary Speed, David White, Paul Lake y muchos otros. Bennell y Dunford compartieron un chalet con camas separadas durante esos tres días. La primera noche, Bennell se metió en la cama de Dunford pero este le echó a gritos. “Gracias a Dios, se fue, pero nunca olvidaré la mirada asesina que me dirigió”, recordaba Dunford estos días en las páginas de The Guardian. A partir de ahí, Bennell le hizo la vida imposible a Dunford, le acusó de robar a sus compañeros y acabó hundiendo su incipiente carrera.

A pesar de los abusos, Woodward sí llegó a jugar como profesional durante una década. Tras debutar en el Crewe, jugó en Bury y Sheffield United. Pero los constantes ataques de pánico frenaron una carrera que le podría haber llevado mucho más lejos. Pero ni siquiera con el paso del tiempo pudo deshacerse de Bennell, que acabó casándose con su hermana. El hombre que había abusado de él durante años se convertiría en su cuñado. “Tuve que asistir a la boda, allí estaba de pie en la iglesia cuando lo que realmente deseaba era cortarle el cuello”, ha confesado Woodward.

El principio del fin para Bennell aguardaba a la vuelta de la esquina. En 1994, se llevó a un grupo de niños británicos entre 11 y 14 años a un campus de fútbol en Florida, Estados Unidos. Al regresar, uno de ellos confesó a sus padres que Bennell había abusado de él y fue encarcelado en una cárcel estadounidense durante tres años.

Cuando regresó a Reino Unido, la policía británica le arrestó y en 1998 fue condenado a otros nueve años tras declararse culpable de 23 cargos. Una vez cumplida la sentencia, abandonó el noroeste y se fue a vivir a Milton Keynes, una ciudad comercial situada al norte de Londres. En 2015, ya con 62 años, fue condenado de nuevo a dos años más por varios cargos que se remontaban a 1980.

La confesión de Woodward ha abierto la caja de Pandora. En los diez días transcurridos desde que el 16 de noviembre Dan Taylor publicó su primer artículo en The Guardian, se acumulan los exfutbolistas profesionales que han confesado haber sido víctimas de abusos sexuales. Chris Unsworth y Steve Walters, dos futbolistas surgidos de la cantera del Crewe, se han sumado a las alegaciones de Woodward. Unsworth ha afirmado en televisión haber sido violado “entre 50 y 100 veces”. David White, exfutbolista del Manchester City e internacional inglés, también ha confesado haber sido víctima de Bennell. Otro internacional, Paul Stewart, exjugador de Manchester City, Liverpool o Tottenham, también se ha sumado a esta creciente lista de víctimas.

Barry Bennell (derecha) fotografiado en Crewe en 1986.

Pero Bennell no es el único monstruo de esta historia. Un exfutbolista anónimo ha denunciado los abusos recibidos de George Ormond, un exentrenador del Newcastle que fue condenado en 2002 por varios crímenes cometidos contra niños en el norte del país. Ante la gravedad y cantidad de las acusaciones, la federación inglesa ha establecido una línea telefónica de atención a las víctimas que recibió cincuenta llamadas en sus dos primeras horas de funcionamiento. La federación ha explicado que la cantidad de exfutbolistas profesionales que han denunciado hechos similares supera las dos cifras.

Pero este lúgubre episodio trasciende la existencia de uno o varios depredadores sexuales camuflados en el fútbol base inglés. Sus fechorías se beneficiaron de la pasividad de su entorno. Además de los mecanismos habituales en pederastas, Bennell y los demás aprovecharon el hermetismo, proteccionismo y corporativismo que caracteriza al fútbol inglés.

A finales de los años 80, Hamilton Smith, miembro de la junta directiva del Crewe Alexandra aquellos años, estaba tan preocupado por los rumores sobre Bennell que convocó una reunión especial para abordar el asunto después de que alguien se le acercara en un campo de fútbol para decirle que el hijo de un amigo había sido abusado por Bennell. En esa reunión, el presidente Norman Rowlinson llegó a recomendar “deshacerse” de Bennell. Pero la decisión final fue mantener a Bennell en su puesto pero mantenerle alejado de los niños e impedirle que organizara las noches de hotel.

Tras dejar el club a principios de los años 90, Smith (“uno de los pocos en el Crewe que pueden caminar con la cabeza alta”, según Woodward) seguía tan preocupado que habló del asunto con la parlamentaria de Crewe, Gwyneth Dunwody. Pero no sirvió de nada.

En 1996, un capítulo de la serie documental “Dispatches” de Channel 4 abordó el caso de Bennell. En él, Dario Gradi afirmaba que “no había motivo para preocuparse” porque los niños se quedaran con Bennell. En el mismo documental, Chris Muir, directivo del Manchester City, donde también trabajó Bennell, afirmaba que Bennell “era considerado como un tipo que no estaba bien” pero “le permitieron seguir porque daba resultados”. Respecto a la denuncia de que Bennell se llevaba niños a su habitación cuando trabajaba en el Manchester City, el responsable de ojeadores del club en aquella época, Ken Barnes, afirmaba que “no fue nada, como mucho, pecó de irresponsable”. La actitud de todos ellos en el documental demuestra la negación en la que ha vivido el fútbol inglés durante tantos años.

Una negación que afecta a la más alta instancia del fútbol del país. En 2001, Smith se reunió con el responsable de educación y protección al menor de la federación inglesa, Tony Peckerin, y le pidió que iniciara una investigación sobre la atención a los niños en el Crewe además de estudiar una compensación para las víctimas de Bennell. Tres meses después, contactó de nuevo a la federación con la esperanza de ser informado de que había emprendido una minuciosa investigación sobre el asunto. Para su sorpresa, todo lo que obtuvo fue una carta de tres líneas de Pickerin informándole de que la federación “ha indagado en el asunto y ha decidido que no hay motivos para abrir una investigación”.

Veinte años más tarde, la actitud de la federación parece otra. Nadie podrá ya devolver todas estas infancias robadas. Pero deben implementar las medidas para asegurarse de que algo así no vuelva a suceder jamás.

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